Google+

lunes, 1 de junio de 2009

Flecha marina [pt.5]

El Sol la despertó. Estaba con la cabeza sobre el hombro del mago.
- Buenos días, durmiente.
- ¿Llevas mucho despierto? – preguntó ella confundida, medioelfa. Dormía poco, esto no solía pasarle.
- Un rato – sonrió él – vamos a desayunar, tengo hambre.
En el primer piso, Lucilda les sirvió queso, jamón, pan y un delicioso vino. Para Satine era un desayuno demasiado fuerte, pero picoteó sabiendo que en el barco no podría permitirse tales lujos.
Luego, Tend’n la acompañó hasta el muelle, «como un caballero – dijo».
- ¿Volverás esta noche? – preguntó con sencillez.
- Quizá – respondió ella con una sonrisa.
Él se marchó. Pasaba del mediodía en aquel momento. Y Al, al verla, sonrió.
- ¿Qué tal? Supongo que bien. Sonriente y pasando la noche fuera.
- Estuvo bien, estuvo bien. Tal vez esta noche vuelva a dormir fuera.
Al no hizo más comentario, solo se rió por lo bajo.


Mientras, Martha fue a la taberna donde había quedado con Evan. Allí la esperaba él con otros dos hombres: uno con pinta de hombre duro, otro con pinta de ladronzuelo hábil. Hablaban de asuntillos relacionados con la ciudad y con el dinero. Al parecer habían pagado dos mil monedas a una bruja para acabar con un calamar gigante y ésta había pasado varios días buscando un barco en el que zarpar. De esto hacía ya una semana y no parecía que el trabajo le hubiera salido bien. Bromearon y fanfarronearon sobre cómo matarían ellos a tal monstruo por tanto dinero. Cuando Martha salió con el ladrón para ir a robar, sus pensamientos estaban volando hacia la bruja. Los brujos eran algo bastante poco habitual: eran extraños, pocos, vestían todos igual y se guiaban por un código que nunca se saltaban. Los robos fueron mejor o peor, cada uno era una sorpresa, a los que se daban cuenta, el frío tacto de una daga en el costado los disuadía de hacer nada. El ladronzuelo, Arturo, no parecía hacer mal equipo con ella. Tras una serie de hurtos quedaron a la misma hora para el día siguiente. «Una bruja – pensó mientras volvía hacia la Venérea –, seguro que a Ellivreeb le interesa». Aunque lo cierto es que no despertó interés alguno en el capitán de la Venérea quien tal vez decidió interpretarlo como un rumor sin fundamento o, realmente, no tenía el más mínimo interés en la Gran Orden Negra.

Unos trabajan, otros se dedican a llevar putas a sórdidas tabernas, otros pasean. Cerca del anochecer Satine abandona la Venérea. Vuelve al mediodía siguiente. Nadie pregunta, nadie comenta. Al y Juan consiguieron un precio fantástico, tras hablarlo con Ellivreeb, por el Doblón de Oro y, así, el alijo de la tripulación aumentó en 780 piezas de oro.
La reparación de la nave estaba concluida. La apariencia del barco era sencillamente envidiable, parecía un barco nuevo: limpio, pulido, reentablado, brillante y con olor a limpio. El cambio era espectacular. Al echó un ojo al barco, evaluó la situación y fue a hablar con el capitán de la Flecha Marina y lo convidó a ver parte de la oferta que quería hacerle por su bergantín. El capitán y dos hombres de confianza se acercaron hasta la nave de comercio y desde allí les ofrecieron el trato: 700 piezas de oro y la Venérea a cambio de la Flecha Marina. Los hombres discutieron un rato. La Venérea, en aquel momento, parecía un fantástico barco y se veía que les ponía los dientes largos. Era más pequeño que el bergantín, sin duda, pero 700 piezas de oro eran un postre interesante. Tardaron en decidirse, e incluso al final, parecían poco convencidos, pero aceptaron la oferta.

Al felicitó a León por su buen trabajo y le informó de que pronto tendrían otro barco y que renunciarían a la Venérea. León sonrió, quizá por compromiso, mientras pensaba que después del trabajo que acababa de llevarse en los últimos días no le hacía la más mínima gracia cambiar de barco.

En cualquier caso, la flecha marina, un precioso bergantín de dos mástiles con grandes velas cuadradas y 10 cañones por banda; era una notable mejora; aunque León, empeñado en buscarle el lado malo, se obcecó en que habría que carenarlo en un mes, máximo dos.
- Se te paga por ello – dijo Ellivreeb con una sonrisa.
- Sí, señor.
- Mañana zarparemos, avisen a sus compañeros si es que falta alguien ahora mismo.

La noticia se difundió entre la tripulación. Martha volvió a intentar aumentar sus fondos con el dinero ganado noblemente por otras personas, pero en esta ocasión, un hombre se revolvió e hirió al pícaro que le había apoyado la daga y este, presa de un ataque de furia, asestó una puñalada al hombre. Martha echó a correr intento apartarse de lo que en cuestión de segundos se convertiría en un caos. Se encontraron en su punto de reunión pasado un rato largo, repartieron las ganancias y Martha se dirigió al barco a pasar el resto del día tranquila. Satine volvió a salir cerca del anochecer y se dirigió a casa de Tend’n. Fue él quien le abrió la puerta.
- Dichosos los ojos, Satine.
- Al final partimos mañana, en lugar de pasado.
- ¡Oh! Una verdadera lástima – su voz parecía indiferente, aunque con ciertas ganas se le podía notar un toque triste – ¿volverás?
- Claro que volveré.
Tend’n sonrió. Subieron al segundo piso y Satine sacó dos libros de la bolsa que llevaba. Uno era Obra completa del bardo Alejandro, el otro era el libro del maestro de Satine, un hombre llamado Moradal Nilkazar. Tras echarle un breve vistazo le informó de que el libro tenía magia, protecciones para que se no se estropease. Con el otro se mostró bastante emocionado, por la rareza, y la fama del autor. Vio las partituras y la enorme mezcolanza de idiomas que se reunía en sus páginas.
- Querría que… me los guardases – pidió Satine.
- Claro, no tengo ningún problema con ello.
- Y… agradecería que les hicieras una copia…
Tend’n pareció meditarlo unos instantes.
- No habrá ningún problema. Estaré desocupado hasta que volváis.
Cenaron frugalmente y sin paseo ni preámbulos se encerraron en la habitación. Satine se preguntaba si volvería a verlo. El mar era un lugar peligroso.

Al día siguiente, temprano, la Flecha Marina zarpaba. Tend’n, desde el muelle despedía al barco con un gesto tranquilo y luego volvía hacia su casa con tranquilidad. Satine miró en su dirección, ligeramente triste por él y preocupada por sus libros. Y la Flecha surcó rápida y fiera las aguas como cabía esperar de un barco con aquel nombre, abandonando la bahía desde la que se accedía a Úvier y desde donde retomarían la dirección sureste hacia Áurea y Roma.