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sábado, 27 de junio de 2009

[Brujo] Hipersensibilidad

Un brujo no percibe el mundo como el resto de sus conespecíficos. Un brujo percibe más. Percibe mejor. Un brujo no oye el ruido del viento, un brujo lo escucha y lo entiende. Ésa es la máxima. El proceso comienza una tarde, mucho antes del entrenamiento en oscuridad. Uno de los Maestros reúne a los pupilos y les pregunta: "¿Qué os dice el viento?" o "¿Qué nos dice este calor tan impropio de estas fechas?" o quizá "¿qué nos dice ese bosque calcinado?". Y los pupilos, responden, casi siempre equivocadamente. No tiene mayor importancia. Esas preguntas se hacen para obligarles a prestar atención a los mensajes que los rodean. A decir verdad, todo a lo que nos acostumbramos en exceso se cubre de un aura de inutilidad. Nada que nos pueda ser útil nos rodea permanentemente, parece decirnos el instinto. A los pupilos se les llama la atención sobre este hecho antes de que su instinto se elimine totalmente, tienen que darse cuenta, tienen que valorar toda la información que tienen, incluida la que los rodea siempre: el aire, la lluvia, la tierra, la vegetación, los olores, todo.

En muchas ocasiones el viento arrastra los olores hasta kilómetros de distancia, o un ruido puede oírse a una distancia increíble adaptando el oído a unas determinadas frecuencias. Uno podría notar la falta de oxígeno en el aire si interpreta correctamente la información de sus pulmones o notar lo extraño que se mueve una pieza de ropa bajo la que se oculta algo. Un brujo tiene que tener todo eso en consideración a la hora de modificar sobre la marcha uno de sus planes.

Y allí, bajo las preguntas del tranquilo maestro y entre la enorme variedad de respuestas, los aprendices crecían, y se hacían brujos.

Tiempo después, un tiempo enormemente variable según especies y aptitudes, los aprendices se entrenaban a oscuras, en completa oscuridad. Y cuando ya habían sido capaces de modificar sus órganos con tiempo y con el poder de su propia voluntad, las inocentes preguntas empezaban a exigir respuestas claras y concisas, y razones. La firme educación basada en el Código guiaba a los brujos en su vida y pensamientos, les daba un sendero que seguir, un sendero oscuro y serpenteante que conducía a una verdad lúgubre y, en general, funesta. Los brujos tenían cierta tendencia a conducir cualquier hilo de pensamiento a la muerte, que es un concepto muy similar a la vida. La vida y la muerte son el mismo concepto, pero los brujos mataban y enfocaban este hecho a su manera.

Cuando alguien podía, al fin, interpretar la realidad que lo rodeaba, se daba fin a esta fase del entrenamiento sobreespecífico y, si se quería continuar, se pasaba al combate casi constante, al entrenamiento más bruto y tortuoso. Las heridas se convertían en compañeras de fatigas y de cama, un brujo podía aprender a reconocer su sangre por el nimio matiz que la diferenciaba del resto de sangres que lo salpicaban al cabo del día, a calcular la sangre y fuerzas que le quedaban, a sentir la gravedad de sus heridas y, con el tiempo, a tener dominio de esto.

En cualquier caso, el entrenamiento de aprendices terminaba aquí en muchas ocasiones y era el momento en que se enseñaba a los pupilos a crear criaturas sin alma. Y así, comprendida la realidad circundante, se hacían brujos.