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viernes, 22 de mayo de 2009

Doblón de oro [Una historia de piratas]

Satine tenía sus razones para embarcar. Como todos. Para algunos era simple dinero, para otros el deseo de aventura, para el resto era una solución. Ella estaba en el tercer grupo. No es que no le tentase el oro o el sentir la brisa ondeándole la melena, ni que no le motivasen las aventuras sobre las que componer canciones y poemas, no le disgustaba en absoluto el tiempo libre para ensayar ni el público constante; pero tenía que salir de allí, desaparecer, y probó suerte en el barco pese a lo que le repugnaban los olores que lo impregnaban todo y una veintena de hombres la miraban de aquel modo.

Ellivreeb se había mostrado entusiasmado con su presencia en el barco, un entusiasmo inocente y puro. Adoraba la idea de tener arte a su alcance, había visto más allá de sus pechos, algo que no se podía decir del resto de la tripulación. Satine, no obstante, encontraba consuelo en la presencia de las otras tres mujeres de la tripulación. Era extraño que en la tripulación de un barco hubiera una mujer, a decir verdad, que hubiera cuatro era increíble.

El barco pasó dos días más anclado en puerto. Algunos de los tripulantes evitaron asomarse mucho y solo León y Martha salieron del barco, varias veces, durante esos días y volvían con dinero, con el que, luego, Jon y algunos tripulantes más fueron a comprar barriles de agua y de ron, carne seca y algunos alimentos en conserva. El viaje empezaba a vislumbrarse, el barco se iba surtiendo, la vida empezaba a poblar el barco, a hacerlo suyo.

El nombrado contramaestre Al estableció jefes de turno: Eduardo por la mañana, él mismo por la tarde y Oliveth por la noche, para sacar el máximo partido a su visión de elfo.

Cuando se consideró que estaban bien provistos, tras esperar por la vuelta de la maga que había llegado al barco en primer lugar. Una mujer... una semidemonia, llamada Jaina, y zarparon en dirección suroeste y a varias horas de viaje tranquilo, con viento favorable, se encontraron el Doblón de oro. El Doblón era un pequeño barco mercante, con aspecto de barco curtido y rápido. A la vista de la Venérea la tripulación del Doblón, que no parecía demasiado abundante, empezó a moverse y a maniobrar para evitar el evidente ataque. Al había hecho resonar una campana y la tripulación se había armado y preparado.

- Ballesteros – gritó - ¡a babor! Los demás, ¡lanzad cuerdas y preparaos para abordar!

Cuando los dos barcos se movían en paralelo, se lanzaron las cuerdas y se tiró para aproximar ambos barcos. Algunas cuerdas fueron arrancadas por la tripulación del doblón mientras los virotes iban de barco a barco. Desde el castillete de popa, Al saltó al barco contrario y se enzarzó en lucha contra dos marineros del Doblón. Otros marineros de la Venérea saltaron hasta el otro barco, la mayoría se aferraron a la borda. Oliveth cayó directamente sobre uno, con la daga en las manos. Se escuchaban gritos, la pelea era confusa, aún seguían volando virotes desde la Venérea. Satine gritó, incapaz de hacer mucho más y pareció que los hombres se envalentonaban, que cargaban con más fuerza. Y pronto, el Doblón quedó en silencio. Dos de los tripulantes de la venérea estaban en el mar: Grigorius, que había caído directamente debido a un movimiento en falso del barco al saltar y Leonardo, que cuando estando encaramado intentó subirse al Doblón, alguien le descargó un hachazo y le cortó las manos.

- Subidlos – ordenó Al, luego con grito atronador, informó – ¡si hay alguien en los pisos inferiores, que salga sin armas y le perdonaremos la vida! ¡Dentro de dos minutos recorreremos el barco y mataremos a todos los que encontremos!

Y no tardaron mucho en salir. Lo hicieron con las manos en alta y visiblemente desarmados. Parecían asustados, mucho.

- Atadlos – ordenó Al.

Mientras los ataban, uno de ellos informó de que su capitán estaba muy enfermo y de que no podía levantarse de la cama. Cuando los de la Venérea exploraron el barco, se lo encontraron tirado en cama, con cara febril, en un mundo entre la vigilia y el sueño, murmurando incoherencias. Grigorius tranquilizó a los demás.

- No es contagioso, tranquilos; no por el aire, al menos. Tiene sífilis.

