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lunes, 16 de marzo de 2009

Sin título

Hacía frío aquella tarde. El hombre miró hacia el oeste con ojos cansados. Allá, a lo lejos, sobre el mar, las nubes empezaban a congregarse, anunciando lluvia. Se giró y caminó hacia el este. Su cabeza estaba asolada por sueños y pesadillas.

Había anochecido cuando llegó. Estaba en medio de ningún lugar. La lluvia había empezado a caer, una fina llovizna que le daba un tono blanquecino a los alrededores y hacía que los tenues sonidos de la noche se confundiesen entre sí con el rumor de las gotas al chocar contra el suelo.

Abrió la puerta de la casa. El sonido chirriante penetró en sus oídos y retumbó en su cabeza. Cerró la puerta y llamó en voz alta por alguien. Nadie contestó. Cerró los ojos y se concentró, buscando algo perdido en el silencio: un error en él, una nota leve perdida bajo la lluvia y el ruido de los coches que se perdía en la lejanía.  Nada.

Sala tras sala inspeccionó la casa. Estaba completamente vacía y, a juzgar por la capa de polvo que cubría muebles y suelo podría llevar así varias semanas. De algún modo que se le escapaba, el sujeto había sido alertado de su venida.

Suspiró con tono aguardentoso y salió de la casa volviendo a introducirse entre las gotas de agua que se colaban bajo su chaqueta.