Google+

jueves, 23 de julio de 2009

Hacia el sur [Espada Negra]

En la oscuridad había una mujer vestida con plumas de cuervo. Con los ojos negro y la piel completamente blanca. La reconocí perfectamente, no era la primera vez que me visitaba. «Has hecho una promesa, Ernest», me dijo, «y un hombre tiene que llevar a cabo sus promesas. Es lo único que tiene».

Cuando me desperté estaba en mi cama y me sentía furioso y con ganas de acción. Como un niño ante la perspectiva de una tarde agitada. La sangre me hervía en las venas y el corazón latía aceleradamente. Bajé al primer piso y allí estaban todos reunidos. «Se acabó la espera», les dije «nos vamos al sur». Y en sus miradas decepcionadas y, sobre todo, en el hecho de que siguieran sentados, supe que algo estaba yendo mal. «Esto es lo que haremos…», comencé, y conté mi plan.

Se discutió sobre lo lógico o no de que yo fuera el líder. No entendía el problema, siempre había sido el líder y siempre nos había ido bastante bien. La mayoría estábamos mejor situados que cuando todo comenzara y el resto, salvo Millané, nadie estaba realmente peor. Discutimos y discutimos sin provecho alguno hasta que me fui a la habitación. Allí pasé un par de horas hasta que se acercó Sylie. «Ernest, seré rápida y sincera: no te quieren como líder. Son un hatajo de traidores y mentirosos. No te fies de ellos». Y así cuadraron las discusiones mantenidas unas horas antes. Algo había pasado durante mi sueño y ese algo no me gustaba.

Fue a la mañana siguiente cuando Miller vino a buscarme y me pidió que bajara a dar una vuelta con él.«¿Después de lo que me hiciste?», le escupí. «Todo tiene una explicación, señor, pero si lo prefiere se lo contaré aquí». Asentí y comenzó:«Cuando te conocí eras un muchacho hambriento de experiencias, acababas de acceder al gobierno y no eras más que un pez fuera del agua. No es lo mismo matar un objetivo que dirigir un ejército, no estabas preparado. Así que, mientras dormías, entré en tu mente y retoqué todo a mi antojo, hice de ti alguien de provecho, hice el Ernest Iviné que se dio a conocer al mundo, aunque intenté no reprimir tus impulsos, intenté que pudieras ser tú, con tus gracietas estúpidas y tus arrebatos de valor que abraza lo suicida. Intenté que todo pudiese salir adelante. Te di la responsabilidad y… luego, cuando todo fracasó… te hundiste.». ¿Cuándo, cómo, qué importaba? ¿Yo era yo o era la versión de mí que había hecho Miller? ¿Habríamos fracasado de no haber participado Miller o habríamos llegado tan lejos como llegamos? Ahora el pasado, incluso el más reciente, parecía teñido de los tonos grisáceos de las historias lejanas, de los cuentos que los padres cuentan a los críos antes de dormir, el color de un momento fugaz y pasajero. Tonos de lejanía. Tonos de frío. De derrota.

La pregunta era evidente: «¿Y ahora qué?». Podría haberme enfadado y haberlo intentado matar. Sí, podría haberlo hecho, pero de qué me hubiera servido. Sí, tal vez penséis que de qué me han servido mis ataques posteriores… pero ¡coño! había dado mi palabra. ¡Qué le queda a un hombre de armas que incumple su palabra! Solo somos palabra y espada, ¿qué vale una sin la otra? Sonreís, pero sabéis perfectamente que tengo razón. Bueno, prosigo: Miller se encogió de hombros y me dijo que me podía dar los conocimientos otra vez, que si yo consentía sería mucho más fácil y que, al fin y al cabo, mi cabeza ya había albergado tales datos, con lo que, sin duda, la labor se facilitaría. Lo cierto es que tuve mis dudas, ¿hasta qué punto seguíamos siendo la Espada Negra? Tampoco es que llevásemos tanto tiempo juntos como formación armada dedicada profesionalmente al asesinato y, sin embargo, un pequeño retroceso táctico había disuadido a mis hombres. Tal vez no fuesen quienes yo pensaba y tuviera razón Sylie. Y tal vez, por tanto, no tuviera sentido mandarlos a la Guerra. Así pues… decidí hablar con ellos antes, les dije que me iban a devolver a mi posición de táctico y buen capitán, por propia voluntad, pero que eran libres de acompañarme o de quedarse. Aquello no precisaba de una orden, precisaba de una intención. Sylie fue la primera en decir que venía conmigo. Llevábamos juntos desde que éramos unos mocosos con piojos y problemas de nutrición que malvivían en las calles de Magnia. Seré franco, no esperaba menos de ella. Los demás tardaron más en decidirse, pero cada vez que uno de ellos confirmaba su participación, empujaba ligeramente a los que dudaban.

Y así, un par de semanas después, partimos de nuestro retiro vacacional en medio de la nada para ir a la Gran Guerra. Para encontrarnos con orcos y elfos, para entrar en la tierra de las leyendas, pensábamos. Pensaba, en realidad. Un día, creía, los bardos cantarán que cuando los orcos y los elfos se enfrentaron, un pequeño grupo de humanos inclinó la balanza, un gobernante proscrito, la hija de un artesano, una arquera que había sobrevivido como una rata, un mago pendenciero, un cazador que hablaba más tiempo con su pájaro que con nosotros y un ladrón que había decidido venir con nosotros casi en plan mentor. Y, además, llevábamos a un caníbal con nosotros. Éramos un grupo extraño, éramos un buen grupo para una leyenda.
_________________________________________
Bueno, me he puesto con Espada Negra porque llevaba meses a 3-4 posts de ser terminada. Ahora sí, dos-tres posts y ultimada. Para los que se pregunten por UHdP... he tenido un error de coherencia que me obliga a modificar la última entrada (poca cosa en realidad, pero me da una pereza terrible). Es lo malo de dejar pasar tiempo, con lo seriamente que empecé. Exámenes, trabajos, bah.