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sábado, 25 de abril de 2009

Ibbenhalassid

El ambiente en la Espada Negra estaba tenso. La sombra de Yoel pesaba sobre nosotros, incómoda y omnipresente. Pasaron las semanas, algún encargo y mucho tiempo libre. Y el tiempo fue cerrando heridas, secando lágrimas y apaciguando noches. A la ciudad no le fue mal sin magia. Lo cierto es que, contra todo pronóstico, todo siguió su curso con insultante facilidad. ¿De verdad la magia hacía tan poco? ¿Aquellos señores ataviados con extravagantes túnicas y llamativos sombreros hacían tan poco y conseguían que se les considerase tan importantes? Parecía que sí.

Fue en esta época de magia exiliada, muerta, cuando conocimos a Ibbenhalassid. Principio del fin de la historia. ¿Os suena verdad? Apareció en una feria en la que Kira y Sylie comerciaban con diversos productos, y desenvainando, las atacó. Se defendieron tal como cabría esperar, pero no fue suficiente. Él estaba a otro nivel de lucha, no había comparación posible. Cuando dejó en el suelo a una de ellas, al parecer, sonrió y guardó las armas: «no malgastemos más energía, muchacha, lo habéis hecho bien, bastante bien. Tengo un trabajo para vosotros, Espada Negra». Pero la guardia intercedió por el altercado montado y se lo llevó a las mazmorras. Dos días después, la Espada Negra se presentó allí para hablar con él. No prestamos cargos contra él y salió libre. Orgullo de juventud, supongo, las cosas habrían sido muy distintas un año después. Errores basados en la inexperiencia.

Hablamos con él en privado. Era un hombre serio, alto, de rasgos afilados y duros. «Me llamo Ibbenhalasid – empezó – vengo desde el reino de Kinia, al sur, en la frontera con las Tierras inhóspitas donde habitan los duentes». Reconozcámoslo, no fue un buen comienzo. Los humanos llevábamos siglos en nuestro mundo aparte, sin saber de la presencia de otros seres inteligentes. Los hechiceros eran el colmo de la raeza. ¿Duendes? Por favor, totalmente inverosímil. Él siguió divagando sobre el tema y no importaron nuestras réplicas. Defendió con uñas y dientes la existencia de duendes, elfos, enanos, orcos y demás seres de leyenda. Al parecer, los duendes atacaban la frontera sur de Kinia, la frontera que daba a las Tierras inhóspitas, y la única defensa de la especie humana eran los que él presentó como Fuerzas del Caos. «Uno de sus caudillos, Roggoz, el orco de los tres ojos, quiere vuestra ayuda cuando llegue el momento». «¿Y cuándo será ese momento? – pregunté». «Os enteraréis, tranquilos». Comenzó la negociación. «¿Qué podéis ofrecer?». Sonrió, casi con cierto desdén y contestó: «¿qué podéis pedir? ¿Armas, la eterna juventud, el mayor harén nunca visto, una riqueza incontable… pedid, y será vuestro. Los que sobrevivan serán reyes en esta tierra». «¿Y los que no sobrevivan?». «No se debe jugar con la muerte, Espada Negra, deberías saberlo». Yo lo sabía: lo muerto, muerto estaba. Todo seguía un plan maestro trazado por unas manos invisibles y poderosas. Todo. Eso me ayudaba a dormir por las noches. Mi trabajo podía ser desagradable, pero era un lugar que alguien tenía que ocupar, y la Muerte me había dado ese lugar bajo su manto, ese lugar a su derecha, me había dado su espada y yo le servía fiel e inquebrantable. «¿Y si, finalmente, rechazamos el trabajo?». «Supongo que entonces, dada la posibilidad de que sirvieseis en el bando contrario, os eliminaría para ahorrarme un problema a mayores. Pero eso, que yo sepa, no va a pasar – contestó con gesto afable». Y no pasó. Tal vez por la facilidad con la que había librado combate con dos de las Espadas Negras, decidimos acordar un apoyo tácito cuando tal momento llegara y él, con una sonrisa y una reverencia, se fue.

«Volveremos a vernos, señores – se despidió desde la puerta».