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sábado, 6 de junio de 2009

Al, el capitán [UHdP]

Fue un viaje promovido por el viento, que soplaba en una apropiada dirección sur, empujando cómodamente al bergantín por la ruta escogida, hacia Roma, hacia el enorme y bullicioso puerto de Áurea.

La flecha marina estaba ya a medio camino cuando encontró un barco encallado entre las rocas. Sus marineros se movían como hormigas locas por la cubierta y a la vista del bergantín comenzaron a agitar los brazos y dar voces. La Flecha Marina, llevando un sondeador en el trinquete de proa se acercó todo lo que creyó seguro, dejándolo a babor, y se comunicaron a gritos. Los del barco encallado pedían ayuda porque un enorme tiburón les había abierto un boquete en la cubierta y el barco, que había bajado su línea de flotación, había encallado irremisiblemente. Al, que no veía seguro en absoluto acercarse más, les dijo que se acercasen en un bote. El primer bote se estaba llenando cuando, a lo lejos, a estribor una enorme masa negra parecía acercarse a gran velocidad bajo la superficie del agua.

Al gritó órdenes diversas, los cañoneros que ya se habían preparado tuvieron que cambiar de banda, desde la otra no tendrían ángulo en ningún momento, cubierta la línea de tiro por el barco al que intentaban socorrer. Fue una lucha horrible, cañonazos, virotes volando de un lado a otro, gritos, la caída al mar y pronta subida de Tórquero que dirigía las salvas de los ballesteros. Gritos en la cubierta de una y otra nave. Cuando llegó el bote, subieron todos, ninguno se veía tan valiente como para atravesar el brazo de mar que separaba un barco de otro en un bote tan endeble con el monstruo rondando, y Al alzó la voz al grito de «malditos cobardes», tras lo que se subió al bote y fue a ayudar al resto. El monstruo, entretenido como estaba con el bergantín no prestó la más mínima atención al pequeño y débil bote. Muchos maderos de la Flecha Marina se vencieron ligeramente, se astillaron y alguno partió. Bajo cubierta, León y otros marineros intentaban bloquear las vías para mantener el barco a flote y en las mejores condiciones posibles. Los continuos vapuleos debido a los impactos dificultaban mucho la tarea pero, seguramente, sin la tarea del carpintero toda lucha hubiera sido inútil.

Unos se unieron a la tripulación, otros no. Todos tomaron tierra en el puerto de Áurea, la ciudad del oro, la gloria y el orgullo del imperio romano. El único imperio, de hecho, que, por ahora, ya había anexionado el resto de territorios humanos. En dique seco el carpintero se puso con los marineros de cada turno a arreglar el casco y aprovechar para carenar el bergantín. Una vez más, no era un trabajo divertido, sin lugar a dudas. Mientras, los que libraban turno paseaban por la ciudad en busca de dinero, información, armas o prostitutas.

Tórquero se dirigió al templo de Eolo. Era un templo sobrio de tonos blancos y grises, una construcción alta de piedra con un gran pabellón sin paredes más un bloque perfectamente cubierto. La fe se llevaba a cabo en el pabellón, por donde el viento podía campar a sus anchas, para comunicarse mejor con su dios. La zona cubierta estaba destinada a la cocina, el comedor y los cuartos.

Tórquero saludó a sus compañeros y ellos lo recibieron con alegría y abrazos. Hablaron largo y tendido sobre las respectivas familias de cada uno, con cortesía plena, luego hablaron sobre el mar, sobre los ataques de los elfos y demás.

- El César planea declarar la guerra a los elfos de las Islas del Violín – informó uno de los sacerdotes –, será una guerra dura. El mar no es el terreno apropiado para nuestros guerreros con sus armaduras y escudos.

- El mar tampoco es el lugar de los elfos – dijo otro de los sacerdotes.

- ¿Han sido confirmadas las intenciones del César respecto a los elfos o es un rumor?

- Han sido confirmadas.

La conversación siguió unos minutos y luego, tras una calurosa despedida, Tórquero fue apresuradamente hacia la Flecha Marina. A veces la información quema.

