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domingo, 31 de mayo de 2009

Flecha Marina [pt.4]

- Son mis compañeros – dijo Jaina – y el alto es el capitán del que te hablé.
Martha miró a Ellivreeb.
- Venga, cálmate y vamos a hablar con él.
El señor Dahl los hizo pasar y subir al segundo piso, a un saloncito de lujosa ornamentación. Una gran estantería llena de gruesos y viejos tomos, una pared de la que colgaban distintos instrumentos musicales y un par de panoplias que exhibían los más bellos aceros. Hablaron durante un rato, conversación ligera y vacía. El señor Dahl se mostró como un anfitrión cortés y educado con una cierta recurrencia a decir frases con segundas y añadir tras una muy pequeña pausa: “y no hablo de sexo”. Al le preguntó, durante esta conversación, si podrían hablar un momento a solas, Dahl accedió.
- Quiero un conjuro de polimorfar.
- Muchos magos pueden hacerlo y, seguramente, con tarifas menores que las mías.
- Prefiero un buen mago.
- Cómo quieres el polimorfar.
- ¿Cuánto me costaría el efecto de polimorfar sin más y el poder elegir a voluntad entre distintas formas en cualquier momento?
- ¿Con un objeto que lo hiciese por ti, dices? – y ante el gesto afirmativo de Al, concluyó – 25 cadáveres el primero, 500 el segundo. Desde luego, en el primer caso, 25 cadáveres y volver aquí cada vez que quisieras un cambio.
Se dieron la mano como hombres de tierra, con frialdad y distanciamiento y volvieron al salón donde los que seguían allí habían pasado el tiempo hablando con Jaina y preguntándole porque estaba ya allí. “En la Casa de la Magia me recomendaron venir aquí – fue su respuesta”.
- Y bien, señores ¿a qué se debe su visita? – preguntó Dahl con su tono cortés, controlado, con su voz suave.
- He oído que es un gran mago.
- Eso dicen – contestó con una sonrisa ligera.
- Me maldijeron.
- ¿Quién y cómo?
- El mago Desmond.
- Desmond, ¿eh? – el señor Dahl se rió con suavidad – Bueno, supongo que eso podría arreglarse, pero dado que no es mal mago, te saldrá caro – Dahl dejó una pausa dramática –: 400 cuerpos.
- ¿cuerpos?
- Cadáveres.
Y se hizo un breve pero incómodo silencio.
- Cuatrocientos – repitió Ellivreeb con tranquilidad y ante el balanceo de cabeza afirmativo de Dahl, añadió –: son muchos cuerpos.
- Puedes pagar menos y no asegurarte de que te la quiten. Por cuatrocientos cuerpos te garantizo que te elimino la maldición. Tú verás en cuánto valoras el problema que te rodea y supera.
Y Ellivreeb aceptó.
Mantuvieron la charla agradable durante unos minutos más. En un momento, mientras los tripulantes de la Venérea hablaban entre ellos sobre cómo repartir los cuerpos, en si deberían entrar en consideración de botín, etc., cuando Dahl se dirigió a Satine.
- No eres de por aquí, ¿verdad?
- No. ¿Por qué?
- Una belleza como tú no es algo común, me habría dado cuenta – sonrió.
- Gracias – respondió Satine casi con timidez mientras evaluaba durante un instante al mago, alto, fuerte, de facciones muy marcadas. En tiempos habría sido un hombre muy guapo, ahora se le notaba profundamente la consunción de jugar con la muerte. Sobre todo se notaba en los pómulos, cuya arcada zigomática se dibujaba intensa y claramente bajo la piel.
- ¿Cuándo te vas?
- Dentro de 3 ó 4 días.
- Quieres quedarte cuando tus compañeros se vayan, hasta que parta el barco.
Satine, sorprendida miró un instante a sus compañeros, que seguían discutiendo la mejor forma de proceder.
- Me encantaría ver la ciudad de noche – sonrió.
Y cuando todos se fueron, ella se quedó.

