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lunes, 20 de abril de 2009

...tiene unas consecuencias [Espada Negra]

Los magos pasaron días con su ritual, en la torre de magia se veían constantes emanaciones mágicas, un humo pálido y blanquecino que asomaba tímido y juguetón por encima de sus muros. Pero el tiempo no cedió en su empeño, sino que se hizo más frío, las heladas cubrieron de nuevo los campos y, cuando por fin se deshicieron, dieron paso a unas lluvias incontrolables que asolaron la tierra durante días enteros. Sin pausa alguna. Las tierras se encharcaron, se anegaron; las casas de los arrabales se vieron arrastradas por el agua y el lodo. Hubo muertos desde casi el principio. Cuando semanas después la lluvia empezó a remitir, la parte baja de la ciudad, pegada a la muralla había quedado arrasada irremediablemente. Miles de personas habían perdido sus casas y docenas de personas habían perdido la vida al no encontrar alojo en la zona en pendiente de la ciudad.

Las lluvias se calmaron, el agua se fue drenando poco a poco. Los magos planeaban un nuevo ritual para intentar enmendar los posibles errores, pero el campesinado que lo había perdido todo: posesiones, cosecha y seres queridos, no quería un nuevo ritual. El campesinado quiso sangre por sangre. Y la tuvo. Y Renne, el gobernante de Osmynd, sentado en su trono de Magnia, escuchó al pueblo y a los consejos. Y Renne firmó la pena de muerte a los miembros de la torre de magia por los daños causados por la mala gestión de sus poderes.

Nosotros, aunque intentamos esconder a Yoel y llevarlo lejos, no pudimos hacer nada. Todos los magos menos uno, que desapareció sin dejar rastro alguno, fueron ajusticiados en la plaza mayor. La gente los insultaba, les tiraba comida podrida, les escupía. Kira se negó a seguir viendo y se marchó. Lloraba. Irónicamente, ese día el sol brillaba, no con mucha fuerza, pero brillaba, y pese a todo, bajo mis ropas de civil, sentía un frío atroz. Notaba un cosquilleo recorriéndome los codos y la zona lumbar. Sylie estaba cerca, pero no al lado. De civiles nunca nos relacionábamos a la vista de los demás. Yoel tenía la cabeza gacha desde antes de que se hubiera ido Kira, y no la levantó en el resto del tiempo, allí, atado de pies, manos y cintura a una especie de tronco. Había venido para protegerla, su protección terminaba aquí, ahora. Probablemente llorase, las cosas no habían salido como él quería. Nunca me expliqué que interés más allá de la amistad podía tener en Kira, una mujerona con el cuello de un toro, los músculos a juego y muy poco agraciada. Pero… al chico le gustaba y nunca, nunca consiguió nada. Y al verlo allí, atado, sentí lástima por él. Durante unos instantes barajé la alocada idea de saltar al entablado, desenvainar, cortar las cuerdas que lo inmovilizaban y gritar al público: “¡atreveos con alguien desatado, panda de retrasados!”. Era una idea estúpida de corazón, me contuve. Los guardas con sus ballestas no dejarían que se formase tal altercado, ni con amigos, ni sin amigos en la guardia. De la Espada Negra solo quedábamos Nash y yo cuando se dispararon los virotes sobre los cuerpos de los magos. El público estalló en un jaleo frenético. Los animaban, gritaban, vitoreaban a los ballesteros. Los magos buenos son los magos muertos, gritaba alguno.

Finalmente, solo quedé yo. Despidiendo en silencio a la primera Espada Negra que caía. Me subí al entablado, me apoyé sobre el tronco manchado de sangre. Y recé una oración. Los ojos me picaban. La noche era fría. Y éramos seis.