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martes, 28 de julio de 2009

En las tierras de los elfos [Espada Negra]

No recuerdo muy bien cómo ni por qué algunos miembros de la Espada Negra se adelantaron como avanzadilla. Tal vez pretendían comentar algo sin oídos desconocidos merodeando, tal vez querían saborear una vez más la sensación de libertad que se tiene al no rendir cuentas. No sé, no lo recuerdo. Pero nos adentramos en la espesura, nos alejamos del grupo y allí, de la nada, mientras hablábamos tranquilamente, aparecieron unos esqueletos. Muertos vivientes. Nunca tal cosa viéramos. Ni las leyendas más antiguas hablaban de ese tipo de aberraciones. El pánico nos embargó. Di órdenes , grité, ataqué… pero estaba aterrorizado, Kira incluso se alejó entre los árboles, Nacho resultó herido y tanto Gerón como su ave murieron rápidamente. Uno de ellos levantaba a los caídos y, cuando ya solo quedábamos en pie Nacho, Sylie y yo, tomamos la decisión de irnos. Y nos fuimos. Dejamos a nuestros compañeros caídos atrás, aunque probablemente ya estuvieran muertos. Nos alejamos entre la espesura y Nacho nos dijo que ya estaba, que nos habíamos jugado todo cuanto él estaba dispuesto a jugarse, que habíamos arriesgado y perdido y que no se iba a jugar el todo por el todo. Y se fue. La espada desertora. En Osmynd había tenido una aventura con una sacerdotisa del sexo y el amor, bastante había hecho con venir con nosotros hasta aquí cuando nada lo obligaba. La Espada Negra se había terminado. Quedábamos Sylie y yo, como cuando éramos críos. Todo había fallado al fin y ya no había nada más que discutir. Fue entonces cuando hablé con Sylie y le expuse mis temores: «no vamos a salir de aquí, pequeña, hemos cavado nuestra puta tumba». «Estaré contigo hasta el final», me dijo. Intenté convencerla durante bastante tiempo de que se fuera, de que hiciera la vida que siempre se mereció con el dinero que había conseguido sacar de la Orden, que triunfase, que fuese alguien, que se dedicase a fabricar arcos que era lo que le gustaba. Y me abrazó, como una hermana, como mi verdadera hermana. Le devolví el abrazo. «Por favor, vete». Y ante su negativa, insistí: «Es una orden, Sylie». Y obedientemente, obedeciendo no a su amigo o a su hermano sino al líder de la Espada Negra, recogió sus cosas. «¿Volveremos a vernos?», preguntó. «Claro que volveremos a vernos, le caigo bien a alguien ahí arriba, ¿recuerdas?». Y nos separamos.

A la mañana siguiente fue el gran combate. Vuestras flechas surcaban el cielo salidas de los dioses saben dónde, los peludos cargaban contra vosotros, por todas partes había heridos, muertos, sangre. Se veían más tripas que hierba. Era horrible. Cargué como el que más, dispuesto a darlo todo, a dejarme la piel en el intento; había dado mi palabra y lucharía hasta el final. Entonces una flecha atravesó mi hombrera, me cayó la espada, intenté arrastrarme y una nueva flecha me atravesó la cota de malla. Y ahí acabó todo, y a partir de entonces ya conocéis la historia. Fin de la batalla, remate de malheridos y atención médica para los demás, en un pueblo perdido en mitad del bosque, sin la posibilidad de volver a casa… ¿Infeliz? No, supongo que no, me alegro de haber sobrevivido. Pero sí, echaré muchas cosas de menos, cosas que sé que no recuperaré más. ¿Sabéis? En el fondo sí me tranquiliza que todo haya terminado, aunque me escuece haber vivido todas mis aventuras antes de los 20, tengo una sensación de… ¿y ahora qué? En fin… espero no haberos aburrido con el relato, pero vaya, vosotros preguntasteis.