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miércoles, 23 de septiembre de 2009

Aruala, cottar

Era el 27 del sexto mes de 1306 y había amanecido un día excelente. Incluso en el palacio, donde siempre hacía frío, donde las cristaleras aparecían cubiertas de vaho todas las mañanas y las plantas se despertaban escarchadas, amanecía un día cálido, sólo alterado por una suave brisa que parecía juguetear al pasar caracoleando sobre la piel. Salí de mi cuarto, pues en el inmenso y fastuoso palacio incluso los sirvientes disponíamos de habitaciones propias, y me dirigí directamente a los jardines, que me ocupaba de vigilar y cuidar.

Los jardines del palacio son una vasta extensión de terrenos cuidados con zonas con predominio floral y zonas con predominio arbóreo donde se juega maravillosamente con las luces y las sombras. Pasillos sumidos en las tinieblas por el frondoso dosel arbóreo de las densas copas de los Siempreverdes, pueden alternarse con pequeñas plazas sin cobertura donde campan las violetas y las escarlatas, o donde crecen tímidamente los duermeniños o los picosos, y dar paso, de repente, a un laberinto arbustivo en el que, muy de vez en cuando, alguna flor de colores estridentes se cuela llamando poderosamente la atención sobre sí misma, gritando con orgullo y arrogancia: «aquí estoy, sosos, miradme todos, disfrutadme como solo se disfruta de algo cuando sorprende. Captadme en toda mi esencia. Saboread mi contraste único».

Llevo años trabajando como encargada de los jardines, con otras veinte personas a mi cargo que se encargan de recoger parte de las hojas en otoño, de cortar las hierbaplaga, de podar los árboles… pero soy yo la que todas las mañanas pasea y se embriaga de los jardines, la que los absorbe, la que los saborea. A veces creo que ya conozco cada árbol y cada planta, que tengo localizado cada nido de ave y que podría hacer un recuento de miaulladores y de roronadores; por muy exagerado que pueda parecer. Son mis jardines y los quiero, de la misma manera que el rey su reino. Cuando paseo por los jardines siento claramente cómo paseo por mis dominios, por mis tierras, y cuando un miaullador se me acerca en busca de una caricia o cuando un cantor del alba se acerca a mendigar comida, veo a mis vasallos, humildes y cariñosos que me respetan y me aprecian; pues huyen de todos los demás de mi especie.

Así es.

Mi reino. Mis vasallos.

Aunque a decir verdad, es una reflexión que, ahora mismo, carece de valor. Aquel fue el día. No sé cuándo empezó, sólo recuerdo estar dentro del castillo y escuchar gritos y ajetreo fuera. Me asomé a la ventana más cercana y en el cielo vi unas masas grises que se acercaban a tierra. Eran como grandes hojas, de un tamaño enorme, y de metal… como barcos aplanados. Se extendían por todo el cielo y sólo uno tomó tierra en el palacio, los demás se alejaban en todas direcciones. Los guardias corrían a todas partes con las espadas y las ballestas empuñadas y los demás hacíamos lo que buenamente podíamos. Recuerdo que cogí unas tijeras de podar y vestida como estaba salí a la carrera a intentar encarar a las grandes hojas de metal. De pronto, algo empezó a salir de aquellos barcos voladores planos, algo que no quería haber visto nunca; no eran iguales entre sí, solo compartían su color, de un tono gris muerto, sin brillo, pero carecían de una anatomía común. Descendieron por unos pequeños puentes y tomaron tierra. Yo me asusté y volví al palacio a recoger mis cosas, me sentía horrible, pero el miedo se impuso al deber. Cogí el zurrón con las semillas, cogí una cantimplora llena de sangre anticoagulada, mis cuchillos finos y cuando iba a volver a salir, el mundo perdió su color y, durante un instante vi el mundo en blanco y negro. Y luego, nada. Durante lo que me parecieron vidas enteras.


