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jueves, 28 de mayo de 2009

Dormur

Era una ciudad preciosa, muy a la moda de los elfos. Aquellas enormes y estilizadas estatuas junto al mar, saludando a los barcos que se aproximaban; aquellas fuentes que jugaban de formas tan intrincadas con el agua, que la sometían a un largo laberinto de saltos; aquella frondosa vegetación entre las casas y aquel ajetreo festivo hasta altas horas.

El misterio estaba, en realidad, en cómo vivían los elfos. "¿Qué hacen para vivir?" Me he hecho esta pregunta medio millar de veces. Por imposible que parezca, la sensación de que los elfos viven una continua celebración es inevitable. Da igual la hora y el día, por las calles se ve a elfos despreocupados que intentaban llevarse a la cama a elfas despreocupadas; en las tabernas, de una finura y una decoración que querrían muchos nobles para sus palacios, los elfos comían y bebían, hablaban de la última sensación de la pintura o de aquella balandra tan estilizada y bella que había llegado a puerto; en las plazas los músicos se reunían para tocar en grupo ante un público que se deshacía en halagos y que llegaba a ofrecer platas al intérprete de turno. Tal vez esta fuese la verdadera ciudad del oro, porque si Áurea lo fue en algún momento... ese momento pasó a mejor vida y ha sido enterrado bajo los adoquines de sus calles.

Parecía que en Dormur todo era alegría, que solo existía la algarabía ajetreada, el alcohol y el sexo y que todo lo demás era un rumor de fondo, el murmullo del mar. No pude sino valorar lo apropiado del nombre.

En muchos lugares eché de menos mi hogar, mas no en Dormur.