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miércoles, 20 de mayo de 2009

Principio del fin [Espada Negra]

Tal vez en un arrebato de orgullo decidimos... decidí tomar medidas contra aquellos que nos imitaban, que empañaban nuestro nombre. «Algún día - pensaba - empañarán nuestra leyenda». Sí, en aquel momento parecía que nuestro ascenso meteórico sería el mayor material de composición de bardo que se había visto hasta la fecha: habíamos empezado con nada y ahora pertenecíamos a la élite del mundo. ¿Qué más podía pedir un bardo?

Dejé a Nacho y a Sylie al cargo de todo y me di a la aventura. Llevaba poco más de dos años en el gobierno y, a decir verdad, me aburría. Estábamos en la cima, nos golpeábamos con el techo a cada paso y resultaba frustrante. Sentir como las telas negras se frotaban al caminar, como sonaban los hierros al cabalgar y el susurro en los oídos del viento al galopar era volver a un paraíso. Era volver a ser un niño subsistiendo, un niño rechazado a la hermana que acaba de ayudar, un niño que hace lo que tiene que hacer para sobrevivir. Dejando árboles atrás con cada paso me sentía un superviviente libre que hace lo que quiere en cada momento. Me sentía dichoso.

No tardamos demasiado, los caminos hasta Dedión eran buenos y los caballos rápidos. Y sin llamar la atención, seguramente confundidos con nuestros imitadores dedioníes accedimos a la ciudad y fuimos en busca de la casa de las Dagas Negras, o los Filos Negros o algo así. Ninguno de nuestros imitadores fue demasiado original. Miller comentó que había mucho elemento de madera y que podía prenderle fuego discretamente, nos pareció un buen plan para que fueran abandonando la casa en pequeños grupos o, idílicamente, de uno en uno. Rodeamos la casa y, en esencia, el plan salió bien. Solo unos cuantos que tuvieron la suerte de salir en cierto grupo pudieron plantarnos cara en condiciones, la mayoría de ellos había salido sin su equipo, sin armas. No fue un combate, fue una matanza. Veinticuatro muertos.

Abandonamos el lugar antes de que llegase ningún guardia, la gente nos miraba desde las ventanas, sí; pero nadie se atrevía a hacer nada. Montamos los caballos y nos dirigimos a las puertas de la ciudad. La noticia aún no había llegado hasta allí, aunque estaba preparado para dejar caer unas cuantas piezas de oro para que los guardias no hiciesen preguntas. No fue necesario, la situación allí era normal. Salimos y forzamos los caballos durante gran parte de la noche. Allí hicimos un alto.

Esa noche, no sé muy bien qué pasó. Me despertaron los gritos de Miller: «¡¡Hijos de la gran puta!! - decía - echadle los cojones de pegarme en condiciones, como hombres. Putos arqueros de...». La voz se interrumpía con cada impacto de flecha. La mayoría de ellos, mero teatro, se clavaban en el árbol que estaba detrás de él, pero el silbido era toda una declaración de intenciones. Me fijé en que una flecha le clavaba la mano al árbol en cuestión. Estaba claro que al mínimo intento de hacer algo, Miller, al menos, moriría. Todo se había echado a perder. «¿Quién es vuestro líder y de parte de quién venís? - preguntó uno de ellos». «Llegó el momento - pensé». Me imaginé toda la escena: Yo soy el líder, comenzaría. Ellos me quitarían el embozo, me reconocería y todo habría acabado. Simple, rápido. Miller habló primero: yo soy el líder y no venimos de parte de nadie. Somos renegados del ejército de Osmynd. Nos separamos de nuestros compañeros contra el ataque de un grupo de salteadores de caminos y, dada la pena que podría caernos, seguimos hacia el norte . El hombre asintió y nos dijo que fuésemos con él hasta la ciudad, que nos encerrarían en las mazmorras y que ya se vería qué pasaba con nosotros. «Escoge a uno de tus hombres para llevar un mensaje al rey de Osmynd». Miller pareció pensárselo bastante y acabó señalándome. «Llévale el mensaje a nuestro rey Ernest y pídele perdón por todo lo sucedido. Aunque no volvamos a vernos...». Pero el guardia cortó la conversación. «¿Sabes qué tienes que decirle, verdad, chaval?». Asentí. Y me separé de los demás. Al rato, el enorme pajarraco de Gerón me adelantaba en dirección Osmynd. Nunca le agradecimos a aquel pájaro todo lo que teníamos que agradecerle.