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lunes, 6 de julio de 2009

Mansilla de las mulas, parte 2 [sya]

» Estaba asustada, lívida. Cargaba con algo envuelto en tela y la mano que lo agarraba estaba blanca de la fuerza. “¿Qué pasó, mujer?”, le pregunté amablemente. “¿Estáis solos?”, contestó. Y lo estábamos. Desenvolvió el objeto dejando ver una bella espada, era una espada larga, fina, el puño con cuero trenzado y el pomo dorado bellamente decorado. Ambos reconocimos aquella espada, era la del demonio. Ella se llevó lo bueno, pensé. “La… utilicé – comenzó – y salió un rayo y… y una casa se prendió y…”. Wenceslao y yo intentamos calmarla, aunque no sabíamos muy bien qué decirle. Una cosa así no podía haber pasado desprevenida para los demonios, ni para gente cercana que vendería a su propia madre por un ascenso. Para calmarla, me ofrecí a guardarle la espada. Ella me lo agradeció y se marchó.

» Blandimos la espada sin impactar unas cuantas veces para comprobar su equilibrado y hechura. Desde luego, sobraba, la espada de un demonio no iba a estar mal hecha, pero tal vez fuera la única que cogiésemos en la vida. Luego guardé la espada en un arcón, con la ropa encima. Sus almas seguían brillando, seguramente incluso a través de las paradas. Redistribuí los muebles, puse el camastro encima, hasta que las almas se veían mitigadas incluso al otro lado de la puerta. Probablemente, pensé, desde fuera no se verán en absoluto salvo si detectan magia mediante conjuro. Era, en cualquier caso, lo mejor que podía hacer en el momento. Los días siguientes proseguimos con nuestras normales vidas, probando el anillo de vez en cuando. “Se le agotan las almas con cada uso”, le dije a Wenceslao. “¿No tienes algún contacto que pueda… recargarlo?”. Yo sabía, y si bien había mantenido en secreto mi uso de almas hasta aquel momento, ahora que todos teníamos razones para ser brutalmente torturados, no parecía un asunto tan serio. Cogí el anillo y se lo recargué. “Todos tenemos secretos”, le dije. No lo discutió.

» En algún momento, ya no recuerdo el día, el vago borrachuzo que vivía con nosotros, volvió a casa por última vez. Se levantó con una resaca brutal y Wenceslao le recomendó más alcohol e ir reduciendo el nivel de alcohol en sangre a pocos. Salió de casa para no volver. Eran tiempos revueltos. Ana venía de vez en cuando a nuestra casa e incluso se quedó a dormir alguna que otra vez en la habitación que había quedado desocupada. Por la aquella se hacían preguntas, habían enviado a cuatro Castigadores a la ciudad, a informarse de lo sucedido y tomar parte. Una noche, nos reunimos en mi habitación para decidir qué hacer, Wenceslao creó una ilusión para no llamar la atención de nuestro compañero sobre nuestras palabras, una ilusión sobre… sobre un polvo bastante apasionado. El pobre trabajador debió de odiarnos, porque hasta se acercó a la puerta, aunque no se atrevió a llamar ni a preguntar. Los pasos volvieron a alejarse. “Hay que irse de aquí”, comenzó Wenceslao. Y todos estábamos de acuerdo, íbamos a tener que irnos de allí como fuese. Ana nos contó que Leo llevaba un tiempo preparando una huida, así que decidimos contactar y contar con él. Tardarían más o menos, pero nos encontrarían y entonces nos la montarían, no cabía duda. Acordamos comprar mucha cuerda, ropas y mantas pardas, y comida y bebida para varios días, en cantidades pequeñas en cada tienda para no llamar la atención. Y, con todo comprado, decidimos partir la siguiente noche con niebla.

» Tuvimos suerte y fue dos noches después. Así, salimos llevando una camilla con las cuerdas atadas formando una sola enorme y nos dirigimos a la muralla oeste. Por el camino nos asaltaron tres matones que nos pidieron al herido, supongo que para robarle las almas. No podíamos hacer tal cosa, así que desenvainamos nuestras armas y dimos buena cuenta de ellos. Leo proyectó un tentáculo negro que sujetaba la espada en su extremo anterior. Nadie hizo preguntas, todos teníamos secretos horribles y que nos llevarían a la más atroz de las muertes, así pues, éramos el grupo perfecto. El combate se saldó con un Wenceslao herido de un feo tajo, aunque sus dotes de médico lo salvaron. Con la herida vendada y con ciertas dificultades, proseguimos el camino hacia la muralla. Subimos a ella con todo el cuidado posible y luego, entre las almenas, dejamos pasar al demonio que hacía la ronda. Cuando este se alejó, até la cuerda a una almena, le di el otro extremo a Wenceslao y lo fuimos bajando. El gran problema era coordinar la bajada con el paseo intermitente del demonio, pero bajamos todos sin problemas. Una vez abajo intentamos prender la cuerda, pero se apagó por la mitad. Al día siguiente encontrarían la cuerda y nos perseguirían. Una lástima, no todo podía salir perfecto. Y así, hacia el oeste, con las pardas ropas que nos confundían con el terreno echamos a caminar protegidos por la oscuridad y la niebla.

» Pasó la noche, pasó el día mientras los demonios sobrevolaban los alrededores de Mansilla y nosotros los veíamos bajo las mantas pardas, tirados en el suelo, con un calor horrible y la ropa pegada por efecto del sudor. Y tan pronto cayó la noche, seguimos caminando. Era la primera noche del séptimo mes, amanecería el segundo día.