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domingo, 19 de abril de 2009

Cada error... [Espada Negra]

El trabajo no resultó complicado. Lo cogimos en una calleja por la noche, iba acompañado de tres guardias que desenvainaron las armas con prontitud y tras que un cayese con una flecha clavada en la frente, los otros dos tiraron las armas al suelo. Y el politicucho murió allí, bajo la mano anónima de una Espada Negra. Dejamos, como era costumbre, una pequeña daga negra oculta entre sus ropas, aunque en esta ocasión estaba claro que la guardia sabría a quiénes correspondía el asesinato.

Volvimos a nuestra casa y fortaleza sin saber para qué había servido todo aquello. En aquel momento solo veíamos la puerta, pero no el marco que la rodeaba, ni las paredes que la contenían. Veíamos el vino pero no veíamos el vaso ni la mesa. Yo, al menos, no. Y nunca se lo pregunté a los demás. Tal vez… tal vez por eso…

Nuestra vida se desarrollaba bien. Compramos otra casa muy cerca de la nuestra y conectamos sus sótanos mediante un túnel con ayuda de Yoel, de fuerza y de paciencia. Esto permitió que los que así lo quisieran llevasen una doble vida. Kyra y Sylie fueron contratadas como armera y como aprendiz de fabricante de arcos, respectivamente. Sus sueldos ayudaron en los peores momentos, cuando no había ningún trabajo a la vista y el dinero menguaba, desaparecía. No llevábamos un mal tren de vida.

De puertas afuera, los rumores habían seguido su curso: la Espada Negra, los diabolistas que habían hecho un pacto con una gran entidad infernal para que les permitiese no ser heridos nunca bajo el filo enemigo o la Espada Negra, que en realidad eran un gran mago que se desdoblaba en media docena de personas a la vez, o…

Los días pasaron, las semanas pasaron. El calor dio paso al frío y este al calor, y al poco volvió el frío. Los campesinos empezaron a protestar y a quejarse, las cosechas se iban a estropear y la gente necesitaba comer. Los consejos se reunieron y, finalmente, se decidió pedir ayuda a los magos, cuya participación en el Consejo había sido decisiva. Estos discutieron largo y tendido sobre qué hacer a continuación, escuchando incluso a los magos más jóvenes, como el propio Yoel. Finalmente tomaron la decisión de llevar a cabo un enorme y poderoso ritual para controlar el clima, para hacerlo benigno, con lluvias suaves que hidratasen la tierra y con temperaturas adecuadas para que las plantas creciese rápido y no notasen ese lastre.

Pero salió mal, muy mal. Y al poco estalló el caos.