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sábado, 11 de julio de 2009

Primeras conquistas [UHdP]

Una vez allí, Al, tras dar la orden de que se hiciesen con dos carreteros, se dirigió con algunos de los suyos a hablar con el ejército de la ciudad. Concedida la reunión les hablaron sobre los distintos asentamientos romanos y sobre la situación de El Arco. Ellos se excusaron en la actuación de Jorg Haendel, gobernante de Úvier, quien mostraba una actitud muy indiferente y fría al respecto de aquellos temas, manteniendo la apariencia de que guardaba un as en la manga. Cuando Al llegó al tema del muro de torres en el lado norte de la excavación que se producía justo enfrente de Úvier al otro lado del brazo de mar, el capitán Alexander manifestó, en cambio, un interés concreto y tal vez personal y accedió a enviar, a la mañana siguiente, a uno de sus hombres con la Flecha Marina en calidad de observador.

Tras esta conversación fueron a la casa de Tend’n Dahl, ya en compañía de los carreteros. Llamaron a la puerta. Asomó la simpática cara de Lucilda que los saludó efusivamente y les abrió unas trampillas que llevaban al sótano.
- Déjenlas en la zona cercana a la trampilla, por favor. El señor se ocupará de moverlas luego.

Los carreteros se marcharon y Al, Satine y Martha entraron con Lucilda para hablar con Tend’n.
- Pasen al salón – pidió Lucilda amablemente –, el señor bajará ahora mismo.

Cuando se reunieron, el capitán de la Flecha Marina puso a Tend’n al corriente de algunas de sus últimas averiguaciones. Este escuchó atento e interesado. Finalmente, le pidió la puesta a su servicio de 30 esqueletos, liderados por los tumularios, de los cadáveres que le habían traído para realizar una serie de medidas molestas para Roma. Además de algo que hiciese que los muertos vivientes les obedeciesen y no les atacasen sin más. Tend’n aceptó con gusto:
- Esos cadáveres, por supuesto, no serán contados en el cómputo de los que me habéis traído.
- Desde luego, desde luego – corroboró Al –, no pretendía lo contrario.
- Sea entonces.
Tend’n se mostraba cómodo con la posibilidad de incordiar al imperio vecino, así que siguieron intercambiando información con él. Era un hombre bastante dado a hablar, sobre todo para ser un nigromante. No encajaba demasiado en la idea que el mundo tenía de ellos aunque tal vez Satine ayudase a esto.
Cuando ya la conversación sobre Roma había terminado y los primeros temas triviales también, le hablaron de su familia en Principale. Tend’n escuchó sin decir nada y cuando acabaron les dio las gracias por la información.

El grupo volvió al barco, a excepción de Satine, que pasó la noche con el nigromante. Allí hablaron sobre los libros que había copiado y traducido el mago, sobre música, sobre magia y aunque se verían poco después, para volver a por los no muertos y los anillos, o eso creían, decidieron aprovechar la noche a su manera. Con una vida tan agitada como la de un pirata, nunca se sabía cuándo sería la última vez.

Al día siguiente, Tend’n acompañó a Satine hasta el puerto y se despidió con amabilidad.
- Te echaré de menos – dijo Satine.
Tend’n dudó.
- Y yo a ti – respondió finalmente.

Ya en el barco, Satine reflexionaba. Tend’n siempre parecía dispuesto para ella, era amable, cortés, atento. Pero a veces parecía que en cuestión de sentimientos, estaba tan muerto como las criaturas de las que se rodeaba. No era un tipo corriente, aquello saltaba a la vista.


La Flecha Marina se dirigió a Principale a proponer una serie de ataques a la costa de El Arco. Con todas las anotaciones y esquemas que había hecho Al todo pareció muy bien hilado y dadas las características de la flota elfa respecto a los pesados y lentos trirremes romanos, los elfos libres decidieron participar. El plan se reducía, básicamente, a una serie de ataques rápidos y sin contemplaciones a los pueblos y asentamientos militares de los romanos en la costa sur de El Arco. Durante estos ataques se debía dar a los civiles desarmados la posibilidad de rendirse. Y tras preparar los barcos, zarparon, a liberar esclavos y minar la economía del imperio. Durante la travesía, volvieron los temores de Tórquero, las dudas. Eolo los ayudaba, incluso les había dado un cetro con el que controlar el tiempo, todo parecía indicar que él lo prefería así. Tórquero no acababa de entenderlo y temía la posible ira de Eolo. «¿Por qué esto, Eolo, por qué así?».

Y dos días y unas horas después, las distintas naves empezaban a separarse, cada una hacia un punto concreto que caería bajo el fuego de los cañones, los impactos de las flechas o sin plantar batalla. Todo dependía.

La Flecha Marina se dirigió a Domus, bajó los puentes y sus infantes desfilaron fuertemente armados, tal y como, durante la travesía, les había enseñado Satine. Los ciudadanos reunidos cerca del puerto se alejaron un poco. Al los llamó a viva voz:
- Abandonen el lugar tranquilamente y no sucederá nada. Dejen armas y objetos de valor aquí y nadie les hará daño. Pasen a recoger a sus familias y huyan al bosque. Dentro de unos minutos terminará todo y podrán seguir con sus vidas.
Estaba claro que habría algunos soldados entre la población, pero también quedó patente que no quisieron participar.
- Por cierto, añadió Al, dejen también a los esclavos. Muchas gracias.

Y los romanos huyeron. Los esclavos quedaron allí y se convirtieron en hombres libres, casi 500 que fueron subidos a la Flecha Marina ocupando toda la bodega de carga, de pie, hacinados, pero libres y con la promesa de ir a las Islas del Violín donde no tendrían que temer, no al menos tan seriamente, las represalias del gobierno romano.

Tras el pertinente saqueo, la Flecha Marina se hizo a la mar y, con el tiempo, se fueron reuniendo distintos barcos. Así, mediante pasarelas, se distribuyeron los esclavos para que todos pudiesen viajar en mejores condiciones y se puso rumbo a las Islas. Allí dieron parte y Al pidió a los sastres de la ciudad una gran bandera de las Islas y a Eilis e Inathrae un grupo de hombres para asentarse en el primer lugar que planeaba conquistar. Fueron concedidos. Así, la Flecha volvió a El Arco, rumbo a Faro. Los infantes repitieron el movimiento de Domus. Las pocas gentes que habitaban Faro miraron más sorprendidas que asustadas, a pesar del miedo que se les notaba. Faro fue tomado sin amenazas ni violencia, una mujer intentó quedarse con sus esclavos enrevesando mentiras y más mentiras, aunque infructuosamente, pasó a ser territorio de las Islas del Violín, y los esclavos liberados. Solo el Faro y las tierras circundantes pasaron a manos de los elfos libres, los campos de cultivo y demás de los romanos siguieron perteneciendo al Imperio, manifestando una actitud bastante permisiva por parte de Al.
- Ahora esto es territorio de las Islas del Violín. Cualquier intento de ataque será respondido con violencia. Hagan tranquilamente sus vidas y nadie les molestará. Es decisión suya seguir viviendo tranquilos o no. Tengan un buen día.

Y la Flecha zarpó de nuevo. Muchos sonreían orgullosos, su primera conquista. «Una de muchas – pensaban».