Mientras, Ellivreeb, el capitán, paseaba por la ciudad acompañado de Satine y de Martha. La gente miraba de reojo al extraño grupo que paseaba por el mercado examinando los productos. Satine, cuando iba a comprar unos dulces, se dio cuenta de que le habían robado.

- Tranquila, señorita – le dijo el vendedor con amabilidad – aquí es lo normal. Vigile mejor sus cosas una próxima vez.

Sus palabras fueron amables, pero fue lo único que le regaló. Un rato después, Ellivreeb fue al teatro, para rememorar la época en la que llevaba una vida selecta, en tierra, entre canciones, obras, pinturas y magia. Aquella época empezaba a parecer que se reflejaba en un hierro mojado: se veía distorsionada, falsa… lejana. La obra se llamaba Elfo bueno: elfo muerto y consistía en una sátira emponzoñada en la que se criticaban casi todas las razas no humanas: elfos, enanos, medianos, grooms… no importaba, todos eran sujetos idóneos para ser insultados. Ellivreeb se sintió complacido cuando la obra acabó, vio al resto del público: toda aquella gente reunida para contemplar aquella obra de arte. Se sintió orgulloso de camino al barco.

Ya a bordo del bergantín se discutió qué hacer a continuación. La información de Tórquero fue recibida con interés y curiosidad y ya en aquel momento, Al tenía claro qué hacer a continuación. Solo tenía que planear cómo hacerlo.

Su próxima ruta fue hacia el sur, a un pequeño archipiélago a algo más de 70 millas de la costa continental más próxima. El viaje hasta allí transcurrió sin problemas y una vez allí, paseando entre las distintas islas, desde la cubierta del barco pudieron contemplar las enormes bestias que habitaban más allá de las playas con aspecto paradisíaco. Lobos de tamaño descomunal, osos con zarpas como torsos humanos y todo tipo de aberraciones. Eliminado el plan de poner el pie en las islas, decidieron esperar a que algún barco se aproximase al puerto de Áurea para interceptarlo y huir con su carga, pero el resultado de tal espera fue totalmente inesperado. El primer barco que vieron, y el único, venía del archipiélago, rodeaba islas como ellos, pero a fuerza de remo y tenía tres líneas de remeros. Un trirreme romano. Al dio las órdenes pertinentes y la Flecha Marina se lanzó hacia él. El barco romano maniobró como pudo, acostumbrados a tomar barcos como tomaban pueblos: llegando allí y arrasando a base de fuerza. Por eso cuando el veloz bergantín comenzó a barrer cubierta con metralla de los cañones y a partir remos, los romanos que iban dentro vacilaron. Varios cayeron por la borda durante las dos andanadas de los cañones y luego, cuando Al y su tripulación saltaron a la cubierta del otro navío, cubierto por los ballesteros y los magos, el desenlace de la aventura ya estaba sentenciado. La batalla no causó grandes problemas, los romanos fueron reducidas a fuerza de virotes, espadazos y estallidos de magia. En la cubierta inferior, uno de los romanos intentó amenazarlos de liberar sus capturas: 12 enormes y fieras criaturas como las que antes habían visto. Pero al final, la continua llegada de hombres de la Flecha Marina a la cubierta disuadió al romano de su idea.

Los esclavos fueron liberados y tripularon la nave mientras los soldados fueron atados y conducidos a las celdas. Allí, el capitán del barco romano, un tal Iacobus intentó convencer a Martha de que les ayudase a liberarse.

- Te cubriré de oro – le dijo.

Mientras esto sucedía, Ellivreeb empezó a guardar los cadáveres en toneles mientras pensaba en entregárselos a Tend’n y empezar a pagar el precio de su maldición. «¿Lo hago en la Flecha, ante la mirada de la tripulación, o los bajo a esa tranquila cala?». Y plateándose cómo podría tomárselo la tripulación decidió bajar los cuerpos a un bote.

- Tú, grumete, ayúdame.

El grumete le ayudó a bajar los pesados barriles y a desmontar una pequeña mesa.

