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domingo, 19 de julio de 2009

Cuatro

Había acabado odiando a las personas. Odiaba a cada individuo poblado de miedos, a cada persona invadido de odios. Odiaba las tinieblas que envolvían el alma humana y no podía evitarlas. Eso era lo que veía cuando miraba a una persona, veía más allá de la piel y del músculo, veía algo más que una forma física. Y si bien al principio le pareció interesante, pronto le resultó terrible. No había nada bello que ver en las personas, solo los deseos de imponerse, dominar, matar, follar, comer y dormir. Así era el ser humano: violento, autoritario, lujurioso y vago. Solo había mentiras y secretos y así, lectura tras lectura fue perdiendo la fe en la humanidad.

Pronto intentó evitar su don, lo hizo por todos los medios. Probó a hacer ejercicio hasta la extenuación para comprobar si dependía de su cansancio, probó a no beber apenas, a no comer. No era el método. Luego probó con el alcohol, que le dificultaba la lectura, necesitaba más tiempo, más esfuerzo, podía evitarlo. Finalmente probó con las drogas. Esnifó, se pinchó, tragó todo tipo de pastillas y el mundo se desdibujó. Durante un tiempo desaparecían las cortinas y todo lo que ocultaban, las personas eran rompecabezas sin construir y no se apreciaba el dibujo que formaban. Podía ignorar todo lo que odiaba.

Incluso aquel método tenía dos problemas: la subida y la bajada. Cuando aún podía comprender las bases internas de las personas y, encima, le costaba más controlarse y razonar. Aquello siempre fue lo peor de todo. Sentía la maraña de impulsos intentando desenredarse. Varias veces, en un arranque de furia, había atacado a las personas que se encontraba. Tenían alma de monstruo, él sólo era un justiciero.

Sin saberlo, comenzó su caída. Las drogas lo fueron tomando y pronto fue una sombra de quien era y de quien quería ser. Caminaba como un espectro en busca de algo que llevarse a la boca y de algo con qué drogarse. Necesitaba dinero y, en su estado tenía difícil encontrar trabajo. Era una situación que se retroalimentaba. Comenzó a robar, convirtiéndose en uno de los tipos que tanto odiaba. Se convirtió en el monstruo. Al principio sólo robaba a personas horribles que consideraba que se lo merecían. La espiral descendente continuaba y pronto todo el mundo podía ser considerado horrible.

Un día había atacado a un hombre. No parecía mal tipo, pero se quería morir. La droga aún empezaba a subir. Al principio sólo quería más dinero. Una rápida sucesión de imágenes se dibujó directamente en su cabeza. Le dio lástima... y rabia. La gente que quería morir no merecía nada más. Eran una lacra en aumento, los odiaba. ¿Este tío se cree que pue' estar pasándolo peor que yo?, se preguntó el yonki. El chico, finalmente, lo miró conactitud retadora; parecía preguntar: ¿de verdad te atreves a hacerlo?

Lo hizo. No era la primera vez que acuchillaba a alguien, ni que veía la sangre empapar poco a poco la ropa. No sería la última. Le dio un golpe para que se fuese al suelo y no pudiese defenderse y luego, para que no sufriese, le dio una patada en la cabeza. Tal vez hubiera muerto ya. Tal vez no, pero en cualquier caso moriría antes de que nadie lo encontrase en una callejuela tan alejada de cualquier lugar transitado. Le robó la cartera, se alejó un poco, observó el cuerpo un último instante y se adentró en la oscuridad de los callejones.

Poco después la droga le quitó importancia a todo.