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martes, 16 de junio de 2009

Brujo

Al principio había visto el nuevo paisaje con curiosidad, como todos los de su especie. Se sentía maravillado por aquellos nuevos árboles, por la mágica fauna que poblaba el lugar. Incluso a cierto nivel contemplaban con cierta añoranza ensoñada la pérdida de sus ancestrales enemigos. Habían quedado lejos, lejos y perdidos para siempre. Y se habían cambiado por humanos, grooms, elfos, svords... todo parecía lleno de posibilidades. Era un panorama interesante a pesar de todo lo perdido. Estaban juntos, y los Cottar siempre habían arreglado sus problemas. Nada avecinaba unos grandes problemas.

La Orden surgió poco después. En el mundo de los Cottar, donde lo mejor que podías esperar de un X'owri era que te matase sin torturarte previamente, o donde una bibolak podía aparecer de la nada y arrasar un pequeño pueblo, se necesita un organismo que controlase todos esos imprevistos. Así, los Cottar decidieron crear la Orden. Al principio no era exactamente como acabó siendo y, de hecho, la última Orden de las Viejas Tierras no era exactamente igual a la que él, Armus, el Gran Maestro, había formado en las Nuevas Tierras bañadas por distinta luz. Las razones eran sencillas: cada especie era instintivamente distinta y las reglas se modificaron con el tiempo, con la llegada de nuevos puntos de vista, con nuevos problemas. "Solo lo muerto permanece inalterable", decía un dicho Cottar. Las reglas cambiaban dependiendo de los avances tecnológicos y mágicos que apareciesen, pero la esencia siempre fue la misma: protegían a los seres civilizados de los monstruos. A veces, incluso, había que hacer cosas que no estaban en las reglas... o que iban contra las reglas. Pero en ocasiones, por el correcto funcionamiento de un sistema, uno tenía que hacer cosas que desafiaban las normas. La primera regla era: acatarás sin vacilar las órdenes de las altas instancias de la Orden. No le gustaba esa responsabilidad, ni a él ni a los demás Maestros, pero era necesaria. La responsabilidad era una pesada losa que se cargaba inclemente sobre los hombros. La actual Orden no era como la original, pero no importaba, funcionaba.

Cuando surgieron los problemas con Osmynd, los Maestros le preguntaron qué debían hacer. Se sintió más viejo que nunca. Sus hermanos de sangre, aquella hermandad a la que se renunciaba al ingresar en la Orden, iban a caer presa de la ambición de un reino humano. No fueron los primeros, no serían los últimos. Un brujo no debía dejarse llevar por sus sentimientos, un brujo no debía sufrir por ellos. Pero Armus sufrió. Acató el código sabiendo qué le esperaba a los que eran como él y no eran parte de la Orden. La Orden Negra era una sombra intocable, pero dependía de su neutralidad, aunque hubiera que ver como morían los que un día fueron los tuyos, aunque hubiera que soportar como torturaban a tus viejos hermanos. No importaba, nada importaba.

Ahora, perdido en mitad de la montaña, oía de imperios caídos, de ciudades arrasadas por el fuego o las enfermedades, por el huracán o por la espada. Y ya no le importaba. A cada persona le llevaba un tiempo ser un brujo de verdad, a él le llevó siglos. No había tenido el duro entrenamiento que tuvieron los brujos a los que ellos entrenaron, esa eliminación de los sentimientos... ellos no habían sido asimentalizados y sufrieron por ello. Ninguno de aquellos niños podría valorar nunca la suerte que habían tenido. El mundo era una penuria constante, una frustración lacerante, pero ellos, aquellos niños que luchaban hasta la extenuación, que estudiaban hasta caer rendidos, estarían más allá del bien y del mal, de la alegría y de la tristeza. Él necesitó tiempo para alcanzar esa neutralidad necesaria para olvidar viejos lazos, viejas formas de pensar. Pero ahora, desde el panóptico de la eternidad, las cosas se veían distintas.