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miércoles, 27 de mayo de 2009

Flecha Marina, pt. 2 (UHdP)

Ellivreeb y Jaina se dirigieron a la Casa de la Magia. Llegaron con un par de indicaciones. La Casa en cuestión era una majestuosa construcción de piedra rodeada de un precioso y cuidado jardín. Fuera, sobre el cuidado césped y los árboles algunos magos paseaban, libro en mano; mientras otros magos ocupaban las manos en la anatomía de otras magas. Jaina y Ellivreeb entraron en la Casa sin prestar demasiada atención a todo aquel ansia de teoría y de práctica.
- Buenas tardes, señor – comenzó Ellivreeb, dirigiéndose a uno de los magos que estaba en el interior del bajo.
- Buenas tardes, ¿qué desea?
- Busco información sobre maldiciones – contestó rápidamente.
- Puede usted consultar la biblioteca o a algún especialista.
- Creo que hablaré con un especialista – concluyó Ellivreeb.
- Como desee. En el piso de arriba, tercera puerta a la derecha, señor.
- A mí me gustaría acceder a la biblioteca – intervino Jaina.
- El servicio de la biblioteca es de pago, señora. Tendrá usted que pagar por libro o conjuro consultado.
- Veré que títulos hay antes de decidirme entonces – contestó con sequedad.
Y así, se separaron.

Ellivreeb se acercó a la puerta que le habían dicho. Llamó. Una voz barítona le dijo que entrase. La sala era pequeña, cómoda y estaba pulcramente ordenada, con excepción de unos cuantos papeles dispersos por la mesa.
- ¿Es usted el experto en maldiciones?
- Sí, bueno… en esencia sí. ¿Qué desea?
- Quería informarme sobre una maldición.
Y Ellivreeb le habló sobre la maldición que le habían echado, sobre su imposibilidad para conjurar en el continente. El especialista en maldiciones asistió a la explicación en completo silencio y solo cuando el capitán de la Venérea dio por terminado su monólogo, preguntó:
- ¿Sabe quién es el mago que lo ha maldecido?
- Se llama Desmond.
Y el mago inspiró profundamente.
- Mala cosa. El gran mago Desmond, supongo – y, ante el gesto afirmativo de Ellivreeb, concluyó – pues entonces vas a tener que buscar a alguien que pueda enfrentarse a su magia. Yo sé cómo se deshace una maldición, pero no puedo comparar mi magia a la suya. Pero mira, lo que puedo es hacerte una lista de gente que pueda ayudarte.
- Oh, eso sería perfecto.
- Te costaría un oro el nombre y un oro la localización. ¿Trato hecho?
- Trato hecho – respondió Ellivreeb doliéndose del dinero que iba a perder. Pero tenía que conseguir sacarse aquella mierda de encima. Al precio que fuese.