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lunes, 13 de julio de 2009

Cambios [Espada Negra]

Me alejé unos días hasta encontrarme a un brazo del ejército comandados por Millané. Venía con 30 hombres todos pertrechados, con armadura, espada y escudo, así como unos cuantos exploradores y pícaros. Nos volvimos a dirigir al norte, a la ciudad, los pícaros y los exploradores hicieron su trabajo y pronto nos enteramos de dónde y cómo los tenían. Estaban en una mazmorra, un nivel por debajo del suelo. En la misma celdas todos menos la mujer, Kira, que estaba con otro hombre. Ella estaba más herida que los demás. Los exploradores y yo nos colamos hasta el edificio bajo el que estaban prisioneros y mientras unos cuantos soldados montaban gresca desviando la atención de nosotros, eliminamos a unos cuantos de los guardias que se asomaron y nos vestimos con sus ropas. Luego, bajé al piso inferior, al primero de las mazmorras, mientras los exploradores se iban retrasado en las escaleras dispuestos a asomarse y coser a flechas a quien señalase.

Había unos cuantos guardias, descolocados por allí. Delante de algunas celdas, me acerqué a la celda donde estaban Gerón, Nash y Miller. Rebusqué en los bolsillos y encontré una llave. El todo por el todo, venga. Metí la llave. Clic. Gritos: «¿qué haces, mamonazo?» Giré la llave. Pasos apresurados hacia mí. Grité: «a ellos, hostia, a ellos» Y recién asomados de la esquina que formaban las escaleras, cinco ballestas apuntaron a sorprendidos guardias y, aprovechando el instante de vacilación, dispararon. Los guardias cayeron heridos, tal vez muertos. Yo abrí la puerta, entré y liberé a mis hombres. «Coged armas de los guardias, rápido, rápido, no hay tiempo, joder». Se armaron prestos y yo abrí la celda de Kira. El hombre que estaba con ella se acercó. «Dejadme ir con vosotros, no te arrepentirás». Estaba sucio, parecía un viejo andrajoso y desnutrido, pero me dio cierta lástima: «Vente, me conformaré con que no causes problemas». Él sonrió, y su sonrisa no era humana, tanto era así, que me vi incapaz de contener un escalofrío. Y entonces bajaron más guardias, alertados por los gritos de abajo y, de una puerta al final del pasillo un hombre enorme y calvo que cargó pasillo adelante. Se repartieron espadazos por todos lados, los virotes cruzaban el pasillo impasibles, a un lado y a otro. El calvo era un tipo inmenso y tiró al suelo a Kira de un puñetazo, todos vacilamos un instante, Kira era la pieza que nunca caía, si le hacía eso a ella, ¿qué haría con nosotros? Y en ese momento, demostrando que el hombre andrajoso de la celda era una buena incorporación, observamos, los que pudimos, como de un salto se lanzaba contra el enorme hombre, lo tumbaba y una vez en el suelo le introducía los pulgares en las fosas oculares. Fue violento, sangriento y desagradable. Mientras, los virotes seguían cruzando el pasillo, pero sin la división de fuerzas provocada por el inmenso combatiente, el resto de guardias fue fácil de reducir a virotazos. Cuando volvimos a mirar atrás, el andrajoso devoraba pedazos del calvo. «Tal vez esté hambriento – quise pensar». Otra voz en mi cabeza no decía lo mismo. Le preguntamos a varios guardias dónde podíamos recuperar nuestras pertenencias y todos dijeron lo mismo: se las llevó el alcade. Así pues, nos dirigimos a la casa del alcalde, donde de forma muy diplomática se las pedimos. Hubo cierta reticencia, hubo violencia y finalmente recuperamos nuestras cosas.

Abandonamos Dedión protegidos por la Guardia de Osmynd y llegamos sin demasiados problemas a Magnia. La ciudad parecía el paraíso, después de lo vivido, pero como ya dije antes, los problemas solo había comenzado a hacerse patentes. Y pronto, muy pronto, recibimos un emisario de Dedión. Los hombres de la Guardia de Osmynd habían ayudado a huir a unos prisioneros de Dedión, atacado a la guardia y robado posesiones sustraídas bajo el amparo de la ley, cabe aclarar que en Dedión, las posesiones de un preso pasan a ser propiedad del estado legalmente. En realidad, la carta era un ultimátum: devolvednos a los prisioneros, Ernest I de Osmynd o sufrid las consecuencias de la guerra. Osmynd tenía una gran industria y manejaba bastante dinero, así que, seguro, muchos se lanzarían como cuervos intentando repartirse el jugoso cadáver que constituíamos.

Así empezaron unas jornadas de discusión con el Alto Consejo y entre nosotros, los miembros de la Espada Negra, la decisión final fue la misma en ambos grupos: abandonaríamos la ciudad, claudicaríamos por la mala gestión de nuestras decisiones y el siguiente gobernante nos declararía proscritos. Así, seguramente, los ánimos se calmasen un poco y muchos de los que veían una oportunidad justificada de devorarnos, no lo verían tan claro y retirarían su apoyo que, seguramente, hubieran basado en que era justo.

Nuestra caída fue rápida y contundente, y de la noche a la mañana pasamos de ser piezas clave de Osmynd a deambular hacia el sur. El andrajoso y Millané siguieron con nosotros, uno porque no conocía a nadie más, el otro porque a él también lo echaron de su cargo por las acciones que había llevado a cabo; aunque nunca quisiseron ingresar en la Espada Negra.

Y decidimos tomarnos un descanso y en un pueblo dejado de la mano de los dioses, perdidos en las montañas de Pualán, dejamos morir los meses cultivando nuestros propios alimentos, alimentando a nuestros propios animales. Y si bien era una vida cómoda. Empecé a hundirme. Empecé a sentir cómo me ahogaba. No se puede tocar el cielo y luego vivir enterrado. No se puede, no era justo. Necesitaba más y ya no podría obtenerlo.