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viernes, 1 de mayo de 2009

De amistades y amenazas [Espada Negra]

Durante este periodo, mientras yo estaba inconsciente, la Espada Negra había seguido jugando sus cartas. Había movido hilos que yo ni siquiera sabía que existían. Tras la muerte de Renne se reunieron los distintos consejos de la ciudad para acordar cómo se establecería la sucesión. Al parecer todo empezó en el Bajo Consejo, donde con el apoyo de las prostitutas y de los mendigos, se nos dio acceso al Consejo. Allí, contra todo pronóstico, la Espada Negra, aquel grupo de enigmáticos asesinos protagonistas de las más extravagantes ficciones, tuvo el apoyo del ejército y de la burguesía, que vio la oportunidad para derrocar a los viejos nobles que vivían de rentas. Eso con la voz que venía desde el Bajo Consejo, permitió que llegásemos al Alto Consejo. Ésa era la sorpresa. Éramos… era, en realidad, candidato al gobierno. «¿Cómo conseguisteis esos… apoyos? – le pregunté a Sylie». Algunos era obvio, teníamos algunos amigos en los bajos fondos y a Millan Millané le caíamos claramente bien. «Movimos algunos hilos – me contestó, luego, con una sonrisa, añadió – y enseñamos algunas dagas». El arte de la amenaza. No veía nada claras nuestras posibilidades de obtener nada en limpio del Alto Consejo. Eran un grupo cerrado que rechazaba cualquier nuevo miembro como norma. Si habíamos llegado hasta allí, había que hacer algo, pero me sentía cansado y débil. De camino a casa nos encontramos con un hombre. Vestía túnica roja, como si fuese un mago y tenía una larga melena negra, revuelta y despeinada. Nos miró. Lo miramos. «Seguro que estaba preguntándose si de verdad comíamos vírgenes y ofrecíamos los restos y las almas a algún demonio – sonrió Sylie cuando nos alejamos». Pero yo solo podía pensar en cómo atacar la endogamia del Alto Consejo. Y, finalmente, tuve una idea. La solución estaba en los dioses. En Muerte.

Esa tarde hice llamar a Nacho. Había tenido unos días muy ajetreados tras la muerte de Renne, buscando pistas y coordinando a la Guardia. Ahora la situación se había relajado y paseaba, dejaba pasar el tiempo hasta que se decidiese en el Alto Consejo quién ocuparía el puesto. «Necesito que envenenes a alguien – le dije – que lo envenenes, pero que no se muera». «Dame un nombre – respondió sin mayores complicaciones». «Quiero que envenenes al sumo sacerdote de la iglesia de Sol». Me miró durante unos instantes. «¿Buscando apoyos, Ernest?». «Buscando apoyos, Nacho».

Y nacho salió, obediente y dispuesto. Yo subí a mi habitación y me tiré en cama. Dos días después nos reuniríamos y el clero iría representado por el sumo sacerdote de Muerte. Las cosas pintaban bien.