- Ahora baja conmigo y llévame hasta la playa.

El grumete lo miró sorprendido.

- ¿Hasta la playa, capitán?

- Hasta la playa, grumete.

Y el grumete cogió aire mientras se planteaba lo adecuado de discutir una orden del capitán, hasta que finalmente bajó con él al bote y empezó a remar. Ellivreeb, casi recostado en el bote, sonreía. Las cosas iban bien. El viento hacía bailar su cabello y… una voz le gritaba desde el barco que cada vez estaba más lejos.

Al, asomado por la borda, gritaba a pleno pulmón:

- ¿Pero qué hace, mi capitán? ¡¡No vaya, hombre, no vaya!!

Pero mitigado por la distancia y el ruido de las olas Ellivreeb no parecía captar la urgencia y el tono imperativo del mensaje. El grumete miró al capitán con la ligera esperanza de que cambiara de parecer. Mas cuando este volvió a cerrar los ojos y a casi dormitar, el grumete perdió la fe.

Llegaron hasta casi la playa.

- Hasta aquí, capitán, no puedo seguir con el bote.

- Bien, ayúdame a descargar barriles, muchacho – dijo Ellivreeb bajando del bote y metiéndose un poco por encima de la rodilla en el agua.

El chico le ayudó a bajar los barriles y Ellibreeb los empujó hacia la playa; luego cogió los maderos de la mesa y se fue hasta ahí.

- ¿Vuelvo al mar, capitán?

- Vuelve, hijo, vuelve.

El grumete no se hizo de rogar.

Allí, en la tranquila playa del archipiélago lleno de monstruos, Ellivreeb apoyó la gran lámina de madera de la mesa sobre sus patas y abrió uno de los barriles. El olor a sangre y muerto había empezado a extenderse previamente, ahora, con la tapa de uno de los barriles al descubierto, el olor era claro, patenta. El capitán rodeó la mesa y, cuando estaba de cara al mar, una enorme lanza de madera, de unos dos metros y medio o tres, salió volando de entre los árboles entrándole por la espalda y clavándolo a la mesa. Ellivreeb sintió cómo se escurría la sangre por la enorme perforación, aunque el dolor no era tan agudo cómo se esperaba. De hecho no dolía, de hecho ya no notaba la sensación pegajosa de la sangre.

Desde la cubierta del barco nadie daba crédito. El grumete asustado en mitad del mar miró hacia el barco.

- ¡¡Ve a por el capitán!! – le gritó Tórquero.

El chico parecía dispuesto a esperar eternamente por una segunda opinión, la del contramaestre le convenció.

- ¡Vuelve, el capitán está muerto! – luego, en un tono en el que el joven no podía ya escucharle prosiguió – de nada nos sirve perder a dos miembros.

En la playa, tres enormes bestias grises se aproximaban al capitán con caminar inclinado y sujetando lanzas dos de ellos. El que no llevaba armas le pisó en un costado y extrajo la lanza de un tirón. Luego, cada uno arrancó un pedazo de carne y se llevaron el resto del cuerpo y los barriles hacia el bosque.

Y Martha, aunque dudando, rechazó y tras su insistencia abandonó las celdas sabiendo que toda persona tiene un precio y fue a hablar con Al. Y se encontró la anterior situación, todo estaba muy caldeado, nadie sabía muy bien que hacer. Al propuso su nombramiento como capitán y fue apoyado por casi toda la marinería.

- Ya os diré cómo quedan el resto de puestos. A ver, Martha, tú que querías.

- ¿Podemos hablar a solas?

Y a solas le contó qué pasaba con el prisionero. Ella sonreía imaginándose el ruido que iba a hacer tanta moneda junta cuando agitasen las bolsas de cuero.

- La ley del mar es clara, ha de morir.

- Pero… contr… capitán, creo que podemos sacar mucho de ellos. Podría ser interesante…

Pero Al tenía otra forma de ver las cosas: se cumpliría la ley del mar. No importaba el oro ni el botín. La ley había de ser cumplida.