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lunes, 22 de junio de 2009

Sobre el asesinato de Marbo, el Fuerte [Brujo]

Los Seres de Luz siempre fueron una especie honorable y, a su modo de ver las cosas, tranquila. Eran imperialistas, sí, tenían una tendencia irremediable a ampliar sus dominios, pero lo hacían con calma, sin prisas, mentiras ni traiciones. Avanzaban como dando un paseo. En aquella ocasión no era diferente. Bajo las órdenes de Brómanas, su astuto rey, habían extendido la pálida luz de su anatomía por prácticamente todos los pueblos circundantes. Y nadie protestaba, el protectorado de los Seres de luz funcionaba a la perfección. Desde la Gran Montaña, los brujos asistían indiferentes a las noticias al respecto. “Los seres de luz se han extendido por la ladera sur”, “han remontado el río del oro”, no tenía la más mínima importancia. Los Seres de luz respetaban culturas y vidas en la medida de lo posible y sus luchas eran justas a ojos de los brujos.

Todo esto cambió cuando Marbo, ‘el Fuerte’ del pueblo de los fuertes, asesinó a Brómanas. Según decían los espías de los brujos, Marbo lo había matado delante de todo su ejército, con las manos desnudas, que es como se baten en duelo los Seres de luz. Marbo era, sin lugar a dudas, el luchador más capacitado de su especie, lo cual es decir mucho y el combate fue rápido y claro. Las garras de Marbo rompieron músculo, hueso y arrancaron tripas. Y Marbo se proclamó nuevo rey de su pueblo, como dictaban las normas.

Fue bajo el dominio de Marbo cuando cambió todo. Los seres de luz no acostumbraban a discutir las órdenes de sus líderes, y así arrasaron pueblos a fuego y garras. Sin supervivientes, sin esclavos ni rehenes, por el placer de la sangre y la muerte. No diferenciaban a soldados de campesinos, a adultos de niños. Fuego, sangre, muerte. Y, de fondo, la sombra de Marbo, ‘el Fuerte’.

Armus, Gran Maestro inmortal de la Orden convocó a los Maestros y pidió opiniones. La decisión fue unánime: Marbo, ‘el Fuerte’ se estaba volviendo incontrolable y pronto la Orden se arrepentiría de no haber actuado y atajado el problema. A Armus no le gustaba eso de interceder en disputas políticas, pero esto estaba trascendiendo, incluso la Orden, a veces, tenía que tomar parte… por el bien de la mayoría. Siete fueron los escogidos para la misión. Todos eran importantes en la Orden, sujetos bien entrenados, con un demonio capaz y cientos de recursos. Solo uno de ellos era demonólogo y solo uno de ellos era uno seguía la senda de las Señales. Los cinco restantes eran sobreespecíficos. Todos marcharon armados y perfectamente equipados en caballos entrenados y optimizados por los Maestros de Señales para que no necesitasen comer, beber o descansar en varios días. Nunca tantos brujos habían participado juntos en algo que no fuera la defensa de la Gran Montaña.
- ¿Qué vamos a hacer? – preguntó el demonólogo, un brujo alto y elfo, llamado Inal.
- Aún hay tiempo para pensar – cortó el sobreespecífico al mando, un humano llamado Roque – nos quedan dos días de marcha.

Pero esos dos días pasaron mucho más rápido de lo que parecía normal. Y las ideas eran bastante pobres. No obstante, ante el convencimiento de Roque, y la obligación de obedecer a un superior, los brujos siguieron su plan. Se plantaron ante las filas de guerreros Ser de luz que los miraron con curiosidad, con sorpresa, interponiéndose entre la lejana figura de Marbo y el grupo de brujos.
- Quietos – pidió Torque con serenidad –, no tenemos nada contra vosotros. Podéis imaginar cual es nuestro objetivo. Mantenéos al margen, escoged un nuevo líder cuando todo termine y no habrá una lucha como tal.
Inal, Uvlo, Liertos, Promius, Lenk y Cambur asistieron impávidos. Nadie pensaba que esto fuera a funcionar, pero había que intentar la vía pacífica. Eran brujos.
Los Seres de luz parecieron dudar, pero el grito de Marbo los sacó de dudas.
- ¡¡Matadlos!!
Y con fe ciega y lealtad férrea, los Seres de luz se lanzaron con espadas, garras, dientes, y espinas. Cada brujo convocó a su demonio con un rápido gesto, unas enormes criaturas compuestas de la oscuridad primigenia y de la locura de las pesadillas aparecieron de la nada, entre los Seres de luz y los brujos y comenzaron a agitar sus grotescas extremidades. Eran enormes, horribles y hasta los Seres de luz entendieron a qué se referían los humanos con “corazón en un puño”.

Los brujos aprovecharon ese instante de caos para catapultarse por el aire superando las numerosas filas de soldados brillantes. Durante aquel salto todos los seres vivos presentes sintieron que sucedía algo terrible y que un escalofrío los recorría desde la base de la espalda. El uso de las almas no es agradable de presenciar por una criatura que posee una. Los brujos cayeron a unos 15 metros del origen del salto y cinco de ellos corrieron a velocidad impensable la distancia que los separaba de Marbo con las armas que había desenvainado mientras volaban sobre los Seres de luz. Marbo palideció y sintió un estremecimiento. El sexto se giraba hacia los soldados y gritaba cosas en un idioma extraño, los demonios se retiraban evitando matar a los Seres de luz pero empujándolos brutalmente y evitando todos los ataques que podían. En cualquier caso, se les empezaba a ver mal, los Seres de luz no eran un juego, aquello era obvio. El séptimo brujo estaba con los brazos ligeramente echados hacia delante y las manos colocadas en unas posiciones rígidas y perfectamente estudiadas, expectante. Los cinco que corrieron contra Marbo atacaron prácticamente al unísono, y sus aceros, impulsados por la energía de las almas, cortaron huesos como si fuesen ramitas. Marbo se defendió con toda la fiereza que pudo, pero cinco brujos armados con mandobles fueron más de lo que podía manejar. Se desplomó, muerto incluso antes de caer el suelo y en ese momento, también al unísono, los demonios desaparecieron y ellos estaban en la Gran Montaña.
- Os dije que funcionaría – comentó con gesto cansado Torque.
- Si llego a fallar habría resultado todo muy gracioso – suspiró Promius.
- Eres el Señalizador más dotado de los últimos cuarenta años, contaba con ello en mis cálculos.
Y allí, a un par de kilómetros de casa, pero cansados por los dos días sin dormir y por el alarde del uso de almas. Durmieron sobre el suelo de roca, pues en la Gran Montaña nada crecía nunca.