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viernes, 12 de junio de 2009

Las Islas del Violín [UHdP]

Con Al como capitán, Juan ocupó el puesto de contramaestre, Oliveth el de primer oficial y Satine el de oficial de protocolo y líder del pelotón de ballesteros. Repartió a la tripulación entre los barcos y fue a entrevistarse con el prisionero romano.
Según entró en la zona de las jaulas los romanos lo miraron con ligero miedo. Al se acercó muy tranquilamente hasta la puerta de la jaula y la abrió. Entró. Se dirigió a su capitán, el resto bajaron la cabeza.
- ¿Cómo se castigaba la sedición en tu nave?
El capitán dudó, sabiendo perfectamente qué iba a pasarle.
- Nunca hubo tal cosa en mi barco.
- ¿Y si la hubiera?
- Le cortaríamos una mano – afirmó.
El acero emitió un ruido sibilante. No hubo gritos cuando le cortó el cuello, no hubo ningún movimiento. Ni siquiera los demás presos se movieron cuando la sangre les salpicó. Todos conocían la pena por promover la insurrección.
Al salió de allí, el olor de la sangre inquietaba a las bestias, los prisioneros iban a pasar unas jornadas horribles.

Tórquero, en la cubierta del barco rezaba a Eolo para que fuese compasivo y guiase al barco, aunque se planteaba lo correcto de haber atacado o no el barco romano. Ahora era parte de la tripulación de la Flecha Marina y tenía que hacerlo. Los dioses les habían sido benévolos tomando el trirreme romano, ¿acaso veían bien el ataque y por eso les habían favorecido? El rezo había dado paso a algo más, a una reflexión profunda y tal vez triste. «Tan cerca y a la vez tan lejos de todo lo que uno piensa…». Desde la proa de la Flecha Marina, con la tripulación ocupada en sus quehaceres, tenía un nuevo enfoque, y el enfoque le hacía ver su vieja perspectiva como vieja, desgastada. Falsa. Y volviendo a rezar a las deidades del mar y del viento, les pidió respuesta.

La Flecha Marina avanzaba a buen ritmo hacia las islas del Violín, con el apoyo del viento. Las ventajas de llevar a un sacerdote del dios Viento empezaban a resultar obvias, pues las travesías solían contar con un viento favorable. Se respiraba un buen ambiente y Tórquero empezaba a creer firmemente que la gente de este barco le caía bien a Eolo. No se explicaba el porqué, pero así parecía.

Y fue ya varios días después cuando un barco veloz de velas rojas se acercó hasta ellos. Al dio las órdenes necesarias para evitarlo, pero el otro barco intentaba mantenerlos siempre en ángulo. Cuando tras aquel barco se dejó ver otro, Al dio muchas más órdenes. La tripulación se movía agitadamente cuando desde uno de los barcos llegó un grito palidecido y reducido por el mar y el viento.
- ¡¡Ah, del barco!! – gritó la voz, que venía en el barco de velas rojas que había empezado a arriar las velas.
La Flecha Marina los comenzó a arriarlas a su vez y Al le gritó en respuesta. Poco a poco aproximaron los barcos. En la cubierta de los dos barcos recién llegados se veía a grandes grupos de elfos que observaban con curiosidad. El que había gritado se acercó a la borda.
- ¿Qué hace con un barco romano, señores?
Al, desde la borda de la Flecha Marina, contestó:
- Ha sido capturado en el mar y se lo vamos a entregar a las fuerzas de los Elfos en las Islas del Violín. A Principale.
Esta noticia causó bastante alegría entre los elfos.
- Les escoltaremos hasta allí – informó el capitán del barco de velas rojas, que se llamaba El Cazador. Y a Principale fueron.
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Es la parte corta, pero es más que nada.