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martes, 28 de abril de 2009

Shanil [Espada Negra]

Y nuestra vida siguió. El paso de los días hizo que recordasemos a Ibbenhalassid como si se tratase de un mal sueño. Los orcos, los elfos y demás criaturas volvieron a las leyendas de las que habían salido. Vivimos nuestra corriente vida de asesinos humanos en un mundo de humanos, despertando alguna noche con la imagen de un orco con un ojo pintado en la frente que nos miraba con frialdad, como evaluándonos, y luego asentía; o soñábamos con Ibbenhalassid, que nos decía que el momento se acercaba, o soñábamos con las flechas de los elfos que asomaban negras y mortíferas de entre los árboles. De nuevo fue el tiempo quien apaciguó los miedos y los ánimos. Y todo se calmó hasta que apareció Shanil.

Nacho Ericsson ya estaba llevando su doble vida para entonces. Había sido contratado como uno de los miembros del servicio de inteligencia del rey Renne, gobernador de Osmynd, y desempeñaba su trabajo con discreción y elegancia. Pasaba cada vez menos tiempo con nosotros, a decir verdad. Y fue así hasta que un día vino a llamarnos un hombre, llamado Arthur, que trabajaba para Nacho. Al parecer había llegado a la ciudad un tipo muy raro y había pedido audiencia con Renne, querían que lo tuviéramos controlado. Nacho se reuniría con nosotros aquella noche y nos quería preparados. Shanil, según nos contó Nacho luego, era un especialista en venenos, según había confirmado sustrayendo unos cuantos botes de su habitación. Y luego, en tono de confesión, nos dijo «y yace con muchachos». En aquel tiempo era raro, ¿sabéis? Bueno, al menos en los reinos humanos, aquí no sé. El caso es que la guardia nos dio unos atuendos de la soldadesca local para que presenciásemos la reunión y actuásemos en caso de ataque. No sabíamos por qué, pero el tal Shanil levantaba muchas sospechas.

La reunión se produjo en una de las salas del tercer piso del castillo, ante 16 guardias, varios de los cuales éramos miembros de la Espada Negra. Luego, en el patio, estaban Sylie y Nash. Shanil se acercó, vestía un llamativo traje de colores, con un cuello en el que destacaban docenas de plumas cuya procedencia ninguno de nosotros fue capaz de identificar. Se acercó a Renne con pasos pavoneantes. Todos estábamos preparados, no importa para qué, si era un mago, media docena de virotes se clavarían en su pecho tan pronto hiciese aspavientos con las manos, si echaba manos a dagas tendría a una docena de espadachines dispuestos a reducirlo a pedazos sanguinolentos. Pero no. Nada de eso. Ni armas ni complicados hechizos. Solo humo. Un humo que se expandió veloz desde los pliegues de la ropa, desde los huecos de sus mangas, un humo que se metía en la nariz y los ojos, que tapaba las vías respiratorias, que hacía toser y llorar. Me arrojé al suelo sin dudar y lo vi: desapareció sin conjurar, de deshizo en un instante y reapareció detrás de Renne con dos dagas, una en cada mano y, como si su cuello fuese mantequilla, su cabeza se separó de sus hombros con un rápido movimiento de manos.

Nacho, que por alguna razón consiguió respirar le disparó con su ballesta de mano encajándole un virotazo en un costado. El de las plumas contuvo un gemido y se dirigió a una de las ventanas, la abrió y se arrojó. «A él – gritó Nacho». Pero cuando nos asomamos por la ventana, solo vimos cómo se impulsaba con un salto asombroso sobre la muralla de casi dos pisos de alto, cómo se agarraba al borde y se encaramaba. Un nuevo virotazo, esta vez infructuoso. «A él – grité a los del patio». Y abandonamos el castillo en pos de Shanil. Lo perseguimos por calles y callejas durante un rato hasta que, tal vez harto del juego, se quitó plumas del cuello del abrigo y las lanzó al aire, donde adquirieron un tono llameante y se lanzaron contra nosotros. Solo sentí un dolor atroz que me devoraba por dentro, que me consumía y caí en una oscuridad alterada por el fuego. Luego solo oscuridad, fría oscuridad eterna, infinita.

Cuando me desperté dos semanas después estaba en el templo de los muertos, dos mujeres jóvenes me atendían, tenía una horrible marca de quemadura en el abdomen y apenas conseguía moverme. «¿Qué… ha…». Cada palabra me dolía como un infierno. «No hable – contestó una de las muchachas – está muy herido. El sumo sacerdote de la Muerte vendrá en unos minutos». Cuando vino, me enteré. Shanil había huido y quedábamos cinco. No hablé en todo el día. Y al dormirme soñé con Bergan y recordé cómo había dado la vida para protegerme cuando caí. Fiel hasta el final. Y aún me esperaban más sorpresas.