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miércoles, 17 de junio de 2009

El templo de Lodveri y la flota real [UHdP]

Principale era una ciudad recortada contra la costa desde la que se apreciaban varios muelles y, según se adentraba en tierra, grandes cúmulos de casitas bajas. No era muy grande, tal vez unos 7000 habitantes, pero se respiraba tranquilidad. Los barcos atracaron y Al organizó grupos para facilitar la consecución de los objetivos que se marcaba: un grupo diplomático, que constaría de Satine, Martha y él mismo, un grupo de información, que constaría de Tórquero, Jaina y León y un grupo de ventas, formado por Juan y quien él necesitase para cargar o proteger la carga.
- ¡Hey! – gritó un hombre desde el muelle. Era alto, estilizado, pálido para ser un humano, tostado para ser un elfo. Era el hombre que les había hablado desde el otro barco, en mitad del mar.
- ¡Suba!
Y le tendieron la pasarela y el hombre subió. Era alto, moreno y de unos intensos ojos verdes, y bajo su cascada de cabello liso negro, asomaban dos puntiagudas y tostadas orejas. Tenía la piel levantada y agrietada, como reseca.
- Me llamo Urizen – dijo – soy el capitán de El Cazador. El de las velas rojas.
Urizen tenía algo extraño, una forma rara de pronunciar algunas consonantes y una mirada de odio terrible. Incluso sonriendo con toda su amabilidad, como en este momento. Les habló sobre la ciudad y sobre qué tenían que hacer para ingresar en la flota: había que hablar con los de la Oficina de Información Marítima y con la suma sacerdotisa del templo de Lodveri, Eilis de Lodveri o, como sus padres la llamaron al nacer, Eilis Nayael. Ante la pregunta de que qué podían hacer con las bestias, respondió que esperasen a poder hablar con Inathrae.
Tras la conversación, cuando Urizen se fue, Al liberó a los esclavos que quisieron ser liberados y los demás ingresaron como tripulantes libres. Igualmente ofrecieron la posibilidad al Grimlock quien tras meditarlo un instante dijo que prefería estar fuera del mar un tiempo aunque, tal vez, volverían a tener noticias suyas. Era una criatura mucho más tranquila de lo que podía parecer a simple vista.
Antes de ir al templo, Al, Martha y Satine se dirigieron al mercado a comprar ropa. Se sorprendieron al ver que, allí, la ropa y algunas armas se exponían en las puertas de las tiendas, fuera, sin ninguna medida de seguridad, que la gente llevaba las bolsas con el dinero a los lados, sin prestarle gran atención. «Un ladrón aquí, se hincharía – pensaba Martha, conteniéndose». El lugar era una bella utopía, un reflejo colorido y tranquilo del bullicioso y mezquino reino humano, con gente de todas las razas.

Se hicieron con diversas ropas, tres trajes cada uno: uno elegante, uno serio y otro, provocativo en el caso de las mujeres, para usarlo cuando resultase conveniente, según explicó Al. Luego se dirigieron al templo de Lodveri, situado en la zona oeste de la ciudad, hacia el interior de la isla, mientras León y Tórquero se acercaban a preguntar a la Oficina de Información Marítima sobre cómo se ingresaba en la flota elfa y sobre el Barco de los No Muertos, una leyenda que surcaba los mares y atenazaba corazones.

Resultó que en la Oficina de Información Marítima atestiguaban la existencia de dicho barco y hablaron largo y tendido sobre las características de la galeaza negra que atacaba siempre de noche, custodiados por la oscuridad imperante y por la pálida luz de las estrellas, todo en un tono que muchos romanos considerarían relamidamente elfo. Tórquero y León hablaron con ellos sobre el arte de la navegación, sobre la flota, sobre el susodicho Barco y sobre el resto de la flota y, desde luego, sobre toda el papeleo que hubiera que cubrir para ingresar en la armada elfa.

El templo resultó ser una construcción muy al estilo romano en la que los acólitos paseaban pacíficamente por los alrededores, en un ambiente de total tranquilidad. Los dirigieron a una sala, pasada el claustro, donde los recibió Eilis Nayael, una elfa preciosa, de rasgos suaves y temperamento tranquilo que los recibió amablemente y les dio la bienvenida a las Islas del Violín.
- Toda ayuda es bien recibida – concluyó – ahora que parece que todo se pone en contra.
Al asintió. Y hablaron sobre la situación de las islas, sobre la flota real, aunque los elfos no tenían reyes –al menos no los elfos isleños – y sobre el próximo intento de ataque romano, del que los tripulantes de la Flecha Marina se habían enterado por Tórquero y del que los elfos ya tenían conocimiento.
Eilis les explicó como ingresar en la flota, para lo que tendrían que ir a la Oficina de Información Marítima, y les invitó a una fiesta que tendría lugar tan pronto llegara el capitán Inathrae, líder militar de las Islas.
Finalmente, cuando parecía que la conversación había llegado a un punto y final, la bella Eilis Nayael sugirió al grupo que se entrevistasen con un marino que llevaba ya un tiempo en las Islas del Violín en espera de un barco en el que navegar. El hombre se llamaba Sven y era un aguerrido hombre de mar y, dado que a la Flecha Marina no le venía nada mal aumentar su tripulación, Al aceptó entrevistarse con él a bordo.

