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martes, 21 de julio de 2009

Cinco

Soy inmortal.
Es curioso el desapego que experimentas hacia tus necesidades una vez aceptado el hecho de que puedes sobrevivir sin alimentarte, sin beber, sin dormir. Es una extraña paz, como el darte cuenta de que pase lo que pase a tu alrededor, seguirás teniendo suelo bajo tus pies. Porque se sigue teniendo pies. Sigo caminando. He visto más de lo que muchos ojos podrían asimilar. He vivido tragedias y gozos como cualquier otro. He sido héroe, monstruo, ciudadano y vagabundo. Y es este último rol que desempeño el que me estimula.
A lo largo de la historia solo cambian dos cosas: los números y la ropa, y curiosamente la ropa parece ir en círculos últimamente. Por lo demás, las historias que se cuentan en todas partes son guiones repetitivos con actores mediocres y desenlaces más bien predecibles. No, nada me sorprende. No hay conversación de la que no haya predicho cada respuesta con el tiempo. No hay nadie que se pueda considerar original. El creerse auténtico es reconocer que se ha visto poco mundo y creedme, no conozco a nadie con más mundo que yo.
Es un hecho.
Me divierto viendo como las masas se agarran a las limitadas posibilidades que les ofrecen su espacio y sobre todo su tiempo. La vida no fue diseñada para abarcar 80 años, es insuficiente. Lo saben y yo lo he comprobado. Todas las decisiones precipitadas tomadas principalmente por el miedo, miedo a marchitarse, a quedarse atrás. Miedo en definitiva a saber que, pese a todos los esfuerzos de eruditos que vomitan filosofía barata, no existen segundas oportunidades. No existen salvo que puedas volver a nacer o sobrevivir a tus errores. Mejor dicho, sobrevivir a aquellos con los que te equivocaste.
Y veo que por el tono rojo del charco que se extiende debajo de ese individuo tirado en el suelo, no le debe de quedar mucho tiempo.
Puede que desprecie a las masas, pero la vida es un bien... escaso. Más si, como es el caso de este pobre hombre, te despojan de ella. Nadie salta hacia un cuchillo o hacia una bala, nadie a quien no le hayan pagado al menos. Un suicida no se quitaría la vida en un oscuro callejón alejado de todos, los suicidas buscan una última llamada de atención con su muerte. La atención que no les fue dada antes.
Este hombre querría vivir y terminar de interpretar el resto de su obra, por repetitiva que fuera. Por aburrida que fuera. Era su obra. Ahora su obra es un charco de sangre que se extiende.


Es curioso también reconocer que es cierto lo que se les dice a los niños: hacer trampas no es divertido, el juego pierde su gracia. Yo he llegado al punto en que me aburro. La historia es prociclica y cada vez los ciclos son más pequeños. La gente sigue siendo idiota en general, pero ahora tienen la osadía de considerar que saben.

El rebaño necesita que algo provoque una estampida, las aguas en las que han estado bebiendo empiezan a estancarse.

Por lo menos debería ser divertido ver algo diferente para variar. Llevo años quieto.