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lunes, 8 de junio de 2009

Mundoabsurdo, día 3 [pt.2]

La adorable y peluda criaturita miraba alternativamente a los ojos de ambos. Era preciosa, un animalito peludo de suave y brillante pelo blanco que meneaba la cola alegre aunque tímidamente. Y sus ojos – pensó Alberto – aquellos ojos te embrujaban. Te miraban con dulzura y los amabas. La criatura que tenían delante era la quintaesencia del gato. Era el molde platónico del que habían salido las demás criaturas peludas adorables de la Creación. No cabía duda.
- Nos la llevamos – dijo Ernest –. No podemos dejarla aquí, para que se la coman los… los predadores habituales de este lugar. ¡Que menudos son!
- Pero luego nos devorará ella a nosotros.
Ernest miró a Alberto con una mezcla de duda y vacilación.
- Normal que a los Lógicos no os afecten estas cosas… en las Tierras de la Lógica no tenéis alma.
- Claro que tenemos alma – replicó un escéptico Alberto. Si existía el alma, tenían una; de eso no le cabía duda.
- ¿Cuántas veces te has encontrado un Fantasma?
- ¿Un Fantasma?
- Un Fantasma.
- Ninguna.
- No tenéis alma.
- Hay gente que sí se los ha encontrado – replicó a la defensiva.
- Locos, drogadictos y mentirosos.
- O gentes del Absurdo, ¿no?
Ernest tomó aire, cerró los párpados. Mantuvo el aire durante unos instantes y, finalmente, lo expulsó con lentitud.
- No. Podemos traer viajeros hasta aquí, pero no los reenviamos. No se puede volver. En condiciones normales discutiría de buena gana, pero quiero quitarte falsas esperanzas de la cabeza. Falsas esperanzas que, inconscientemente, acabas de insinuar ahora mismo.

La hipnozorra corría entre ellos frotándose cariñosamente contra sus piernas, Ernest hizo unos extraños gestos con las manos y le dio de comer. El animalito agarró graciosamente la comida entre las patas y la devoró con gusto.
- Es la primera vez que te veo hacer magia – comentó Alberto para cambiar de tema.
«No hay nada peor que enfadarte con tu compañero de viaje», le habían dicho en una excursión de varios días cuando era un crío. ¡Qué razón tenían!
- Un pequeño truquito.
- ¿Y no podrías hacer magia para llevarme hasta el sitio donde tengo que ir?
- La idea es que veas el camino para que comprendas cómo funciona esto. ¿Qué sentido tiene llevarte automáticamente hasta allí?
- Bueno – vaciló Alberto –, siempre podría estudiarlo luego. Con libros… y tal.
- ¿Crees que eso sirve para algo? Hay cosas que se pueden estudiar y cosas que no. Creer que se puede estudiar la realidad viva en base a libros es ridículo… Un libro te diría: Psicovulpes, hipnozorra, dos puntos. Adorable criatura que vive en los bosques templados de la parte de arriba del continente que, cuando te mira a los ojos, te conquista para siempre-siempre-siempre. ¿Te ha enseñado algo?
- Sí… bueno, “algo”.
- Aquí… la has visto. No es comparable. Podrías habértela comido, podrías… haber jugado con ella. ¡Coño! Todavía puedes hacerlo. El libro sólo te da una mentira, una cómoda mentira deglutida por alguien que ha tenido que vivirlo. Te da su fantasía, su recuerdo…
- Qué poético…
- ¡Joder, sí! Debe de ser cosa de la puta hipnozorra. Asco de bicho…

Y ambos siguieron caminando ascendiendo hacia las Montañas Permanentemente Nevadas.