Los marineros asintieron, un destino típico para muchos hombres de mar.

- Lo trataré durante un par de días – informó Grigorius a Al cuando volvieron a cubierta – si mejora, mejora; si no, creo que es mejor matarlo y terminar con su agonía.

Al asintió y luego dividió su tripulación para poder controlar también el Doblón y llevar ambas naves hasta Unzo. Solo el Doblón llegaría al puerto, vendería la carga (un cargamento considerable de muebles y algunas especias) y volvería al mar. Al parecer, iba a ofrecer a los supervivientes la posibilidad de unirse a la tripulación de la Venérea, en un primer momento me pareció que nadie aceptaría una oferta tal de quiénes acaban de matar a sus compañeros. Pero varios aceptaron, entre ellos Juan, el comerciante del Doblón y Azrik, alquimista que estuvo encantado de ocupar el puesto de artillero. A los demás se les recomendó, por su integridad, que no dijeran nada al respecto de lo sucedido

Durante el camino, y viendo que el capitán Julián no mejoraba de su enfermedad, Grigorius le rajó la garganta y lo lanzó al mar. Comida para peces. El ciclo continuaba. Satine examinó el camarote del muerto y encontró unos cuantos libros: poemas, cuentos, relatos varios, novelas... y, entre ellos, un grueso volumen llamado Obra completa del bardo Alejandro. Alejandro fue el músico más prestigioso de su época, viajó por todo el mundo conociendo costumbres y leyendas, musicalizando cuentos, incorporando música del folclore de la zona y términos propios. Alejandro ganó la fama y gran parte de las canciones que hoy iban de boca en boca y que todos pedían cuando un buen músico llegaba a un pueblo eran suyas. El volumen era lujoso, las hojas estaban amarillentas y ligeramente quebradizas, contenidas en unas tapas forradas de cuero. La letra era pequeña y apretada en los cuentos; algo más grande y alargada en los poemas que, además, contenían docenas de anotaciones sobre el significado de algunos términos y los acordes en que se entonaban. Las últimas páginas del libro tenían partituras de algunas canciones. El libro aparecía firmado por el padre Ladén.

Al llegar a Unzo se vendió toda la carga del Doblón. Juan consiguió unos buenos precios por algunos de los bienes del capitán, como sus anillos y pendientes y vendió el cargamento por lo acordado a los señores de Ribén. Luego se vendieron parte de los libros, que debido a la escasez de material escrito, siempre alcanzaban un bonito precio, pero la sorpresa llegó con el volumen de Alejandro, que se llegó a valorar en 40 piezas de oro. Toda una fortuna. Aunque, cabe destacar, que no se conocía ningún ejemplar escrito del mismo y que, en esencia, no se podía poner precio a su valor. Por insistencia de Satine, el Obra completa del bardo Alejandro se quedó en el barco hasta que pudiera echarle un ojo o incluso copiarlo.

Mientras, al noroeste de Unzo un barco se hundía bajo el fragor de los cañones. Tórquero Súbito, clérigo de Eolo, se agarró a unos maderos hundiéndolos ligeramente con su peso y el de su cota de malla. Extenuado y herido flotó a la deriva hasta la costa. En pie, con el pelo hecho una masa pegajosa y viscosa por el agua marina, la ropa pegada bajo la cota y ésta ligeramente oxidada, comenzó a caminar hacia la ciudad que se veía al sur. Allí, las miradas se giraban hacia él, sorprendidas, temerosas. El símbolo de la tormenta en su pecho le daba cierta credibilidad, el resto de su aspecto se la negaba. Se dirigió directamente al puerto, donde podría volver al mar, como Eolo quería, como él quería. El primer barco que encontró se llamaba Doblón de oro. Cuando preguntó si podía unirse a la tripulación, se sintió evaluado, sabía qué significaba, y sabía que un clérigo era un clérigo. El mar era lugar de supersticiones, un lugar de armas; un clérigo siempre es bienvenido. Lo fue.

Tórquero observó a la tripulación del ágil mercante. Tantos armados, tantos con aspecto curtido y se sorprendió Algo de lo que veía no encajaba en su concepto de barco mercante. Cuando el Doblón zarpó para encontrarse con la Venérea, los cabos empezaron a atarse. Un poco tarde para echarse atrás, el viento soplaba, el pelo ondeaba y la posibilidad de vengarse del ataque de aquellos bribones parecía tomar cuerpo. Eolo no era un dios piadoso.