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martes, 7 de julio de 2009

Las ruinas del erial [sya]

» Al amanecer se veía revuelo en Mansilla: los demonios sobrevolaban la ciudad y los alrededores. Nosotros estábamos a unos 30 o 35 kilómetros, tirados bajo las mantas, camuflados, sin movernos. Pasamos allí el día, bajo el Sol y las mantas. Bebimos y comimos y poco después del anochecer, partimos. El camino bajo el fresco ambiente exterior era cómodo, salvo por el hecho de que teníamos que revisar una y otra vez algunos pasos por la falta de luz. Seguimos en dirección oeste, hacia los pueblos humanos libres y cuando llevábamos unas tres horas de camino, yo, que iba en cabeza, divisé un pequeño muro. Llamé la atención de mis compañeros con un gesto y señalé el muro y su dirección. Nos dirigimos a él. Era un pequeño muro erosionado ya por siglos de climatología adversa. Al otro lado se encontraban los restos ruinosos de lo que un día fue un pueblo, probablemente demónico. Mientras dudábamos en si entrar o rodear, el ruido de unos cascos llamó nuestra atención. “Nos siguen”, susurró Leo. Y, con esas, saltamos el muro. Desde allí se oía el ruido de un riachuelo, o algo parecido. Leo observó, por encima del muro, en dirección al sonido de los cascos que habíamos percibido antes. Efectivamente había un caballo y su correspondiente jinete. “Es solo uno”, dijo. A esto siguió una bastante larga discusión sobre qué hacer. “Llevamos largo rato hablando”, dijo Wenceslao, “a estas alturas nos tiene que haber oído por cojones”. Así pues, volvimos a cruzar el muro. La última en saltarlo fue Ana, quien recibió un golpe en la espalda por parte de una figura de barro que nos doblaba en tamaño. La ayudé a levantarse. La figura arcillosa se quedó al otro lado del muro y nosotros nos alejamos y nos dirigimos al jinete. Cuando estábamos a unos 50 pasos, hizo un gesto con la mano y dijo algo, y cinco figuras se levantaron de la tierra. No había nada que hablar.

» Bajo la luz de la blanca Luna se sucedieron los disparos y los espadazos, así como algún que otro conjuro. Tres decidieron huir entre amenazas y la sangre de sus compañeros, el jinete cayó bajo un rayo mortífero de la espada de Ana. Los otros dos fueron cayendo bajo los cortes constantes de las armas. Tal vez no fuéramos grandes espadachines, pero éramos cuatro contra dos. Bueno, siendo realistas, ellos tampoco parecían grandes espadachines. Recuerdo haber pensado que los demonios nos tenían muy engañados y que una rebelión masiva de humanos podría causar problemas serios. Si algún día nos capturaban y en vez de mandarnos a tortura premuerte, nos devolvían a la ciudad, lo intentaría. Aunque a estas alturas, la tortura premuerte parecía la única opción obvia. Extraje las almas de los demonios y las recoloqué entre mis compañeros y los objetos mágicos que portaban. Teníamos más almas que nunca. Personalmente, he de decir que en aquel momento me sentía poderoso. Teníamos más almas que cuantos demonios habían venido a por nosotros. Distribuidas, sí, pero las teníamos. Si se nos consideraba un macroorganismo con cuatro unidades corporales, para lo cual había que tener una mente bastante flexible, constituíamos un macroorganismo interesante.

» Y tras todo esto, y dado que el agua se iba gastando a buen ritmo, decidimos hacer una incursión hacia el sonido del agua para reabastecer los odres. El gólem de antes aparecía una y otra vez para intentar pararnos y desaparecía siempre ante lo que, a partir de ahora, llamaré Rayo de Ana. Con ya varias almas menos, del Rayo de Ana y mis infructuosos experimentos, nos retiramos al otro lado del muro. Fuera de las ruinas. “Yo podría ir volando”, comentó Leo. Y lo miramos entre sorprendidos y confusos. Él, para dar credibilidad a sus palabras, desplegó unas lustrosas alas negras. Sin intentar buscarle ninguna lógica, pues todo razonamiento me llevaba a pensar que me encontraba ante un demonio ayudahumanos y matacongéneres, le dije que necesitaría un recipiente que rellenar. Pensamos durante un rato y al final, tuve una idea. Abrí el vientre del caballo con la espada y saqué su estómago, una bolsa enorme, de unos 20 o 30 kilos. La rajé cerca de su extremo anterior para que pudiese llenarse de agua, y luego corté unos centímetros de intestino para poder anudar y que no perdiese agua, o la cantidad fuese ínfima. “Toma, vuela hasta la fuente de agua y llénala, aunque tendrás que llenar y rellenar varias veces, para limpiar el interior del estómago”. Leo cogió el estómago, que estaba atado a la cuerda que nos quedaba y alzó el vuelo, se movía con una gran torpeza y parecía a punto de caer en todo momento, pero se mantenía en el aire y, así, se dirigió a lo que resultó ser una grieta. No veíamos muy bien qué pasaba, pero él asomaba por encima del muro. De pronto intentó alzar el vuelo y gritó: “¡¡ayudadme!!”. Así que saltamos el muro, Wences creó una ilusión de muchísimas copias de nosotros yendo en todas direcciones, algunas huyendo, otras yendo al pozo, otras explorando la ciudad, otras cargando contra el gólem, etc. Nosotros corrimos, con unas de las ilusiones hacia el pozo. El gólem ya había soltado a Leo y dudaba sobre qué hacer a continuación. Finalmente, quedó estático por completo, sin almas. Con el gólem desalmado, muerto hasta recuperación de almas, dicho de otro modo, descendimos por la grieta, que tenía tallados unos pequeños escalones. Abajo vimos la fuente de agua, un pequeño riachuelo, efectivamente y un pasillo. Sí, un pasillo. Podríamos haber vuelto a subir y haber obviado el pasillo, pero, claro está, no habíamos llegado hasta allí para obviar pasillos. Lo cruzamos. Daba a una sala redonda que olía a mierda. A media altura y por todo el contorno de la pared a distancias constantes, había unos pequeños bultos de pared. Uno de ellos había reventado y por la pared discurría un líquido viscoso y maloliente. Con el pomo de la espada rompí otro de los bultos, echándome a un lado, por si acaso salpicase. Igual que en el otro, un líquido repugnante empezó a descender pegado al muro. Según dijo Wenceslao, era carne en descomposición, ni más ni menos. Era una especie de alcantarillado que recibía un aporte de carne, tal vez las presas del gólem, aunque eso inducía a pensar que había habido visitantes más o menos recientes. Semanas ha, a lo sumo.