Los demás volvieron al muelle. El trabajo en la Venérea avanzaba al ritmo que les había dicho León. No había queja posible. Aparte, cabe decir, el carpintero de la armadura completa estaba haciendo un buen trabajo. La noche cayó y sin la presencia del carpintero, el trabajo quedó postergado hasta el día siguiente.

Por la tarde, Dhal, que resultó llamarse Tend’n y Satine hablaron durante largo rato sobre sus viajes, sobre lo extrañas que resultaban a veces otras razas como los Seres de luz, los Groom o los elfos. Sobre las extrañas costumbres y forma de vida de los enanos, sobre música y pintura, sobre espectáculos. Hablaron sobre grandes artesanos y famosos magos.
Y al caer la noche, después de cenar, Tend’n salió con Satine y le enseñó la ciudad. El ajetreo de las plazas con los bardos, la plaza del mercado donde ya solo quedaban los más insistentes comerciantes, la Casa de la Magia, el ayuntamiento. Un largo paseo. Cuando ya las piernas empezaban a protestar, Tend’n le preguntó:
- ¿Quieres que te acompañe hasta el barco o quieres quedarte a dormir en mi casa? – su voz era suave y, tal vez, indiferente. Ante la mirada sorprendida y el ligero sonrojo de Satine, añadió –: y no hablo de sexo.
- Si tienes camas libres… me encantaría. Un barco no es precisamente cómodo.
Entraron en la casa sin hacer mucho ruido.
- Lucilda está durmiendo – susurró Tend’n – no quiero despertarla.
Subieron al segundo piso y Tend’n llevó a Satine hasta una habitación.
- Ésta está libre.
Satine asintió, sin más.
- ¿Tienes sueño? – preguntó Tend’n.
- No demasiado, en realidad, es más cansancio que sueño.

Y Tend’n enseñó a Satine distintos objetos que tenía por la casa. Instrumentos de cuerda élficos, algunos de viento, le enseñó una pluma que escribía sola al ritmo que marcase la voz de quién la usaba, le enseñó alguna de las armas. Satine estaba maravillada, sobre todo con la pluma, con la que podría copiar a ritmo aceptable el Obra completa del bardo Alejandro, pero ni tenía la confianza necesaria, ni la frialdad necesaria para pedirle la pluma. Observó durante unos instantes un instrumento de seis cuerdas hecho por los elfos y que, según dijo Tend’n, llamaban “kitara”. No se atrevía a cogerlo. Tend’n se acercó a ella por detrás y aproximó la cabeza a su oreja. Ella no se apartó.
- Puedes cogerlo – susurró.
Lo cogió y probó a tocar. Sonaba suave, tierno, algo menos estridente que el laúd. Probó las cuerdas, las reafinó a su gusto.
- ¿Quieres tocar?
- Me encantaría.
- Vamos a mi habitación.

Allí, Tend’n conjuró algo y Satine tocó durante casi media hora. Cada vez que concluía una pieza, Dahl aplaudía.
- Eres buena, chiquilla, realmente buena.
Ella se sentía orgullosa de que alguien como Dahl apreciase su arte, de que un gran mago con los dioses saben cuántos años se sintiese atraído por su música. Dejó el instrumento al lado mientras echaba un ojo a la habitación del mago. Allí había un brillo pálido, seguramente de la gran concentración de magia. Examinó la docena de libros que estaban caóticamente dispersos por los estantes y, en ese momento, sintió que la abrazaban por el talle. Dudó. El acercó la cabeza a su oreja, apoyando el mentón en su hombro. Ella se dejó llevar, echó la cabeza hacia atrás, sintió un beso en el cuello y luego, no recordaba muy bien cómo, estaba desnudo entre sus piernas. ¿Qué había sido real, qué magia? ¿Qué importaba? Satine dormía.