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martes, 19 de mayo de 2009

La venérea [Una historia de piratas]

Ellivreeb contemplaba el mar desde la proa de su barco, una bonita nave llamada Venérea por no se sabe muy bien qué razón. Llevaba en ella tres días y, pese al cartel que había colocado en los muelles, no se había acercado nadie. Había recorrido el barco tabla a tabla, se había acostumbrado al olor a sal que venía del mar, a sentir el sol en vez de la palpitante luz de las velas. «El mar tampoco es para tanto – pensó – aunque será menos malo si da solución a mi problema». El capitán de la Venérea estaba maldito, condenado a no conjurar en el continente y se había visto obligado a huir al mar, en contra de la evolución. «Pero algún día – pensó – algún día le...» y esta afirmación es demasiado tosca y bruta para vuestros ojos, así que me la ahorraré.
- Buenas tardes – dijo una voz de mujer, un tanto grave – ¿es usted el capitán?
Ellivreeb asintió y miró a la figura encapuchada.
- ¿Ha leído el anuncio?
La figura asintió y luego echó un ojo por la cubierta.
- ¿Ha conseguido una tripulación muy numerosa? – preguntó con tono irónico.
- Alguno ha ido cayendo a lo largo de los días.
La figura encapuchada se rió con tono hiriente.
- La mayoría de marineros no saben leer. Vais a tener serios problemas para reunir una tripulación si vuestro único modo de llamar la atención es escrito.
- ¿Quién ha dicho que sólo haya colocado carteles? – preguntó el capitán en tono malhumorado.
- Volveré en tres días – informó la voz tras la capucha – y si para entonces me convence su tripulación, le pediré trabajo.
- ¿Sabes mucho de mar?
- Tengo cierta maña con la magia elemental.
En los ojos de Ellivreeb brilló la alegría que le inundaba al pensar en velas en llamas.
- ¡Ah, del barco!
Tanto Ellivreeb como la figura se acercaron a mirar. Una joven mujer agitaba un brazo, haciéndose notar.
- Sube – le dijo secamente el capitán, luego, dirigiéndose a la mujer encapuchada, sonrió -: ¿ves? Otro más.
- Saludos.
- El anuncio dice que buscais trabajo, señor.
- Así es, ¿qué sabes hacer?
- Soy una persona ágil y rápida... y tengo gran conocimiento de nudos, por ejemplo.
- Adelante, por favor – contestó Ellivreeb señalando con un gesto los cabos a la vista.
La joven llevó a cabo una demostración mientras la encapuchada se despedía del capitán y abandonaba la nave. Ellivreeb examinó los nudos con mirada dubitativa, preguntándose hasta qué punto estarían bien o mal hechos, hasta que una nueva voz interrumpió su evaluación. Era un elfo, rubio y de ojos azules, bastante alto para su especie y con ropas pobres. No pudo evitar sonreír ilusionado, «al fin va viniendo gente».
- ¿Tú qué sabes hacer, elfo?
- Ya sabe, un poco de todo – dijo echando mano a un cabo, como la humana, y haciendo un complejo y recio nudo que ofreció al capitán. Este le echó un ojo e intentó infructuosamente desanudarlo. Finalmente, rendido, se lo ofreció a la humana quien, tras darle un par de vueltas, lo deshizo con cierta facilidad.
- Bien, pues podéis darme vuestros nombres y firmar en este libro. Si no sabéis escribir, firmad con un aspa.
- Martha Halley – contestó la humana.
- Oliveth, sólo Oliveth – contestó el elfo, firmando con un aspa. Pasados unos instantes de calmo silencio, añadió: - ¿podría hablar con usted a solas?
Se alejaron unos metros y Oliveth comentó al capitán que tenía cierto interés en que no se le viese demasiado por la ciudad y que si podía ya acomodarse en el barco. El capitán aceptó. Luego le pidió, con cierta sonrisa maliciosa, que no contratase a un hombre rudo con el que había tenido problemas y al que ahora le faltaban dos dedos. Ellivreeb aceptó.

Luego, resoplando, abandonó la Venérea y ofreció a gritos el trabajo taberna por taberna. Cuando volvió al barco, tras visitar la cuarta y última taberna del puerto, no pudo evitar una sonrisa al vislumbrar la enorme fila de marineros que esperaban ante el barco. «¡Hacen cola!¡Tres días esperando en el barco con un cartel delante sin ningún resultado y, ahora, toda esta gente! Todo era tan sencillo, abre un barril de ron y, de cada dos, en uno habrá marineros...».
Y Ellibreev subió al barco y, tras pedirle a Martha que consiguiese dinero como fuese para abastecer a la tripulación, ofreciéndole una parte mayor de la habitual en los botines futuros; esperó al día siguiente, tal y como había explicado a los marineros del muelle.


Al día siguiente, los marineros fueron desfilando en orden por la cubierta del barco; unos eran aceptados, otros no. Finalmente, la tripulación con todo tipo de miembros: desde los de brazos como troncos, como Jon o Ricardo, al que le faltaban dos dedos; los veloces y ágiles como Eduardo, que bajo un guante de cuero en su diestra dejaba notar algo extraño; los verdaderos hombres de mar como Al o Leonardo y las rarezas.

Es difícil decidir si causó más sorpresa y revuelo la llegada de Satine o la de León. La primera era una mujer embozada cuyas ceñidas ropas dejaban averiguar unas bellas formas. Se presentó como bardo. Y cuando Ellivreeb dijo que podía quedarse para animar y entretener a la tripulación, las palabras soeces dieron paso a una risa generalizada. León, en cambio, accedió al barco ataviado con armadura completa y escudo pavés. Y si no llega a ser por los planes tan concretos que Ellivreeb tenía sobre qué hacer a continuación, la voz de la lógica se habría impuesto, mas para sorpresa de la marinería, el capitán hizo firmar el papel a León Rice.

Así se iban anotando nombres y más nombres hasta que el capitán creyó conveniente, en ese momento pasó revista a su tripulación y se asomó por la borda.
- Buscamos un médico – dijo – todos los que no tengan idea de medicina pueden irse.
Y así, tal vez provocado y envalentonado por el alcohol, uno de los que aún estaban en el muelle empezó a protestar. Otros le secundaron. Sintiendo el apoyo de otros presentes, increpó al capitán. Y Al bajando por la pasarela le espetó, al tiempo que desenvainaba dos espadas cortas:
- Marcháos, ya habéis oído al capitán. Y tú, retira tus palabras o defiéndelas.

Y se prestó a defenderlas, sacó una espada y atacó prontamente. Al esquivó con total facilidad y engañando con una de sus armas, rajó el abdomen de su adversario con la otra, dejándolo caer sangrando al suelo.
- ¿Alguno más?
Los ánimos se calmaron, los marineros que quedaban en el muelle empezaron a recoger sus cosas. Ellivreeb, todavía asomado, comentó: que los sanadores nos demuestren sus dotes. Podría haber sido una decisión difícil, pero el hecho de que la mayoría de ellos pidiese aceite hirviendo, y otro dijese “no hace falta” y con unas palabras y unos gestos de sus manos, conjurase un hechizo de curación, solventó muchas dudas. Se llamaba Grigorius y fue contratado como médico de a bordo.
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No me gusta especialmente, pero cumple su cometido de crónica de la primera partida.