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miércoles, 15 de abril de 2009

El general Millané [Espada Negra]

La recuperación fue lenta, con cada trabajo se añadían cicatrices a nuestros cuerpos y mazaduras bajo las cotas de malla. Las espadas se mellaban, las flechas se partían; todo se iba deteriorando, incluso nuestro ánimo optimista, a veces, se dejaba entrever enfermo, cansado; y no fue sino gracias a un trabajo que nuestro destino cambiaría de dirección en aquel aparentemente inexorable declive.

Así, sin comerlo ni beberlo, se presentó un hombre en nuestra puerta. Vestía con buenas ropas, y llevaba una capa con capucha de cuero. Cuando se la retiró dejó a la vista una barba bien cortada, así como un pelo arreglado, limpio y negro. «Saludos – dijo – ¿con quién tengo que hablar para solicitar un… encargo?». Lo hicimos pasar a la sala de reuniones y nos sentamos a la mesa. Estábamos todos embozados, salvo Yoel, que hacía las veces de sirviente. El hombre habló, con voz dura y mesurada, con un gran control e indiferencia. Solicitaba una muerte como alguien puede pedir una camisa o unos pantalones. Pedía una cabeza importante. La de un político, uno de los representantes principales de la nobleza en el Consejo y en el Alto Consejo. «¿Sabe que tal trabajo le costará caro, verdad?». «Puedo ofrecer cosas que nadie más puede ofrecer – sonrió». Nos miramos entre nosotros, disimulada y dubitativamente. «¿Qué puede ofrecernos, caballero?». «Tengo cierta influencia en la Guardia, digamos que podría hacer que sus miembros llegasen… tarde a donde ustedes trabajasen. Ya sabe a qué me refiero. La fama de que nunca son capturados correrá entre las gente como la pólvora y su valoración como asesinos medrará a extremos inimaginables. ¿Lo entienden?».

La oferta era buena, de aquello no había duda. Pero si la Guardia nos ofrecía un trato más allá, a todas luces, de lo legal, hasta qué punto podíamos fiarnos del trato. ¿Y si era una trampa para cogernos y que nuestra reputación como profesionales del asesinato muriese? «¿Qué ganan ustedes con esto? – le pregunté». «Este hombre, este pedazo hijo de puta, señores míos, tiene unos intereses propios, corruptos y ha conseguido disminuciones considerables en la partida de fondos que recibe la Guardia; cada vez la Guardia se ve más mermada y los cargos peor pagados. Pronto de nosotros no quedará más que un vago recuerdo y lo más parecido que habrá serán asesinos como vosotros, y os contratarán para vigilar barrios, para rescatar a secuestrados, para parar a los ladrones, etc.; y no me malinterprete, pero no me gustaría pertenecer a una teórica banda de asesinos, por muy buenos y honrados que fuesen sus objetivos». Y sin embargo recurría a uno. El fin, claramente, justificaba los medios, los horribles y corruptos medios. «Acepten solo encargos honrados y tendrán amigos en la Guardia y, siendo realistas, es una gran aspiración para alguien de su negocio».

Y fue así como conocimos al señor Millané, general de la Guardia de Magnia, quien se convertiría, efectivamente, en uno de nuestros mejores amigos y aliados. Incluso después, cuando tras vueltas y vueltas de la rueda de la Suerte acabase trabajando para nosotros, nunca hubo un aliado tan fiable sacando al resto de las Espadas.