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jueves, 2 de abril de 2009

Sin título [7]

Tal vez sospeche algo, reflexionó Javier, ya en su casa. Tal vez se siente, recapacite, recuerde que me ha visto el día anterior... tal vez ate los cabos. Tal vez mañana altere su rutina y me espere, armado, en algún lugar oscuro de su casa e intente cogerme desprevenido. Quizá debiera dejar pasar unos días, pero se me puede escapar como ya hizo antes... ¿o habrá varios? Dios no lo quiera...

El cenicero estaba lleno de colillas, el ambiente estaba cargado de humo y la televisión exhibía una larga, inacabable, galería de anuncios publicitarios. Se recostó en el sofá y se tapó con una manta. No quería volver a resfriarse, la tos lo desquiciaba, todo aquello que no podía controlar le consumía por dentro. Debilidad humana, debilidad humana, debilidad de este planeta humano, pensaba, que contamina a los seres, que los pervierte, los reduce, los esclaviza... los descontrola.

Se despertó al día siguiente muy temprano, como siempre. No recordaba en qué momento se había quedado dormido. Debía de estar muy cansado, pensó con sorpresa. Rápidamente fue a prepararse: se duchó con esmero, se vistió con ropa de abrigo, guantes y bufanda, guardó un cuchillo en la caña de unas botas altas, otro a un lado de la cadera, oculto por la ropa y otro a la espalda que ocultaba solamente con el abrigo. Salió de la casa con paso tranquilo y se dirigió hacia el lugar, sin vacilar, sin rodeos.

Llegó al edificio y cogió el ascensor. Se paró en el tercero y se dirigió a la puerta. Cedió la puerta de un golpe concreto, seco. Entró sin vacilar y cerró tras de sí, con cuidado. Miró el interior de la casa, un lugar pulcro y ordenado, limpio. Cerró los ojos un instante y se concentró. No hay nadie resonó una voz en su cabeza.

Investigó la casa con rapidez, sabiendo qué buscaba. Abrió cajones y armarios, rebuscó en armarios y librerías. Dejó la habitación para el final, el plato dulce siempre se deja para el final. Entró frustrado sin haber descubierto gran cosa. Había una pistola, fotografías de niñas desnudas aún sin pechos, algún cadáver abierto y eviscerado, de disecciones y una posible vivisección, a juzgar por el rostro de la imagen; un pirado, sin ninguna duda, pero probablemente un ser humano con extraños gustos. 

Dentro de poco no distinguiré el bien del mal, ya confundo el mal humano con el verdadero mal. ¿Qué será lo siguiente? La duda lo devoraba vivo. La habitación estaba pintada con paredes de color salmón. Qué poco masculino, pensó, tal vez no viva solo. En la habitación, debajo de la almohada, encontró un cuchillo con una hoja blanca como la nieve y con una empuñadura negra, en tono mate. Estaba claro que no era de factura mortal. En los cajones encontró libros, manuales de magia, rituales descritos paso a paso para que cualquier imbécil pudiera explorar los pormenores del mundo, ver las paredes que Dios no se había molestado en pintar, escalar el andamiaje de los Primeros Tiempos.

¿Un Despertado dado a... los niños? ¡Qué mal va el mundo, Dios mío! Por una parte se sentía asqueado, repugnado ante la perspectiva del monstruo que entraría por la puerta, quién sabe si acompañado, por la otra estaba deseoso de enseñarle sus cuchillos que, desde luego, sin tener factura mortal, no compartían el tipo de fabricante.

Esperó sentado en la cama y se concentraba cada vez que escucha el ascensor parar en aquella planta. Viene hacia la puerta y viene solo contestó la inhumana voz una de las veces. Javier se preparó, cogió dos cuchillos, el de la bota y el de la espalda, y esperó junto a la puerta de la habitación, del lado opuesto a las bisagras y, cuando esta se abrió, se lanzó hacia delante con un giro clavando uno de los filos entre abdomen y pecho, centrado, y colocando otro sobre el cuello del hombre.

- Habla, monstruo.