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sábado, 2 de mayo de 2009

Ernest I de Osmynd [Espada Negra]

Y así fue. El Alto Consejo se reunió, el sumo sacerdote de la Iglesia del Sol, fe mayoritaria de Osmynd estaba indispuesto y delegó en el de Muerte. Así, con el apoyo del clero, del Millan, que también estaba en el Alto Consejo, y con los apoyos del Consejo y del Bajo Consejo; yo, Ernest, sin apellido, líder de la Espada Negra fue escogido gobernante. A decir verdad, los nobles habían planteado bien el asunto. En vista de las pretensiones de la burguesía habían movido hilos en la sombra, o eso entendí con el nuevo cambio de chaqueta, que votaron al ejército, a Millan; al igual que los propios nobles. La idea estaba clara, los viejos dueños de la ciudad no querían a la Espada Negra en la cima, era obvio y tenía su lógica: no éramos nadie. El caso es que, supongo, a priori contaban con el apoyo del clero, tres votos y problema resuelto. En el peor de los casos, que Millan votase por la Espada Negra, el resultado sería de tres contra tres, y desempataría el segundo del gobierno de Renne, un noble. Con el nuevo fallo del clero, la nobleza confió en que Millan decidiese votar a cualquiera menos a nosotros, para nombrarse gobernante; pero no lo hizo: Millan era general de los ejércitos, posiblemente el mejor general que se pudiera desear, pero el gobierno no le importaba en absoluto. La fuerza del reino ya estaba en sus manos, un nuevo título y un ornamentado sillón en el castillo no eran temas de su gusto.

Esa fue la gran sorpresa. De un día para otro me convertí en Ernest a secas, fin de la mentira y del engaño. ¿Que por qué sin apellido? Oh, bueno, en Osmynd los miembros del clero, renuncian a su apellido de por vida. El sumo sacerdote de Muerte completó el resto de la mentira. Pasé a ser Ernest viejo miembro de su iglesia que, cansado, dedicó su vida a Muerte de otra forma. Fue así como me nombraron al escogerme en el Alto Consejo, aunque en los dos Consejos anteriores siempre se habían referido a mí como el líder de la Espada Negra, a secas.

El caso es que para minimizar rencores y frustraciones invité a todos los presentes a una gran fiesta en el castillo, a la noche siguiente, con sus mujeres e hijos. El resto del día se ocupó yendo hacia el castillo y dejando allí nuestras escasas pertenencias. No obstante, al día siguiente ondeó nuestra bandera junto a la del reino. Nuestra Espada había tocado techo, para siempre. En aquel momento estábamos ilusionados, claro; podríamos arreglar, creíamos, los problemas de la ciudad, del reino, enfrentarnos a las decisiones. La verdad es que no lo hicimos demasiado bien. Primero surgieron preguntas como: “¿que será de la Espada?”. Y mis chicos pasaron a ser un comando de élite, aunque yo ya no solía participar en sus encargos… y yo pasé a ser el director de sus movimientos y el contratante de sus servicios. Era otro tipo de liderazgo. Alguna vez sí fui con ellos, para asegurar un resultado, poder planear in situ o lo que fuere, pero ya no éramos el grupo tan cerrado que habíamos sido. Todo se enfrió. Durante un tiempo Nacho se convirtió en mi mano derecha: un rey necesita espías, buenos espías, y Nacho lo era y, además, tenía ojos y oídos en todas partes; esto desplazó a Sylie, mi mejor amiga y, en muchos aspectos, mi hermana, mi verdadera hermana, la que nunca me había fallado.

El caso es que a la noche siguiente de mi nombramiento, se organizó una gran fiesta a la que asistieron casi 200 personas. Corría el cordero, el cerdo, la trucha, el vino y la cerveza. Corría el cangrejo, los huevos, las setas y los licores. Y, en un momento dado, Nacho se acercó hasta mí. Según había visto había estado coqueteando con la suma sacerdotisa del Sexo, a la que muchos llamaban iglesia del Amor, pero sus palabras fueron en otra dirección. «Hay tres hombres en la zona sur, sentados a una mesa y con malla bajo la ropa. Estoy seguro, el son de hierros es inconfundible. Y me jugaría el cuello a que van armados. Y me lo jugaría de nuevo en que es por ti». Agradecí a Nacho su preocupación y le dije que se tranquilizase, que Nash y Kira estaban a mi lado. Nacho se comió un reproche que habría hecho sin dudar al viejo Ernest pero que, posiblemente, le pareció desadecuado para un gobernante. El título me separaba de los míos a pasos gigantescos. Asintió, hizo una ligera reverencia y se dirigió de nuevo a su silla, junto a la bella sacerdotisa. Rieron, bebieron y se miraron con ojos brillantes y sedientos. Yo hablé con los nobles, cuya vida no me importaba lo más mínimo; Millan bebió y bebió, sumido en un ambiente que no le importaba lo más mínimo, dirigiendo respuestas lacónicas a las preguntas que se le formulaban a él directamente; Kira y Nash comían y bebían con moderación, atentos a cualquier movimiento, alerta tras las palabras de Nacho; Sylie comía y se la veía un poco ausente. Pensaba algo y no era algo bueno.

Cuando tres hombres, en la zona sur, volcaron una enorme mesa que no deberían haber podido mover, y saltaron con agilidad sobrehumana sobre los presentes, ni toda la preparación para el combate habría sido suficiente. Kira y Nash se levantaron sin dudar, espadas en mano; yo me levanté, dispuesto a vender cara la piel. Nacho saltó a su vez, de forma más humana, desde luego y arrojó hábilmente varios de sus cuchillos. La gente gritó asustada y empezó a correr. Millan se levantó un instante después, seguramente entorpecido por el alcohol, y se interpuso entre los hombres y yo. Su forma de actuar era tan diferente a la nuestra. Fue entonces cuando apareció otro hombre, este serio, alto, de rasgos afilados y duros, un viejo conocido que lanzó cuchillos a la manera de Nacho. Los tres hombres se giraron para encarar primero a los que podían atacarles sin ponérseles al lado. Fue una matanza, sencillamente, Ibbenhalassid no era humano, aquello estaba claro; los tres elfos o medioelfos muertos en el suelo lo atestiguaban.

«Gracias, Ibbenhalassid – le dije». «De nada, Ernest I de Osmynd, qué menos que venir a felicitar a uno de nuestros hombres por su recién adquirido título». Y así, con un mensaje tan político, Ibbenhalassid se acercó a Magnia para dejarnos claro que no olvidarían que teníamos un trato.

Las cosas se calmaron en días sucesivos, se respiraba paz en las calles; bajamos los impuestos a las clases más desfavorecidas y se la subimos a los nobles y a la burguesía. No mucho, pero lo suficiente para tener unas ganancias, que destinamos a la guardia. Queríamos un ejército bien equipado y preparado. Éramos conscientes de las ampollas que podía levantar la decisión, pero salió bien. Solo hubo quejas y protestas verbales. Y la situación se calmó y viví mis primeros meses de gobernante.