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jueves, 9 de julio de 2009

Fuera de Tanaan [Sya]

» Un poco decepcionados volvimos arriba. Habíamos perdido, con las bromas, casi una hora de viaje y seguimos caminando. Al oeste, siempre al oeste, hasta que el Sol empezó a desperezarse. Y allí, bajo las mantas pardas, esperamos que llegase la noche del tercer día.

» Lo cierto es que coincidieron unos días bastante tranquilos. Avanzamos toda la noche del tercer día y del cuarto y, al amanecer de quinto día, habíamos llegado a unos montes en los que ya se desarrollaba cierta vegetación aparte de aquellos matojos espinosos del erial. Desde ahí, ya cubiertos por la vegetación, cambiamos de costumbres y avanzamos de día. Avanzamos durante otros días, llegando a la colina más alta de aquellos montes. Hacia el oeste se veían unas grandes y escarpadas montañas y hacia el sur, según descendían los montes, se llegaban a ver dos grandes torres de dominio demónico, como toda Tanaan, según me constaba. Al oeste de éstas se apreciaba un paso de montaña. Revisando punto por punto las vistas que teníamos, comprobamos que no era un paso. Era el paso. Tendríamos que ir por allí o arriesgarnos a una escalada suicida. El mejor camino para acceder al paso parecía bordeando la falda de las grandes montañas, manteniéndonos siempre a la máxima distancia posible de las torres demónicas. Poco después del octavo mediodía del séptimo mes, un día después del avistamiento de las torres, llegamos al fondo del valle y cruzamos el ancho y poco profundo río que lo había formado. Y al otro lado, hacia el noreste, vimos a unos jinetes con monturas lagarto. Wenceslao creó una ilusión de nuestro grupo yendo hacia el noreste, para hacernos ganar tiempo y seguimos el camino caminando hacia el suroeste. Seguimos bordeando la falda de las montañas hasta el amanecer del duodécimo día. Los jinetes lagarto aparecieron intermitentemente durante esos días, sin mostrar retraso alguno debido a la ilusión. La única vez que nos pareció que estaban demasiado cerca, Wenceslao volvió a intentar crear una ilusión y nos creó corriendo al noreste de ellos y en dirección norte. Como las visiones eran intermitentes y en aquel momento no veían al verdadero grupo, cargaron hacia ellas. Aquello nos dio el tiempo de ventaja que necesitábamos. Bordeamos lo poco que quedaba y llegamos al paso.

» El paso era más ancho de lo esperado, un paso cuidado, liso y con cascotes a los lados. Cuando lo estábamos cruzando, algunos de los cascotes se movieron. Wenceslao intentó una nueva ilusión que mostrase que no estábamos allí, pero nos preparamos para lo que pudiese suceder, pero de bajo las piedras salieron unos humanos bajos, anchos y de largas barbas. “¿Quién va?”, nos preguntaron directamente, ignorando la ilusión. “Humanos”, respondió Wenceslao. “Los demonios no pueden cruzar el paso”, informó. “Pero somos humanos”. “Humanos al servicio de los demonios, ¿no?”. Era el momento de jugársela: “no, humanos libres, humanos que huyen de los demonios malvados”. “Lo siento, el reglamento dice que no pueden pasar los humanos libres. Lo especifica”. “Pero no somos humanos libres todavía, porque nos persiguen, lo que su reglamento indica es que una vez que seamos libres no podremos cruzar el paso. Es decir, una vez que crucemos el paso, dejando atrás Tanaan, y seamos libres, no podremos volver, ¿no?”, le dije con convencimiento fingido. El tipo que había hablado hasta el momento me miró, miró a los demás y concluyó: “hay que avisar al jefe, él sabrá qué hacer”. Uno de ellos desapareció bajo uno de los cascotes y, cuando volvió, iba acompañado por otro de largas barbas blancas y muchas arrugas, con legañas adheridas a los ojos y la barba llena de polvo. “Así que quieren cruzar el paso”, comenzó tras hacer un gran esfuerzo para vernos. Hablamos un rato con él, aunque este fue más fácil de convencer. Y pasamos. Aunque en llegando al final del paso, otros cascotes empezaron a moverse. «Joder, otra vez – pensé». Wenceslao intentó una nueva ilusión. Nos quedamos quietos, expectantes. Salieron unos hombrecillos como los de antes. “Joder”, empezó uno, “los del otro lado dieron el aviso de que venía alguien”. “Se equivocarían”, respondió otro. “A saber que se meten o qué coño andan haciendo. En fin… sin comentarios. ¡Gentuza que son!”. Y volvieron a meterse bajo las piedras. Nosotros, sin deshacer la ilusión, proseguimos el camino y nos vimos al otro lado de las montañas. Habíamos dejado atrás Tanaan.

» Desde nuestra posición se veía el mar al oeste, una ciudad al noroeste y otra al suroeste. ¿Serían aquellas las ciudades humanas? ¿Serían demónicas? ¿Las ciudades humanas estarían al otro lado del mar? ¿Existirían tan siquiera o serían una mentira para que la gente trabajase con la ilusión de una posible huida si aguardaban el momento oportuno? Bueno, en el peor de los casos, habíamos dejado Tanaan y, aquí, lo más que podían hacer era pedir que se nos capturase y se nos entregase, pero al menos teníamos una posibilidad de que dijeran que no, por lo que fuera. Nuestra situación había mejorado, un poco al menos.
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¿Terminado? ¿No? Quién sabe...