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domingo, 28 de junio de 2009

[Brujo] Robo de almas

Ya no recordaba cuántos de sus compañeros habían muerto. Era una vida dura. La mayoría no soportaban el entrenamiento sobreespecífico. La leyenda decía que sobrevivía uno de cada veinte niños, pero era mentira: sobrevivía alguno más.

Muchos podrían pensar que esto demostraba un gran despilfarro de recursos. La Orden necesitaba a los huérfanos y niños abandonados o donados para seguir vigente y funcional. El hecho de que tantos muriesen en el proceso de formación parecía jugar totalmente en contra. No obstante, con los niños que no morían, y que acababan su entrenamiento físico sobreespecífico, se llevaba a cabo otro entrenamiento. Este era el entrenamiento de la Demonología.

La Demonología es el arte de controlar a los demonios. Es un entrenamiento duro, tanto, casi, como el anterior y, a decir verdad, quienes no soportaron el primero tendrían muy poco que hacer en el segundo.

Todavía podía recordar cómo se remataba a los condenados a muerte de los reinos vecinos para que los aprendices de demonología tuvieran algún alma que extraer e incluso, a veces, a enfermos terminales que pedían una muerte digna, bajo el filo de acero de una espada, como morían los valientes. Para un aprendez no era tan fácil matar a un blanco que se defendía; ni a los brujos les gustaba matar porque sí. Con esta solución tanto los brujos como los reinos circundantes quedaron conformes, que se libraban de un trabajo que casi nadie quería hacer, mientras los aprendices podían extraerles el alma.

Cuando un alma era arrancada del ser al que pertenecía, todos los presentes notaban un escalofrío que nacía en las vértebras lumbares y los recorría hacia arriba. El mundo perdía su color y su vitalidad durante una mínima fracción de segundo y todos, absolutamente todos los que estaba allí, sentían que acababa de suceder algo horrible. Los aprendices de brujo también. Era normal que en las primeras ocasiones sufriesen mareos, o les doliese la parte del cuerpo que había recibido el alma. También era común que sufriesen pesadillas los primeros días, que vomitasen la comida o que se sintieran ligeramente deprimidos, alienados. Todo aquello, por suerte, remitía tras la tercera o la cuarta extracción y, llegados a este punto, lo normal era no volver a hacerlo hasta que uno salía a valerse por sí mismo al mundo más allá de la Gran Montaña.

De esas almas que había utilizado para practicar extracciones, se las llevaba todas salvo las que hubiera usado para dar forma a su demonio... aunque esa ya es otra historia. Él nunca esperó salir sin almas de la montaña. El Gran Maestro, en un alarde de tacto, le dijo con suma sencillez:

- Esas cosas pasan, pupilo.