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sábado, 30 de mayo de 2009

Flecha Marina [pt.3]

A medio camino del barco, Ellivreeb decidió que “al precio que fuese” era una exageración y que tal vez no estaba, todavía, en condiciones de permitirse aquella fortuna. Así que volvió a la Casa de la Magia a hablar con el especialista en maldiciones. Se dirigió a su despacho directamente.
- Hola.
- Buenas tardes otra vez – respondió el mago con una sonrisa.
- Mira, lo he pensado mejor y no, no quiero que busques nombres.
- Oh – el especialista esbozó una cara afectada – ¿en serio? Es que ya te he encontrado un nombre.
Ellivreeb lo miró con detenimiento. «¿Querrá estafarme?».
- El nombre y la localización serán de su agrado, estoy seguro – afirmó el especialista mostrando las palmas de las manos en claro gesto de insinuar su inocencia.
Ellivreeb tras meditarlo unos instantes dejó dos piezas de oro sobre la mesa.
- ¿Y bien?
- El señor Dahl – respondió con orgullo –, quien, además, se hospeda momentáneamente en esta ciudad.
- Muchas gracias – respondió Ellivreeb con frialdad.
- Vuelva pronto – se despidió el otro.

Y Ellivreeb fue hasta la Venérea a pedir a quienes no estaban de turno que le ayudasen a localizar al señor Dahl.

Martha preguntó por la zona de los muelles. Le dieron una dirección y le recomendaron no acercarse allí, no sola, al menos. Le dijeron que reconocería la casa del señor Dahl porque en la puerta tenía un papel clavado con un cuchillo con nombres y cantidades de oro. Un asesino a sueldo. Se preguntó por las razones que llevaban a Ellivreeb a querer contratar a gente así.
Después paró en una tarberna y un hombre intentó camelarla. Hablaron sobre nimiedades y él la invitó a su casa. No tenía pinta de pobre y Martha vio la posibilidad de robarle. En su casa hablaron. El hombre se llamaba Evan, ella Martha, él era contrabandista, ella ladrona.
- ¿Algún buen lugar para robar?
- Cualquier plaza, sobre todo la del mercado. Mucho ajetreo, ruido… más fácil imposible. Aunque la cantidad de gente puede dificultarte la huida si todo sale mal.
- ¿Podrías encontrar a alguien que venga conmigo?
- Mañana a las once en la taberna de hoy.
Y así quedaron.
Martha siguió preguntando por distintas calles, cada vez más lejos de la casa del asesino hasta que la redirigieron a una casa de paredes rojas donde vivía el mago Dahl. «Ese ha de ser».

Al y Juan preguntaron por barcos en venta y visitaron los que había. Entre ellos había un bonito bergantín llamado Flecha Marina. Tenía un aspecto imponente. Cuando Al preguntó por el navió, le dijeron que pedían unas mil piezas de oro.
- Lo hablaré con el capitán y volveré para comentarles su resolución.
Aquel barco era una buena nave y dejaba atrás en casi cualquier aspecto a la Venérea y al Doblón.

Satine fue a preguntar por las calles del centro de la ciudad. Fue la que más se alejó del puerto pare preguntar. Vio tocar a distintos bardos. No importaba si eran buenos o malos, ella tenía los poemas del mejor. Se sentía superior. Caminaba altiva y orgullosa.
- Por favor, ¿el señor Dahl?
- ¿El mago? Sigues por esta calle hasta la plaza de los correos y tomas a la derecha. Allí, una gran casa de paredes rojizas.

Ellivreeb recibió una respuesta parecida y se dirigió al lugar. En la misma calle se encontraron Satine, Ellivreeb y Martha. Llamaron a la puerta. Cuando se abrió, tras ella solo había una media con ropas de sirvienta.
- Saludos, buenos señores. ¿Qué desean?
Ellivreeb le dirigió una mirada asqueada. Conteniendo una mezcla de repugna, frustración y furia. «Malditos enanos…». A la mediana no le pasó desapercibida tal mirada. Le devolvió una mirada furiosa. Ellivreeb no se molestó en disimular su asco. Ella, furiosa, le preguntó en mal tono:
- ¡¿Qué coño te pasa, retrasado?!
Ellivreeb se planteó la seguridad o no de tomar parte física, dado lo mal que le había ido la última vez. Así que se contuvo y respondió: “nada”. Y comenzó a alejarse «puede que me trague mi ira, pero todo tiene un límite. Putos bajitos…».
Y, en aquel momento, de la puerta salieron dos hombres. Uno alto y con túnica negra. El pelo negro, los ojos grises, la piel blanca, casi mortecina desde la que se marcan los huesos subyacentes. La otra, la inconfundible y estilizada figura de Jaina.

Todos se miraron durante unos instantes, en silencio.