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lunes, 15 de junio de 2009

Brujo

Las cosas no siempre resultaban fáciles. Él lo sabía. Él más que nadie. Había despertado el primer día, cuando empezó todo. Había despertado con los suyos y ahora estaba solo, rodeado de extraños de todas las formas y colores, ataviados como él, con las ropas ceremoniales de los Brujos. A veces querría gritar hasta quedarse sin voz, pero era un Brujo, El Brujo, y tenía que dar ejemplo.

Se sentó contra un árbol y contempló el entrenamiento. Habían pasado 508620 soles. Uno por uno. Los había contado. Tenía apuntada toda la información en diversos tomos. Empezaron siendo anotaciones detalladas, luego pasaron a ser anotaciones más ligeras. Finalmente eran un mero esbozo de lo sucedido. Se explayó cuando aún existían sus congéneres, que vivían unos cuantos kilómetros hacia el sur de la montaña. Justo antes de que los humanos de Osmynd los arrasaran. Los Brujos no habían tomado parte, no podían tomar parte. Fue una guerra declarada y formal. Fue justa. Pero ahora estaba solo y la ilusión lo abandonaba tan cruel e inexorablemente como lo habían abandonado sus semejantes, muertos bajo el filo de los aceros.

Un Brujo no ha de anteponer sus intereses a los de la orden, se repetía. Y sentado contra el árbol, viendo a los muchachos entrenándose y a los maestros gritando, el Gran Maestro de la Orden sintió que sus ropas nunca le habían pesado tanto.