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domingo, 10 de mayo de 2009

Brujo

Ha pasado mucho tiempo desde que los humanos empezaron a expandirse. Muy pocos pueden hoy decir que vivieron la época en la que solo eran uno más debatiéndose contra las inclemencias del tiempo y contra el ataque de los lobos. Aún recuerdo sus primeras ciudades, llenas de bullicio y ajetreo. Recuerdo la mirada desdeñosa que les dirigían los elfos, en sus casas sobre los árboles; las buenas relaciones que empezaron manteniendo con los hombres brillantes y con los enanos; recuerdo cuando llegué a esta montaña en la que nada se atrevía a crecer. En aquel momento había muchos como yo, pero las circunstancias nos mermaron hasta dejar a la media docena que habéis conocido entre vuestros maestros. Recuerdo el erial, el olor a virginidad de los bosques, el olor terroso de estas montañas, la sensación húmeda de las nubes y la fría oscuridad, solo alterada por el fuego, de las noches sin luna. Lo recuerdo y me entristece. Los humanos han ganado, sus pueblos se han impuesto a todos los demás: los elfos viven retirados a las regiones marginales de los bosques, contra una costa que les resulta ajena; los enanos, perdida la vieja amistad que los humanos mantenían interesadamente, se refugian en el interior de la tierra, como alimañas, mientras los otros medran devorando los cuerpos agonizantes de las civilizaciones que los educaron, que les enseñaron los secretos de la magia y los entresijos de la ciencia, y a las que abandonaron y traicionaron tan pronto supieron valerse por ellos mismos.

Se os ha educado, se os ha entrenado. Habéis llevado vuestros cuerpos a un grado de desarollo al que el resto de vuestros congéneres no pueden soñar siquiera. Sois más fuertes, más rápidos, más inteligentes y más sensitivos. Aprovechad lo que se os ha dado. Los humanos son una metáfora del mundo que os rodea, un mundo hambriento, ansioso de coger vuestras armas de vuestros fríos cuerpos y devorar la carne que aún se aferre a vuestros huesos. Nadie os perdonará fuera de estas montañas, nadie se ofrecerá a ayudaros sin esperar algo a cambio y vosotros tampoco.

Un brujo no es caritativo, ni codicioso, no es bueno, ni malo. Un brujo es un brujo: una espada bien entrenada con unas capacidades extraordinarias y su propio código a seguir. Un brujo no se humilla ante reyes ni caciques, ni encabeza rebeliones de esclavos; un brujo no ayuda al campesinado sometido a la tiranía, ni los perjudica. Un brujo tiene la visión de un demonio, fría y lógica, imperturbable. No se lanza a una muerte cierta por muy noble o vil que sea el motivo. Recordadlo siempre. Hay pueblos expertos en vender mentiras, en dar una bella pintura al más cruel y sucio de los murales. El brujo busca su supervivencia y la consecución de un trabajo, es una espada mercenaria que trabaja sola al precio que él cree conveniente, en monedas, en personas o en almas.

Hoy, todos vosotros, recibís el honor de ser llamados brujos y una espada propia, nombrada, para llevar a cabo vuestro trabajo. Atrás dejaréis un hogar al que siempre podréis volver, en el que se os recibirá de igual a igual y en el que encontraréis protección y cobijo. Dad la enhorabuena a vuestros compañeros, coged vuestras armas, cumplid el Código y partid con el honor de pertenecer a la Gran Orden Negra.

Que vuestras almas perduren.