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jueves, 16 de julio de 2009

Tres

¿Hasta qué punto se puede modificar el futuro? ¿Hasta qué punto se podía considerar que estaba dotada, que tenía un don? Conocía un futuro que rara vez podía modificarse ya que todo conspiraba para que se cumpliese. El destino estaba escrito, y al escritor no le gustaba tener que borrar y reescribir, debía de odiarlo. Muy pocas veces podían modificarse los hechos y cómo iban a suceder.

Ella lo había visto todo. Había visto el lugar, había visto entrar la hoja, había sentido casi cómo era atravesada, el tacto frío y acerado, el cortante filo que rasgaba piel y músculo, entre las costillas. Cuando salió de la visión cayó de rodillas, temblaba. No tardó en recuperar el control de su cuerpo, parpadeó rápidamente, se llevó las manos a la cara. Sintió el sudor frío que la cubría, notó el pelo que formaba mechones sucios. Se fue a la ducha. El agua caliente cayendo sobre su cuerpo desnudo la tranquilizó. Al menos, esta vez, te ha pasado en casa, pensaba. No había nada peor que tener una visión de las peores en la calle, ver casi como un espectador cómo caía tu cuerpo, cómo se agitaba, cómo los viandantes se acercaban a mirar, a agarrarte. A veces, si era una visión larga, se recuperaba el control atado a una camilla en una ambulancia o incluso en el hospital. Era incómodo. Por suerte, por lo general, solo se trataba de pequeños momentos de introspección, aunque había casos de oráculos que nunca habían regresado de uno de sus viajes. Ella no podía evitar el miedo a morir fuera de su cuerpo, a ver algo y no encontrar el camino de regreso. Y ni siquiera controlaba sus poderes. Envidiaba terriblemente a todos los nacidos sin don, sabía que muchos de ellos querrían ser como ella, pero porque lo veían con la perspectiva del que no tiene ni idea de cómo funcionan las cosas. Ella lo daría todo por ser normal, por tener que temer solo a la normalidad y sus consecuencias.

Le llamaban el síndrome de Casandra. Como todos los dones se mostraba cuando uno era un crío y, algo, lo que fuera, activaba el poder. Siempre había un catalizador, un enfado para quienes tenían superfuerza o tocar a alguien con el destino escrito para quienes padecían este síndrome. Ella lo odiaba. Odiaba su don, odiaba todo lo que averiguaba, odiaba ver y, generalmente, no poder cambiarlo. Todo volvía a un equilibrio, el mundo funcionaba bajo aquel patrón.

No lo conocía, solo lo había visto el día antes, al cruzar un paso de peatones. Había contemplado su melena alborotada, su cara perfectamente afeitada bajo unas gafas de sol. Y ahora lo veía tirado en el suelo, desangrándose.

¿Bajo a ver si encuentro el sitio a tiempo?, se preguntaba, ¿busco el callejón donde esté el hombre de la navaja y espero cerca para alertarle cuando se acerque? ¿Y si el hombre de la navaja me ve y también me mata a mí? ¿Y si no vale de nada, como casi siempre y el de la navaja quiere eliminar testigos?

Y ella se quedó llorando, tirada en el sofá. Su cuerpo aún estaba húmedo de la ducha, el recogido de su pelo, para no empapárselo, se iba deshaciendo poco a poco, mientras ella lloraba y se sentía impotente. Odiaba su don. Odiaba el mundo.