Tras arreglar los detalles en la Oficina de Información Marítima, volvieron al barco, donde pasó el resto del día, que concluyó al poco de la llegada del marinero Sven. El marinero resultó ser un hombre fibroso y ágil con rasgos claramente Ilznerianos. Su manejo de los términos navales así como lo acostumbrado que se le veía a la cubierta del barco fue razón suficiente y se incorporó a la fiera tripulación de la Flecha. Al día siguiente cuando se anunció el regreso del capitán Inathrae y de la fiesta que se haría esa misma noche en el templo. Esa mañana, se dirigieron a la casa de los Dahl, de la que Tend’n Dahl había hablado a Satine. Al, previamente, adquirió un ramo de flores que ofrecer a la señora de la casa, que resultó ser una casa modesta, contrariamente a lo que cabría esperar. Dentro los recibieron una señora, ya anciana, llamada Sandra, a la que dieron las flores; otra adulta, de rasgos semielfos, llamada Clarice y un niño semielfo llamado Jeremy. La encantadora familia los recibió sorprendida. El decir que venían de parte de Tend’n Dahl no pareció convencerlos y es que, al parecer, no conocían a nadie bajo ese nombre, salvo a un viajero que se había hospedado allí un tiempo pero que, desde luego, no era un miembro de la familia.
De todos formas, les ofrecieron quedarse a comer, amablemente y ellos, no demasiado acostumbrado a estas atentas cortesías, respondieron con igual diplomacia. Y cuando la madre y el niño salieron a comprar, la abuela les preguntó directamente por Tend’n, por cómo era, por la edad que aparentaba… Y es que hace ya generaciones y generaciones, un miembro de la familia al que ella no había llegado a conocer llevaba tal nombre, pero se dio a la nigromancia y un día, como todos los que jugaban con la muerte, se murió. O eso pensaban. La expresión de que los nigromantes juegan con la muerte no podría ser más acertada.

Esa noche, en el templo, la fiesta congregó a casi todos los cargos de Principale, a sus respectivos acompañantes y a los oficiales de la flota. Lo primero que llamaba la atención era el hecho de que todos, o casi todos, fuesen armados. Lo segundo era la variedad racial en una isla élfica, independientes y separatistas por excelencia: elfos, semielfos, humanos, algún mediano, un enano e incluso una elfa negra hablaban animadamente en el claustro esperando por la llegada del capitán de la flota real. Su llegada no fue tan destacable como se esperaría de un hombre de su rango. Era un hombre de andar ligero y elegante con la cara surcada por heridas cicatrizadas por el mar. Era un hombre de armas, de aquello no había duda. Saludó a la concurrencia con un gesto grandilocuente pero claramente forzado y se dirigió directamente hacia Eilis. Intercambiaron unas cuantas frases, sonrió y comenzó a pasearse entre los grupos de gente que ocupaban el claustro, hasta que finalmente se acercó al pequeño grupo de la Flecha Marina.
- Así que nueva incorporación a la flota.
- Así es – dijo Al –, soy el capitán Al, y estas señoritas de aquí son la oficial de protocolo Satine y la oficial de tiradores Martha Halley, de la Flecha Marina.
Inathrae sonrió. No era un hombre guapo ni se le veía cómoda en aquel ambiente protocolario. Llevaba una armadura preciosa de cuero negro, una cimitarra con un dragón en la empuñadura, cuya cabeza hacía de pomo y un arco finamente elaborado le surcaba la espalda.
- El segundo mejor barco de la flota, nada más y nada menos. Es un orgullo contaros entre nuestras filas – su sonrisa siempre parecía a caballo entre la amabilidad y la burla, pero parecía esforzarse en resultar agradable –. Yo soy Inathrae, capitán de la flota real en general y del Mar Embravecido en particular.
Y Al e Inathrae empezaron a hablar de barcos, del mar, del viento, de las tripulaciones, de cañones… y Satine y Martha comenzaron a pasear entre la concurrencia. Hasta que, unos pasos dieron lugar a otros y, finalmente, Satine tocaba una canción para los presentes. Y se hizo el silencio. Tal vez se sintiera inspirada por el arte que podía respirarse en cada rincón de Principale, tal vez el ambiente tan selecto de la fiesta o tal vez solo tuviera un buen momento, pero la música de Satine llenó el ambiente y la dulzura de las notas hizo callar a los presentes. Cuando al fin dejó de tocar, estallaron en aplausos. Inathrae comentó:
- Debe de ser un orgullo tenerla a bordo – y su sonrisa parecía sincera.
Y luego, pronto o tarde, todos volvieron a sus respectivos hogares. O naves. Al había quedado con Inathrae a la mañana siguiente para hablar del trirreme romano y de las criaturas que habían traído. Satine volvió llena de orgullo, pues hasta les habían invitado, debido a su gran actuación, a ir a una fiesta por la cosecha al día siguiente, tanto ella como el resto de los oficiales de su barco, a la casa de unos jóvenes nobles elfos.
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Sí, está contado de forma muy ligera, pero es que si no, estas partidas son eternas, muchachos. Es lo que hay. Además me quedé un poco atrás con los exámenes y tal y recuperar el ritmo es el infierno.