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domingo, 17 de mayo de 2009

Brujo

El brujo sintió cómo se rasgaba el cuero y estallaban las costuras. Sintió el paseo caliente que dibujó su sangre al manar del hombro. Escuchó el crujido de hueso al quebrarse y el chasquido húmedo con el que se abrió el músculo. Sentía la extensión de la herida, qué parte de él contactaba con el aire cuando no debía hacerlo. Obligó a su corazón a latir con mayor lentitud para no morir desangrado a la vez que daba un tajo con su espada intentando cortar la peluda zarpa del licántropo. El licántropo vio su movimiento y se apartó veloz, inalcanzabe. Entonces se escuchó el estruendo: claro, nítido, atronador. El joven ingeniero sostenía un tubo humeante, el licántropo llevó una mano hacia su cara y entre sus garras, el brujo pudo percibir el calor humeante de la hirviente sangre de los metamorfos. Aprovechando su oportunidad, el brujo, con todas sus fuerzas, hendió la espada en el centro del pecho del hombre lobo. Su sangre lo salpicó. Veinte, tal vez treinta grados más elevada que la de los humanos. Inexplicable, imposible. Así.

El brujo envainó, rasgó unas telas que llevaba a este efecto en la mochila e improvisó unhas vendas. Se giró para ver al chaval. La pistola había dejado de humear, pero en la mente del brujo aún resonaba el estruendo y la impotencia del licántropo cuando la bala le estalló un ojo. Sin poder evitar un escalofrío, encontró una nueva explicación a la profecía de que el reino imbatible de los brujos acabaría cuando el Trueno caminase por la tierra. Tantos otros habían pensado que hablaban de dioses...