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miércoles, 1 de julio de 2009

Mansilla de las mulas, parte 1[sya]

- Fue el último día del sexto mes.

»Aquél había sido un mes extraño. Hasta el momento habíamos sido cuatro en el piso: un médico, llamado Wenceslao, que es con el que más trato tenía; Roberto, que trabajaba en una fábrica de sol a sol y apenas compartía horarios con nosotros y David, un tipo borrachuzo que, en realidad, no teníamos la menor idea de a qué se dedicaba. Fue entonces, a mediados del sexto mes, cuando se cargaron a aquel demonio. No estaba prohibido, claro, pero no era normal que un demonio entrase en Mansilla. Iba pertrechado con sus objetos mágicos y nos miraba con asco y superioridad y, de pronto, varias personas salieron de entre el gentío. Se lanzaron con sus armas sobre el demonio que, sorprendido, tardó un instante en reaccionar y, para entonces, se había decidido el combate. Aun con ésas, murieron tres personas y otra perdió un brazo. Luchar contra un demonio no era un juego. Luego me enteraría de que el que había perdido el brazo era Leo, uno de los que a veces se reunía con nosotros para hablar o tomar algo. En fin, sigo. El caso es que tan pronto cayó el demonio, con gran estrépito, la gente se abalanzó sobre él como si fuesen buitres y lo despojaron de todas sus pertenencias: armas, anillos, colgantes, todo. El cuerpo enorme quedó allí tendido y la gente se dispersó rápidamente. Eché un ojo al demonio, al que ya no quedaba nada que robarle, y cuando todo el mundo había huido de la escena del crimen, le extraje las almas al demonio. Nunca lo había hecho con uno de su especie, era un conjunto poderoso, fuerte, el típico cosquilleo frío parecía más bien cálido, quizás abrasador al entrar a través de la piel. Después me fui para casa.

» En Tanaan, y supongo que en los demás países también, los demonios esclavizan a los seres humanos. Los utilizan como sector productor y de manufactura y, a los más agradables, bellos o hábiles en un sector servicios. Hay grandes ciudades prisión que asoman a modo de gigantescas torres y en cuyo techo se desarrollan las ciudades. No hay accesos propiamente dichos y los demonios vuelan o se teleportan. Y entre estas torres, a días de distancias las unas de las otras, el erial: una tierra parduzca llena de rocas en la que, de vez en cuando, se ve algún matojo espinoso con una extensa red de raíces que malvive en las épocas secas. Dentro de estas ciudades prisión los humanos desarrollan su pobre vida hasta que los demonios necesitan recolectar almas y entonces… se cosechan. Cuanto mejor se porta un humano, menor es la probabilidad de que sea él el cosechado, así que, en general, hay un ambiente cordial. En 24 años nunca había visto tal como ese día, el demonio muerto, atravesado de parte a parte por media docena de heridas en el torso y dos en la cabeza. Había sido un ataque bestial y, para varios, suicida.

» Entré en casa y estaba vacía y me fui a mi habitación a jugar con las alma del demonio, a conducirlas por el cuerpo, hacerlas asomar desde las manos, en emisiones controladas y hacerlas volver. El leve resplandor blancuzco brillaba en mis manos cuando, de golpe, apareció Wenceslao. Lo miré con sorpresa mientras obligaba a las almas a volver a cruzar la barrera de piel de mis manos. “¿Qué haces aquí? Pensé que estaba solo – le dije”. Y entonces me lo explicó.

»Había sido uno de tantos de los que habían robado objetos al demonio. Tenía un anillo que hacía ilusiones, según descubrimos luego, aunque la verdad es que, entonces, no nos pareció un gran objeto. En muchas ocasiones fallaba, aunque, supongo que todo consistía en acostumbrarse a utilizarlo, familiarizarse con sus poderes o algo así. Era un anillo bastante grande y llamativo y, para ocultarlo, se hizo una escayola que se podía quitar con facilidad y me pidió ayuda para el trato con los enfermos. Íbamos probando el anillo cuando teníamos un rato a solas para ver cuál era su potencial y, en general, estábamos bastante tranquilos.

Entonces llegó Ana.