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viernes, 27 de marzo de 2009

Sin título [5]

El asunto se torcía, las tornas se apretaban y los papeles se habían cambiado. Uno había perdido la posición de otro y este la había encontrado. Javier maldijo de nuevo e inspiró intentando calmarse. Encendió un pitillo y lo fumó pegado a la ventana. Estaba claro qué representaba aquel mensaje y no le gustaba: “sé cómo llegar a ti y puedo hacerlo en cualquier momento, sin llamar la atención”. Hacía que todo se complicase a extremos impensables. ¿Y si lo estaba espiando? ¿Y si era un metamorfo y había ocupado el lugar de la joven que le había traído el paquete? ¿Y si…? No ganaba nada barajando este tipo de posibilidades. Terminó de vestirse y bajó a la calle. El Sol lucía en lo alto, dispersadas ya las nubes que habían descargado con furia durante la noche. Esquivó los charcos hasta la panadería, donde compró dos bollos y una magdalena con pedazos de chocolate. Salió de allí comiendo la magdalena y fue hasta el parque. Allí, sentado en un banco, con un pitillo en los labios, dejó pasar el tiempo. El Sol calentaba sin resultar agobiante, las palomas, gaviotas y otras aves se acercaron tímidamente hacia las migajas de pan que iba arrojando al suelo.

 

Terminó con el segundo bollo y abandonó el banco, caminando tranquilamente hacia su casa. Necesitaba un plan, pero estaba atorado. ¿Cómo encontrarlo? ¿Debía esperar a que se dignase a dejarle otro mensaje? ¿Debía pedir ayuda a alguno de sus viejos compañeros? No, no lo ayudarían. Las cosas no habían terminado bien entre ellos. Tampoco podía culparlos. La tos llegó sin avisar, sonó cargada, repugnante. Se apoyó con una mano en el muro del edificio junto al que caminaba en el momento. Un hombre se acercó a él por detrás y le preguntó si estaba bien.

- Estoy bien, estoy bien; me cogió la lluvia ayer y parece que no me ha sentado bien. Además… el frío de estos días atrás, ya sabe. Pero gracias, gracias, buen hombre – dijo, quitándole importancia con un gesto de negación de la mano.

El hombre sonrió con amabilidad y, adelantándolo, siguió su camino. Javier lo miró, un “buen hombre”, había dicho. Pero el escalofrío en su espalda y el frío que lo rodeaba parecían contradecir este hecho. ¿Era realmente un hombre? ¿Era él o empezaba a estar paranoico? Se fijó en su modo de andar, completamente normal, balanceando el peso con huesos de ser humano; en su pelo, correctamente arreglado; en la ropa que llevaba, de marca aunque sin resultar excepcionalmente lujosa. Lo dejó sacarle más ventaja y lo siguió hasta un portal. El hombre entró sin girarse. Javier esperó durante casi hora y media en un bar desde el que se podía ver el portal sin que sucediese nada. Tendré que investigar este sitio, pensaba mientras sentía el agradable frescor amargo de la tercera cerveza que tomó allí.