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jueves, 14 de mayo de 2009

La última formación de la Espada Negra

Todo estuvo calmado hasta que conocí a Miller, el mago. Nos fue al encuentro en mitad de una transitada calle y con voz calmada, baja, pero sin cortarse mucho, dijo: «Hola, Ernest, soy mago y me necesitas». Así, sin más. Puede que otros lo hubieran matado por su arrogancia, o se hubieran reído y pasado de largo. No yo. Lo miré con una sonrisa y le pregunté: «¿Qué sabes hacer?». Y volvió con nosotros al castillo, donde lo pusimos a prueba. He de decir que a muchos de los miembros de la Espada no les gustaba Miller, por lo menos al principio. Tenía unos rasgos algo afeminados, una melena negra mate lacia, era imberbe, de cejas finas… era élfico. Recuerdo que Kira comentó que podía ser un espía de la Naturaleza y, en aquel momento, no parecía totalmente descabellado.

Lo llevamos al patio de entrenamiento y le dije que redujese a Nash en combate, simplemente. «Yo no soy de esos – sonrió». Tras mucho discutir decidimos ponerlo a prueba en combate real. Esto tenía un claro aspecto negativo: si decidía traicionarnos, tendríamos fuego en nuestras propias filas. Y no sería agradable.

Ayudó bastante con algunos pequeños conflictos internos del reino. Todo el esfuerzo de espionaje de Nacho no consiguió demostrar nada malo y, con el paso del tiempo, fue ganándose nuestra confianza.

Así, con esta formación y sin nada salientable, transcurrieron dos años. Para entonces habían aparecido distintas organizaciones de imitadores: las garras negras, la muerte negra, los filos negros… todo un dechado de originalidad, en cualquier caso. Asesinos sanguinarios dispuestos a terminar con quien fuera a cambio de un determinado precio, que seguramente se comiesen los cadáveres de sus víctimas creyéndose las estúpidas leyendas que se habían tejido sobre nosotros. Aquello empañaba nuestra reputación y, como líder de la Espada Negra, mandé cartas pidiendo la renuncia a un nombre copia del nuestro o el cambio a una actitud más acorde con los principios de la Espada Negra.
La mayoría renunciaron al nombre, y solo las Garras Negras aceptó nuestro código, enviando, como muestra de buena voluntad, a uno de sus mejores hombres a Osmynd para servir en nuestras filas. Aceptamos cortésmente. Era un explorador llamado Gerón, llevaba un águila de gran tamaño en un grueso brazal de cuero. Era un buen luchador y parecía entender al ave que siempre le acompañaba, ambos se complementaban y, desde luego, la posibilidad de tener un espía aéreo resultaba más que tentadora. Gerón se quedó, supongo que planeaba volver algún día a las Garras Negra, al menos en aquel momento, pero la situación no surgió hasta que ya era demasiado tarde y tuvo que decidir. Se decidió por nosotros.