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miércoles, 22 de julio de 2009

Ernest [Espada Negra]

Se sucedían los días en aquel lugar remoto, sin noticias y sin aventuras. «Vivimos como viejos – le dije a Nacho». Él sonrió y contestó: «como putos viejos». Tal vez pensaba que proseguía la gracia, pero a decir verdad… no existía tal gracia. Miller pasaba mucho tiempo conmigo hablándome de historia y geografía, de medicina y artesanía. Él hablaba y yo escuchaba porque no había mucho más que hacer. Al menos no dejamos las armas de lado y raro era el día que no luchábamos un poco entre nosotros para no perder la forma, los reflejos, la costumbre. Algún día habría que ir más al sur y ese día estaríamos preparados.

Pasó el primer año. Todos los días parecía que el aburrimiento había tocado techo, pero cada amanecer era la promesa de un día todavía más tedioso que los anteriores. Sin novedades. Siempre. Todo lo que había tenido y perdido llamaba a mi puerta en noches mal dormidas de mucho revolverse en la cama esperando unas horas de tregua que nunca llegaban. Había sido uno de los grandes, había crecido hasta ser uno de los grandes y un orgullo vacío e infantil me había despojado de todo. A mí y a los míos. Cuando todo sale bien… uno se acostumbra. Cuando uno parece un héroe de leyenda, intocable y eterno, se sobreestima, se cree capaz de todo y… un día fracasa. Eso nos pasó a nosotros. A mí. A la Espada Negra y allí, perdidos en mitad de unas montañas prácticamente deshabitadas pagábamos nuestros errores. Mis errores. Y ahora ni siquiera podía robar el nombre de Iviné. Era solo Ernest, un Ernest abandonado por la suerte. Un Ernest triste.

Durante el transcurso del segundo año me puse todavía peor. Empezaba a detestar las charles de Miller, que empezaban a resultar como clases. ¿Para qué? Si íbamos a ir al sur e íbamos bien a morir bien a erigirnos como héroes. ¡¿Qué importaba la vieja duquesa de Trezza cuando era parte de no sé qué reino?! Nada importaba. Solo nosotros.

Y así, con el paso del tiempo, fui perdiendo el poco interés que me quedaba y empecé a plantearme la mierda de vida que me quedaba por delante. Lejos de todo cuanto quería, lejos del poder, lejos de mi hogar. Miller, en aquella época, se volvió más amable y hablábamos de tonterías, contaba gracietas extrañas, contaba historias y hasta empezó a escribir y a cantar. Todo fue bien hasta que un día me llevó a mitad de ninguna parte y conjuró contra mí. Me inmovilizó. Me ató y luego empezó a hurgarme en la mente. Sentía como desaparecían los recuerdos, como arena entre los dedos. Dolía. Era atroz. Él parecía escogerlos rápidamente y sin clemencia y, de pronto, desaparecían, como si nunca hubieran estado allí. Solo se detuvo cuando el viejo caníbal se plantó entre ambos. Ni lo vi llegar, solo… apareció. Le ordenó que se estuviera quieto. Miller dio unos pasos atrás, con tranquilidad y le dijo: «he hecho lo mejor para todos, así de sencillo». Y eso fue lo último que pude entender antes de caer a un abismo de oscuridad.