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miércoles, 8 de julio de 2009

El Arco del Violín [UHdP]

Volvieron a Principale donde se repartió el botín. La Flecha Marina se quedó con el cetro de los vientos, con una capa de pieles de ninfa, con una citara élfica con la firma de Pieri y con unas cuantas armas y con los cadáveres, aunque esto fue hablado en privado con Inathrae, quien no puso pega alguna. El resto fue para la tripulación del Mar Embravecido y para Urizen. El barco quedó para la ciudad de Principale, era un buen barco y, contra la costumbre de la Ley del mar, se le decidió cambiar de nombre: Barco de los No Muertos parecía un nombre de mal agüero.

Los cadáveres fueron llevados un par de días después a Úvier, a la casa de Tend’n Dahl. No obstante, la Flecha Marina hizo el viaje dando un rodeo hasta la mano de El Arco del Violín. La Mano estaban como se decía, arrasada, con el suelo negro mate, sin una sola forma de vida vegetal y, probablemente, sin ninguna forma de vida animal. Siguieron el arco bordeando la costa. Cerca de La Mano había un asentamiento militar romano. Luego ya bastante metidos en el Arco, que los romanos denominaban El Gladius, había un pequeño pueblo romano. La Flecha Marina decidió pasar de largo, pero a los muelles se acercaron unos hombres y les hicieron gestos, y les gritaron. La Flecha izó las velas y se quedó allí, esperando, con los artilleros preparados para cualquier imprevisto. Un esquife se acercó.
- ¿Tenéis médico a bordo?
- Tenemos.
- ¿Podéis atender a una herida?
- Traedla – accedió Al.
Y al poco volvió el esquife y entre varios mostraron una fiera figura. Iba practicamente desnuda a excepción de unos jirones de cuero todavía pegados al cuerpo y la manta que la envolvía. Era una hembra, una Ser de luz, según reconoció Satine, una mujer de más de metro ochenta y cinco con partes de hueso salientes, como todos los de su especie, con brazos como piernas, y piernas… como pierna y media. Una masa de músculo de más de 115 kilos. Una hembra. Y, con todo, con formas femeninas, aunque con poco pecho. La subieron a bordo, se despidieron de la gente del esquife y siguieron bordeando El Arco.

El oficial médico, Tórquero, atendió las heridas de la joven. Tenía mordeduras en brazos y piernas, unas heridas circulares por la región lumbar y el abdomen y laceraciones por prácticamente todo el torso. Deliraba y sus palabras carentes de sentido para casi cualquier oído, fueron entendidas por Satine que la contemplaba con fascinación.
- Dice algo del mar, del terror… de… creo que dice… bueno, no sé, su equivalente a “cabrones” o “hijos de puta” o algo así.
La Ser de luz que no vocalizaba bien, hacía de un idioma plagado de vocales como el Oblos, un infierno ininteligible. Cuando Tórquero terminó, la joven no parecía estar mucho mejor.
- Es todo cuanto puedo hacer – dijo Tórquero con sencillez – se recuperará, supongo.
A decir verdad, ni él mismo lo veía con certeza. Ella estaba muy, muy mal.

Llegaron al extremo oeste del Arco, donde estaba Faro. Faro era un territorio técnicamente romano pero de carácter neutral pues desempeñaba una función útil para todos, avisaba del Arco y sus rocas. Muchos barcos se habían hundido contra aquellas piedras y Faro, actualmente, velaba porque tal cosa no sucediese.

Pasado foro siguieron su recorrido, ahora por la cara norte de El Arco. Frente a la posición que ocupa Úvier, unos cuantos kilómetros al norte, un acantilado repleto de perforaciones, servía de sustento para una serie de torres cuadradas que, vistas desde el mar, se recortaban contra el cielo, cerca del borde.
- Izad las velas – ordenó Al.
El barco quedó allí, prácticamente inmóvil, a los pies del acantilado.
- Voy a ver qué se cuece ahí arriba – explicó.
Los miembros de su tripulación lo observaron sorprendidos. Él se descalzó y se tiró al mar. Nadó con facilidad hasta la línea de rocas, evitando las que tenían formas cortantes. Luego buscó una zona donde no hubiera rocas cerca, se cercioró bien. Donde La capa de agua era muy profunda y no había rocas cerca, comenzó a trepar. Se encaramó con soltura de saliente en saliente, sus manos y pies se dirigían firmes a los apoyos disponibles y se elevaba sin dificultad. Desde el barco, la tripulación observaba el ascenso de su capitán por el acantilado. Salvo Nguema, cuya percepción táctil no llegaba tan lejos.

Las perforaciones resultaron ser una especie de madrigueras en las que habitaban unas pequeñas criaturas de unos ochenta centímetros con unas membranas cartilaginosas uniéndoles las muñecas con los tobillos y que tenían unos pequeños fuegos en los que asaban pescados que tenían todo el aspecto de haber sido cogidos con las manos. Uno de ellos se acercó hasta la abertura exterior y sacó la cabeza para ver a Al, que se había apartado de la entrada. Produjo unos sonidos y agitó las manos, luego desapareció, para reaparecer instantes después con un pescado en las manos que le tendió a Al. Este se acercó a la perforación y comió el pescado a la vista de todos. Eran unas criaturas alegres y amables, Al se quedó unos minutos con ellas y luego prosiguió su ascenso. Bordeó la zona de torres permaneciendo oculto y observó. Tras el muro de torres había una gran excavación de la que asomaban unos macizos de piedra. En la zona de extracción de material había bastantes personas, todas ellas con palas, y un gnomo que gritaba órdenes a diestro y siniestro. La presencia militar era bastante escasa, pese a la formación de torres y cuando Al se dio por satisfecho con la información, se dirigió de nuevo al muro del acantilado y comenzó el descenso por el mismo punto por el que había subido. A medio camino, perdió apoyo, uno de los salientes que asía con una mano se soltó y él, ágilmente, se impulsó con los pies en la pared y saltó al agua, atravesando su superficie con una ágil y estudiada entrada. Desde la cubierta de la Flecha Marina, la tripulación observaba impactada. Una de las criaturas del muro del acantilado se arrojó al agua, planeando con aquellas alas membranares. Al asomó finalmente y cogió una gran bocanada de aire. La criatura se mostró contenta y lo acompañó hasta el barco. Subieron por los cabos que les tiraron y una vez allí, Al le ofreció algo de comer. Mientras el pequeño acompañante comía, el capitán comunicó lo que había vista. Poco después, el alegre ser se encaramaba a la borda, decía algo que interpretaron como despedida y se lanzó hacia el acantilado por donde trepó con agilidad increíble. Luego, el barco siguió bordeando El Arco en dirección Úvier.

No hubo más novedades hasta superar el punto más interior del golfo. Poco después, cerca de la frontera con Ilzner, se encontraron un nuevo asentamiento militarizado romano. El barco continuó y aquella misma noche, del 11 del cuarto mes, la Flecha Marina volvió a pisar el puerto de Úvier.
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A ver si estos días continúo un poco con esto y así voy reduciendo el retraso que llevo respecto al desarrollo semanal de la historia.