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jueves, 19 de marzo de 2009

Sin título [3]

Se despertó en mitad de la noche. Aún no había más luz que el pobre halo anaranjado de las farolas en las aceras y, salvo algún coche que rompía con el ambiente de vez en cuando, el silencio era espectral, maquiavélico. "Hay algo ahí fuera, algo sediente de sangre y de muerte y nadie se da cuenta. A estas horas la gente de bien duerme y solo las putas y los vagos pasean todavía por las calles. En estos malos tiempos, qué locos e imprudentes son los humanos; siempre confiando en su burbuja protectora: en Dios, en la ciencia... su inocencia será la pala con la que vayan cavando, poco a poco, sin saber muy bien qué están haciendo, su tumba. Será enorme, construida a lo largo de siglos de pereza y cuando se den cuenta... será tarde; habrán jugado sus cartas y perderán. Y no serán los primeros... ni los últimos. Todo se repite y no quieren verlo. Adoran su ceguera, su sordera; adoran desentenderse de la realidad, caminar en su mundo de sueños y de mentiras, ampararse en los brazos de unos falsos conceptos y..."

Un frenazo lo sacó de su ensimismamiento. El frenazo pareció eterno, cada vez más agudo; se volvió molesto. Su percepción del tiempo lo hizo parecer más duradero. Finalmente, el chirriante sonido se convirtió en un golpe sordo, en un ruido metálico y se escucharon gritos.

"A veces parece que se han despertado cuando, en realidad, solo se preocupan por nimiedades. Dos menos. El mundo sigue. Ellos gritan y lloran por unas almas que acabarán volviendo al ciclo; mientras, algo está dando la muerte eterna a una persona por semana: mendigos, gente sin censar, inmigrantes ilegales... y nadie se preocupa, a nadie le importa; no tienen a nadie que los quiera, que llore por ellos, que proteste por ellos. Y la gente de bien de esta ciudad hace oídos sordos porque el asunto no va con ellos, van con los pobres, con los desheredados, va con los desechos humanos, con la basura de las calles. Los humanos, tan inteligentes y tan estúpidos... ¿cuándo os daréis cuenta?".

El hombre se levantó de la cama. Tosió, su garganta se obstruyó y, entonces, tosió con más fuerza. Se aclaró la garganta y fue a mear. Volvió y se sentó en el borde de la cama, encendió la lámpara que tenía en la mesilla de noche y sacó un pitillo. Lo fumó con calma, intentando abstraerse unos instantes de la peligrosa fuerza que, probablemente, cruzaba en aquel momento las calles; una sombra en el mundo de sombras que tejieron los humanos. "Se creyeron la primera fuerza del planeta. Qué irónico. Ellos, que empezaron bajando de los árboles, y recogiendo fruta y carroña. ¿Se creen que tanto han cambiado las cosas? Siguen recogiendo fruta y carroña, en mayores cantidades; surcan el espacio en busca de más fruta y carroña. Fruta, carroña y sexo; los tres pilares de la evolución humana. Fruta, carroña, sexo y Dios. Cuando se den cuenta de en qué se han metido... rezarán, porque la fruta, la carroña y el sexo no les podrán quitar las castañas del fuego. Y Dios tampoco..."

El humo revoloteaba por la habitación con un olor penetrante cuando él se volvió a acostar y se envolvió entre las sábanas.