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martes, 19 de mayo de 2009

Omnia mutantur

Lo decía el señor Dylan, ese al que no quisieron en A Coruña porque cantaba de espaldas al público; ese que muchas veces parece que habla en lugar de cantar y no es Mark Knopfler. Lo decía y tenía razón.

Los días pasan, cambian; y con ellos cambia lo demás. El tiempo es una medida de cambio, dicen. Un segundo es la "la duración de 9.192.631.770 oscilaciones de la radiación emitida en la transición entre los dos niveles hiperfinos del estado fundamental del isótopo 133 del átomo de cesio (133Cs), a nivel del mar", nada más y nada menos. Así pues, dados esos datos, podemos concluir que es una medida que carece totalmente de firmeza, totalmente variable y subjetiva. Un metro es un metro aquí y a dos mil metros de altura, aquí y en Marte. Un segundo no. Algún día las empresas con servicio de conexión a internet se ampararán en la variabilidad del segundo para justificar sus kbps reales. Apuestas en comentarios, por favor.

Descubrí al señor Dylan muy joven, con 10, tal vez 12; y me pareció una música aburrida y una voz poco resultona. De aquella prefería claramente a Barón Rojo y al señor Springsteen. Me decían: "eres un crío, crecerás y te gustará. Bobd Dylan es como el vino". Y, señores, Bob Dylan es como el vino o como los Dire Straits. Y tal vez alguien pueda decirme que a él le gustaban de pequeñito, pero no importa, todo entra dentro de esas irregularidades del átomo de cesio, seguro.

Cambia la música que escuchamos, el cine por el que pagamos; cambian las personas de las que nos hacemos rodear, cambia nuestra forma de pensar, cambia nuestra cara y nuestro cuerpo, cambia el idioma y la economía, cambian los sentidos de las calles, cambiamos de políticos y de moda. Y, al final, lo único que sigue imperturbable es el hecho de que todo cambia o, si lo preferís, lo único que no cambia, es el hecho de que no existe lo imperturbable.

De hecho, hasta cambian los planetas del sistema solar. Esos con los que crecimos, que aprendimos en orden y a los que teníamos un misterioso respeto, el de la curiosidad que nos da la desconocido.

Todo cambia, queramos o no. Y a veces, supongo, solo se puede aceptar el cambio. El semáforo se pone en verde y uno sigue su camino.