Cuando volví a ver, me sentía mareada, asqueada. Apenas era capaz de moverme pero logré ver cortes por todo mi cuerpo y mi ropa rasgada y sucia. Pasé un rato tendida en el suelo, a mi alrededor se sucedían voces en mi idioma, voces que sonaban resecas, rotas… heridas; por el suelo y por los árboles podía ver a mis congéneres tirados y ensangrentados. Viendo cómo estaban algunos de los que yacían en las ramas, inferí que no había tenido mala suerte. Intenté incorporarme sin éxito, quería gritar y no podía, quise llorar y no pude. Sentía la lengua como una masa torpe, hinchada y seca en una boca que apenas era capaz de articular y los minutos se sucedían como una tortura eterna y desesperante, sin poder hacer nada. Pasos, gritos, lamentos… más pasos, necesitaba alimentarme. Giré torpemente sobre mí misma, haciendo un ovillo y quedé de rodillas en el suelo, contra un árbol; me ayudé de él para levantarme y permanecí un rato apoyada contra él. Apenas me tenía en pie, pero iba recuperando las fuerzas. Esperé allí hasta que alguien me tendió un brazo y me guió hacia el río. Era una escena vomitiva, pero la sed acuciaba y bebí de aquel líquido transparente y repugnante conteniendo mis crecientes náuseas.

- Venga, coged agua y llevádsela a los heridos; lavadles los cortes y dadles de beber. ¡Venga, venga! – gritaba uno, en tono de clara orden.

Algunos cottares iban hacia el claro donde me había despertado, otros seguían bebiendo, algunos se habían apartado a la orilla y vomitaban, intenté no mirarlos, bastante tenía con no hacerlo yo. Una mujer que vestía un sobrio traje, aunque elegante y de buena factura, bebía a sorbos con cara de profundo asco. Me sonaba de haberla visto alguna vez por palacio pero no la identifiqué, mas todavía la miraba cuando llegó a la orilla y vomitó. Entonces cerré los ojos, y negué la existencia de todo lo demás hasta que se me asentó el estómago.

Y así, poco a poco, los cottar se fueron levantando y reponiendo. Una mujer trajo unos animales de aspecto felino, aunque apartó a dos de ellos que la seguían cariñosamente y la situación se normalizó. Dispusimos de sangre para alimentarnos al fin e incluso los más heridos se reestablecieron en cuestión de horas. Me sorprendió un poco no reconocer al animal en cuestión, sólo sus formas de felino: sus orejas en pico, su cuerpo cubierto de un suave vello, sus patas terminadas en una almohadilla que apenas permitía escuchar su tranquilo pasear, la cola que ondeaban sin preocupaciones a pesar del olor a heridas y a miedo.

Cuando el peligro inicial había desaparecido, discutimos sobre qué hacer. Un hombre fornido, que se puso en el papel de líder sugirió ascender por la ladera de la montaña hasta tener una panorámica de lo que nos rodeaba, pero la mujer del traje elegante le contestó un poco de malas maneras, seguramente por el estrés, y sugirió seguir el curso del río. Durhum, que así se llamaba el macho, miró a la hembra con cierto rencor, pero ante la variedad de opiniones hizo causa común y apoyó las razones que exponía ella: cerca de las desembocaduras del río, y de sus tramos lentos, suele haber una gran densidad animal y tendrían facilidad para alimentarse. Además, no tenía ningún sentido permanecer enfrentados. La situación no era la más adecuada para discutir y enfrentarse, sino para mantenerse unidos. Y eso hizo.

- ¿Pero dónde estamos? – pregunto una voz grave, procedente de un hombre fornido y musculoso.
El silencio que se definió fue realmente incómodo y solo fue roto, finalmente, por la pausada voz del hombre que daba órdenes en el río.
- Unas naves plateadas tomaron tierras y unas criaturas extrañas nos atacaron y capturaron. Y luego despertamos aquí. Nada más.
Todas las miradas se centraron en aquel macho pareciendo evaluar la veracidad de sus palabras. ¿Acaso tal cosa era posible? Pero yo lo recordaba perfectamente, las naves como hojas, el palacio, los monstruos, el miedo y el desvanecimiento en blanco y negro. Todo. Ahora lo recordaba.
- Tiene razón, estaba en el palacio cuando…
- ¿En el palacio? Yo estaba en…
- Qué estupidez, naves que vuelan…
- ¡Silencio! – grito Durhum, reacio a permitir que el pueblo se enzarzase en una discusión vacía – hemos de caminar antes de que anochezca y encontrar un lugar cómodo y fácil de proteger para la noche. No conocemos el sitio. ¿Alguno sabría decirme qué clase de árboles son estos?
Y entonces me di cuenta de que no los conocía, de que jamás había visto unos árboles con espinas en lugar de hojas y aquellas extrañas frutas que parecían estar formadas de escamas de madera que estaban tiradas por todas partes.
«¿Cuán lejos estaremos de casa?», pensé con una repentina sensación de angustia.

Y así, intranquilos, los cottar siguieron caminando hasta que cayó la noche, en dirección oeste, siguiendo el río.