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jueves, 11 de junio de 2009

Brujo

Cuando el anciano Cottar, el Gran Maestro, dejó de hablar, los recién nombrados brujos se levantaron.
- Hoy os arrodillasteis como aprendices y os alzasteis como brujos. A partir de ahora todo lo que habéis aprendido será puesto a prueba. Suerte, jóvenes hermanos. Obrad con cautela y cumpliendo el Código, como habéis aprendido, pues solo el cumplimiento del código os dará la tranquilidad necesaria para permanecer frío y rápido en combate, la frialdad para entrar al Infierno y obligar a un demonio a ayudaros o la voluntad que requiere forzar al corazón para que deje de latir.
La voz del Gran Maestro era una voz falsa, que salía a la vez de todas partes y de ninguna. Unas notas psíquicas que nacían y explotaban directamente en la cabeza. Eran incuestionables e irrebatibles. Hablaba con ritmo lento, pausado, tranquilo, pero su voz resonaba como el impacto de una espada contra un hueso, a través de cuero, piel y músculo. Era una voz húmeda y violenta.
- Un brujo acata sin vacilar las órdenes que provienen de instancias superiores - comenzó la voz. Y siguió entonando las distintas obligaciones que todo brujo tenía que cumplir.
Los nuevos brujos asistían, en pie y formados, en completo silencio, a las palabras del Gran Maestro. Cuando el anciano Cottar terminó, todos los nuevos brujos contestaron al unísono:
- Sí, maestro.

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No es exactamente lo que pensaba escribir... el tiempo tampoco acompañaba.