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sábado, 27 de junio de 2009

[Brujo] Ojos de la noche

Estaban a oscuras, una noche sin Luna, en el interior de una profunda y tétrica cueva. Se habían pasado los últimos días recorriendo los pasillos que, en algún momento, había excavado el agua. Armus, más conocido como el Gran Maestro, les gritaba: "más rápido, ¿a eso le llamáis correr? Más rápido, más rápido". Y los pupilos corrían dejándose la piel contra salientes rocosos varios: estalactitas, estalagmitas, columnas, paredes, no importaba. Cortaba, dolía, pero seguían corriendo.

El entrenamiento de un brujo, al principio, consistía en correr, saltar, cargar con pesos hasta la extenuación, y luchar desde que el Sol salía hasta que se ponía más allá del reino humano de Osmynd. Durante ese tiempo se podía ver niños ejercitándose magullados, sudados, llenos de cortes, y con la piel ensangrentada por toda la colina. A los que soportaban sin problemas aquel entrenamiento, un día los llamaban aparte y los llevaban con Oscuridad. Oscuridad era elfo, un elfo alto y rubio, delgado como todos los de su especie, con una mirada verde y fría. Sobre todo fría. La mirada de Oscuridad parecía evaluar cómo te mataría, cómo disfrutaría del sonido de cada gota de sangre al impactar contra el suelo, de cómo saborearía cada chasquido muscular al intentar detener la danza de sus espadas. Carecía de la gracia y majestuosidad de Armus, el Gran Maestro - el único brujo que, todo sea dicho, no tenía Nombre -. Oscuridad hacía entonces el ritual que le había valido el nombre y, en ese momento, comenzaba el verdadero proceso de convertirse en brujo. A los pequeños aspirantes a brujo les decían que aquello les permitiría, con cierta práctica, ver en la oscuridad. No era mentira, pero el ritual no se hacía para eso; aquel ritual hacía que los pequeños brujos crecieran de otra manera hasta que, finalmente, no fueran reconocidos natural ni mágicamente como seres vivos; aquel ritual era lo que diferenciaba a un ser vivo de un brujo. Los hacía No-Vivos, como los llamaban los médicos en las ciudades.

Y allí estaban ahora, corriendo a la máxima velocidad que permitían sus entrenadas y musculadas piernas, deslizándose entre los rocosos salientes y saltando por encima de todo tipo de obstáculos. Con la sucesión de entrenamientos llegaron a conocer aquella cueva como la palma de sus manos, cada estalactita, cada estalagmita, cada repecho plagado de cascotes y columnas, cada poza... y vieron sus detalles con los ojos de la noche, con aquella mirada fría y dura que caracterizaba a los de la Orden; y allí mismo, en aquel momento, el mundo empezó a perder, para aquellos niños, la magia y el color.

Se hacían brujos.