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sábado, 25 de julio de 2009

Una vez cruzada la última frontera... [Espada Negra]

Nos dirigimos al sur, hacia Kinia. Atravesamos sus tranquilos pueblos, sus frondosos bosques y continuamos hacia la frontera. Allí, cerca de un alto muro de recia piedra cubierto, se encontraban los campamentos militarizados. Decidimos no entretenernos demasiado: «Buscamos a Rogoz», dije. Nos miraron de arriba abajo, nos examinaron, miraron nuestras armas con detenimiento. «Venimos de parte de Ibbenhalassid». Y sus caras se mostraron infinitamente más amables. Nos llevaron hacia un enorme pabellón y nos invitaron a entrar. Y allí, efectivamente, una gran criatura antropomórfica de algo más de dos metros y con brazos como piernas nos miró casi con indiferencia. Su piel, de tonos oliváceos enmarcaba unos músculos de increíble dureza. Irradiaba fuerza y poder.

Se dirigió a mí y me tendió una enorme manaza rematada en unas afiladas uñas negras. Le di la mano y me sentí como un niño pequeño. «Debes de ser Ernest», dijo en un humano marcado por un notable acento y una extraña pronunciación. Asentí. Se presentó, era Rogoz, caudillo de los Orcos y principal responsable de esta facción en la guerra que se avecinaba. A decir verdad, llevaba años avecinándose, pues ya de aquello nos había alertado Ibbenhalassid. Cada vez, no obstante, las escaramuzas se recrudecían y se hacían más frecuentes.

Pasamos allí algunas semanas y presenciamos un par de escaramuzas. Durante este tiempo pedimos, una vez, adentrarnos en terreno enemigo por el caníbal. Rogoz nos miró con una sonrisa. Sus ojos parecían indicar lo locos que nos consideraba por tal osadía, pero no nos negó el permiso. Y nos adentramos en las tierras de los elfos.

El caníbal nos dirigió por senderos apenas dibujados ya entre la arboleda y el sotobosque y tras horas de camino, encontramos unos problemillas con un pequeño asentamiento élfico que pasamos a fuego y espada, padres, madres, niños y ancianos. Piedra sobre piedra y rama sobre rama, todo fue arrasado. Y, finalmente llegamos a un pequeño poblado donde salieron a recibirlo. ¿Qué? Así sucedió, ¿preferís que os ahorre esa clase de información? Allí, el caníbal se despidió de nosotros con una graciosa reverencia y se apartó unos pasos hacia atrás, mirando significativamente a Nash. Nash tomó aire y habló. ¡Coño, Nash habló! Sí, efectivamente. «Pacté con ellos para… que te curara cuando… cuando todo iba mal. No soy uno de los vuestros, ya no. Pero todo lo que hice, fue por lealtad a la Espada Negra. La voz… solo fue un regalo añadido». Y puede parecer una tontería, pero le creí. Hablaba con sinceridad y, desde luego, sabía perfectamente que Nash no era alguien que traicionaría a sus compañeros. Me despedí de él con un fuerte apretón de manos y nos dirigimos de nuevo hacia el norte, hacia Kinia.

Allí pasamos otra semana más antes de que Rogoz organizase una gran partida para arrasar un lugar determinado. Y allá fuimos. Íbamos como tropas de élite. Durante el camino me preguntaba qué pasaría si teníamos que luchar contra Nash y los tipos con los que ahora vivía. ¿Alguno de nosotros sería capaz de atacarle?