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domingo, 22 de marzo de 2009

Sin título [4]

Se despertó de nuevo. El Sol estaba muy bajo, y solo se percibían haces de luz naranja recorriendo las calles y quitando el protagonismo a las farolas. Cada vez dormía menos. Cada vez estaba más cansado y dormía menos. Estaba más débil, más ajado, más roto... cada día que pasaba estaba más muerto. "Tal vez ya no me quede demasiado - pensó -, tal vez muera pronto, y me entierren, e incluso puede que alguien llore. Algún excompañero, algún viejo conocido. Los religiosos creen en algo más allá de la muerte... yo nunca creí en ello, pero ahora deseo fervientemente que no lo haya; no querría encontrarme con mis enemigos al otro lado, mis incontables enemigos".

Se levantó de la cama y se dirigió a la cocina. Preparó y encendió la cafetera, el televisor y un pitillo. Algunas noticias se arrastraban desde el telediario anterior, otras carecían totalmente de importancia. La mayoría eran deportes. "La excusa humana para no pensar, para no ver... los deportes, el circo, la competición amistosa. Estúpidos humanos... qué ganas de mirar para otro lado tienen". 

Se echó café y un poco de azucar. El líquido, casi ardiente, bajó por su garganta y calentó su estómago. Le ayudó a sentirse un poco más despierto. Dejó la taza en el fregadero y fue al baño. Orinó y se duchó. Su cuerpo estaba bastante definido para la edad que aparentaba, unos músculos duros, fuertes y bien contorneados, aunque su cara dejaba clara su edad. El agua le cayó muy caliente por los hombros y la cabeza y humeó sobre la superficie de la bañera. Se lavó el pelo y se frotó el cuerpo a conciencia, esforzándose especialmente en manos y pies.

"No es que los humanos noten el paso del tiempo - reflexionaba cuando salió de la ducha -, es este lugar, este lugar azul, que está maldito. Este lugar maldice a los que viven en él, los deteriora como un ácido...". Se estaba secando cuando sonó el timbre de la puerta. Se enroscó la toalla y fue hasta la puerta. "¿Y si es el de ayer, y si se ha enterado de dónde vivo? Mierda, mierda... no puedo matarlo en la puerta de mi casa. La gente escucharía los gritos, vería la sangre; no tendría tiempo a limpiar el estropicio. ¡Mierda!.

- ¿Quién? - preguntó ante la puerta.
- Soy Clara - respondió una voz femenina -, mira, que dejaron esto en mi buzón y debe de ser tuyo.
El hombre abrió la puerta sin pensar. Clara lo miró extrañada, impactada. Él tardó unos instantes en darse cuenta de que sólo vestía una toalla.
- Gracias por el paquete, chiquilla, y lamento haber salido así... me... bueno, me cogiste en la ducha.
- Tranquilo, don Javier, no pasa nada.

Se despidieron, él cerró la puerta, tras ella resonaron los pasos de la joven alejándose. Abrió el paquete en el mismo recibidor, con ansia. En el sobre solo ponía J.D., sus iniciales... las iniciales que utilizaba ahora mismo: Javier Duarte, un nombre como otro cualquiera. Dentro había una pequeña nota y una fina hoja de metal sin ornamentar, aunque muy afilada. En la nota solo ponía: "Lo sé".

Furioso, estrujó la nota en el puño y maldijo en voz alta.